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En directo-La Urdimbre

El año 2011 ha sido prolijo en acontecimientos, en diferentes órdenes, que deja develada, la diversidad de conexiones institucionales, sociales y emocionales que les dan origen, y poniendo al desnudo hasta qué punto pueden llegar los intereses que mueven las más bajas pasiones humanas.

El más reciente de estos hechos, al tenor de la versión de las autoridades, pone en evidencia toda una red de oscuras complicidades, que cual telaraña refleja inconductas y actuaciones en serie, cuyo hilo conductor es el peculio mal habido, sin importar ni mediar ningún tipo de escrúpulo, estremeciendo al reducto, aun sano, de nuestra conciencia ciudadana.

El asesinato del Teniente Coronel Ubrí, por su larga hoja de servicio en la más importante agencia dominicana de combate al crimen del narcotráfico, dio paso, en principio, a las hipótesis más fantasiosas como resultado, por un lado, de la ocurrencia de otros hechos que reflejan la peligrosa presencia del tipo de manifestaciones propias del crimen organizado y por otro lado de la irresponsable sobreexposición, puesta en boga, en los medios masivos de comunicación en este y otros países del modus operandi del tenebroso mundo de las drogas y su secuela.

El crimen del oficial antidrogas se presenta como la punta del iceberg, que pone nuevamente al descubierto, un delito harto conocido, e igualmente impune, el trasiego y comercialización de repuestos y partes de vehículos robados, ya no solo en el exterior y traídos al país por diferentes vías, sino arrancados por encargo, en nuestras propias calles o estacionamientos a sus ocupantes o propietarios, sin importar que para ello se sacrifique una vida, como en esta ocurrencia lamentable.

¿Qué está pasando con la sociedad dominicana? ¿Contagio de la sociedad global actual?

Todo luce partir del tipo de relaciones sociales y humanas que se han ido moldeando desde el entorno familiar, y la comunidad misma; al analizar las incidencias de este último hecho, que nos escandaliza, como parte de toda una cadena de eventos que parecen retar nuestra capacidad de asombro, salta a la vista, como las personas individual, o institucionalmente relacionadas, no observan el más mínimo respeto por las reglas escritas y no escritas de actuación y convivencia social armónica.

Grupos de familias, a las que no parece preocuparle la inconducta reincidente de algunos de sus miembros; entramado de relaciones sentimentales defectuosas o mediadas por meras conveniencias, transacciones y tratos comerciales que no miden consecuencias en la búsqueda, a toda costa, del dinero fácil, están entre otros comportamientos viciosos, permeando penosamente a la sociedad dominicana, desde los más bajos hasta sus más altos estratos.

El rápido esclarecimiento del vergonzoso crimen de Las Praderas, única traza esperanzadora de un correcto accionar, que debe ser reconocido, nos deja, por demás, un nuevo golpe emocional y un grito de alerta: permitiremos que el tráfico de influencias en las instancias público-privadas, la complicidad inescrupulosa, el beneficio espurio y la insolvencia moral familiar se conviertan en la norma de vida de ésta sociedad?

La urdimbre, de cualquier ralea, no debe envilecernos, hipotecando el futuro de los dominicanos y dominicanas. Ese es el reto, ¿quiénes están dispuestos a asumirlo?