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En directo-PAMELA EN LA LAGUNA DE OVIEDO

Pamela anda entretenida con una pequeña Biblia de bolsillo entre sus manos mugrientas, correteando desde la casa hasta las orillas de la laguna de Oviedo, como si pretendiera romper con el ocio de este pueblito perdido en el rincón de la isla.

Absorta con la sinfonía de cantos de las especies de aves que se congregan en los manglares, Pamela alcanza apenas para saludar a los visitantes.

Con padres agricultores y pescadores, todos los días Pamela se deleita con el concierto de las yaguazas, cucharetas, flamencos, garzas reales y azules, palomas coronitas y gaviotas.

Para Pamela es cotidiano, como sus urgencias materiales, escuchar este concierto de cantos y chillidos de las aves, autóctonas en estos 11 kilómetros de longitud y 25 kilómetros cuadrados de la laguna de Oviedo, una formación en la que cohabitan 40 pequeñas islas, que forma parte del Parque Nacional Jaragua.

Bordear la orilla de la costa sur de Barahona hasta Cabo Rojo, en Pedernales, constituye un espectáculo servido por la naturaleza. Y Pamela lo sabe, a pesar de sus 13 años, porque escucha a los vigilantes forestales de la Secretaría de Medio Ambiente dar las consabidas explicaciones.

El balneario San Rafael, el río Larimar, el Hoyo de Pelempito, las caídas montañosas de la Sierra de Bahoruco, en el mar Caribe en forma de oso dormido, los cactus, manglares y Lagunas de Bucán son algunas de las atracciones de este sur árido y seco, donde la pobreza de haitianos y dominicanos tiene una sola cara.

Cuando el tiempo se lo permite, Pamela acompaña a los visitantes en el recorrido por los manglares. Conoce de la carga de salinidad de estas aguas de Oviedo, de su color verdoso y de la eterna lucha con las aguas dulces, que se cuelan por la vía subterránea desde la Sierra de Bahoruco.

De un tiempo acá, para ella como para sus padres y campesinos residentes en este sur profundo, las intrusiones de agua de mar en el sistema subterráneo, en costas bajas, sólo se explican por las crecidas del Lago Enriquillo. Es un enigma a descifrar para estudiosos y conservacionistas, y mientras los expertos se ponen de acuerdo, los lugareños han fabricado sus propias teorías.

Por escuchar a los guarda parques de Oviedo, Pamela sabe que los flamencos rosados del Caribe, como los de otras partes del planeta, deben el color de su plumaje a las caratenoides obtenidas de su comida. Dicen los científicos que un flamenco blanco es una muestra patética de falta de cuchara.

En esta Laguna de Oviedo, donde el sol parece posarse sobre los manglares, Pamela hace una pausa para leer su pequeña Biblia de bolsillo, mientras la majestad en el caminar de la garza real compite con el donaire con que nadan sobre las aguas de Oviedo los flamencos rosados.