En directo - Política económica a 50 años de la Era de Trujillo

En estos últimos años el énfasis en la política económica se ha puesto en mantener la estabilidad cambiaria, es decir nominal, aunque no necesariamente la real, pues la inflación ha estado permanentemente por encima de la variación del tipo de cambio nominal. Ese clima de relativa certidumbre cambiaria ha facilitado que el flujo de inversiones extranjeras se haya multiplicado y que asimismo hayan entrado significativas inversiones de cartera.
Podría decirse que, luego de avances y retrocesos, hemos aprendido el valor de la confianza. Un clima económico cambiante, con incertidumbres y medidas arbitrarias, inevitablemente termina ahuyentando los capitales y hundiendo el crecimiento. Eso, tan obvio, no siempre se ha tenido en cuenta.
No obstante, el concepto de estabilidad que prolifera en muchos de nuestros países se asienta sobre lo nominal y cuando se enfoca en el tipo de cambio puede encerrar una contradicción: da lugar a una economía en la que gradualmente se erosiona la competitividad y los sectores transables pierden posicionamiento. Esto puede conducir a la entrada de capitales a los sectores no transables, lo que mantiene estable el nivel del tipo de cambio, al tiempo que la cuenta corriente se deteriora. Así, contiene en si misma los gérmenes del desequilibrio.
Por otro lado, el nivel de tributación está situado en la escala intermedia de las economías latinoamericanas, con un gasto público que requiere ser readecuado para atender en mayor medida las necesidades sociales, económicas y de infraestructura. En las últimas semanas se ha estado produciendo un proceso de modificación tributaria con objeto de asegurar que el déficit del gobierno central no exceda del 1.6% del PIB. Este umbral de déficit es bajo, si se compara con el resto del mundo. Se busca permitir que la relación deuda pública/PIB se sitúe por debajo del 28% del PIB en que se encuentra.
Según Latinobarómetro somos el país donde un mayor porcentaje de la población está convencido de que la carga tributaria es alta, a pesar de que en términos comparados las cifras dicen que no lo es tanto. Es probable que esto tenga que ver con la calidad del gasto público.
Es previsible que en los próximos meses pueda ser acordado un pacto fiscal que permita el relanzamiento del Estado de modo que pueda ofrecer con mayor solvencia los servicios fundamentales que la ciudadanía requiere. Hasta el momento, el sector empresarial ha expresado su interés en participar en la discusión de ese pacto, y las autoridades han indicado su intención de concretarlo, lo que permitiría no solo incrementar la presión tributaria, sino también revisar las prioridades y la calidad del gasto.
En resumen, estos últimos 50 años han dado para mucho. Han sido testigos de grandes iniciativas, de éxitos y fracasos. La República Dominicana se ha desenvuelto en ese período con solvencia y desempeño satisfactorio relativo. Hemos seguido una evolución parecida a la del resto de los países latinoamericanos. Nuestras políticas han sido similares, a lo cual no han sido ajeno organismos como la CEPAL y los demás organismos internacionales especializados en el ámbito económico.
En todo caso, siempre hay que mantener la exigencia de que pudo y debió haber sido mejor. En ese tiempo la sociedad ha avanzado, la economía ha crecido, el país se ha modernizado, las urbes se han expandido, las inversiones en proyectos turísticos dan al litoral un perfil nunca antes soñado. Es ostensible el vigor y dinamismo económico. A pesar de todo eso, sigue habiendo exclusión social y desigualdad profunda.
Por encima de todo conviene destacar que en el seno de la población se mantiene latente la certidumbre de que si bien los retos son enormes, siempre podrán ser superados porque se tiene el convencimiento de que existen recursos humanos en capacidad de hacerlo y con vocación de lograrlo. Y ese es el pueblo dominicano, permanentemente anclado en la esperanza; inmune a la desilusión; decidido a ponerse de pie cada vez que sea necesario. Y es por eso, por la calidad de ese pueblo, es que hay que contemplar el futuro con optimismo.
Podría decirse que, luego de avances y retrocesos, hemos aprendido el valor de la confianza. Un clima económico cambiante, con incertidumbres y medidas arbitrarias, inevitablemente termina ahuyentando los capitales y hundiendo el crecimiento. Eso, tan obvio, no siempre se ha tenido en cuenta.
No obstante, el concepto de estabilidad que prolifera en muchos de nuestros países se asienta sobre lo nominal y cuando se enfoca en el tipo de cambio puede encerrar una contradicción: da lugar a una economía en la que gradualmente se erosiona la competitividad y los sectores transables pierden posicionamiento. Esto puede conducir a la entrada de capitales a los sectores no transables, lo que mantiene estable el nivel del tipo de cambio, al tiempo que la cuenta corriente se deteriora. Así, contiene en si misma los gérmenes del desequilibrio.
Por otro lado, el nivel de tributación está situado en la escala intermedia de las economías latinoamericanas, con un gasto público que requiere ser readecuado para atender en mayor medida las necesidades sociales, económicas y de infraestructura. En las últimas semanas se ha estado produciendo un proceso de modificación tributaria con objeto de asegurar que el déficit del gobierno central no exceda del 1.6% del PIB. Este umbral de déficit es bajo, si se compara con el resto del mundo. Se busca permitir que la relación deuda pública/PIB se sitúe por debajo del 28% del PIB en que se encuentra.
Según Latinobarómetro somos el país donde un mayor porcentaje de la población está convencido de que la carga tributaria es alta, a pesar de que en términos comparados las cifras dicen que no lo es tanto. Es probable que esto tenga que ver con la calidad del gasto público.
Es previsible que en los próximos meses pueda ser acordado un pacto fiscal que permita el relanzamiento del Estado de modo que pueda ofrecer con mayor solvencia los servicios fundamentales que la ciudadanía requiere. Hasta el momento, el sector empresarial ha expresado su interés en participar en la discusión de ese pacto, y las autoridades han indicado su intención de concretarlo, lo que permitiría no solo incrementar la presión tributaria, sino también revisar las prioridades y la calidad del gasto.
En resumen, estos últimos 50 años han dado para mucho. Han sido testigos de grandes iniciativas, de éxitos y fracasos. La República Dominicana se ha desenvuelto en ese período con solvencia y desempeño satisfactorio relativo. Hemos seguido una evolución parecida a la del resto de los países latinoamericanos. Nuestras políticas han sido similares, a lo cual no han sido ajeno organismos como la CEPAL y los demás organismos internacionales especializados en el ámbito económico.
En todo caso, siempre hay que mantener la exigencia de que pudo y debió haber sido mejor. En ese tiempo la sociedad ha avanzado, la economía ha crecido, el país se ha modernizado, las urbes se han expandido, las inversiones en proyectos turísticos dan al litoral un perfil nunca antes soñado. Es ostensible el vigor y dinamismo económico. A pesar de todo eso, sigue habiendo exclusión social y desigualdad profunda.
Por encima de todo conviene destacar que en el seno de la población se mantiene latente la certidumbre de que si bien los retos son enormes, siempre podrán ser superados porque se tiene el convencimiento de que existen recursos humanos en capacidad de hacerlo y con vocación de lograrlo. Y ese es el pueblo dominicano, permanentemente anclado en la esperanza; inmune a la desilusión; decidido a ponerse de pie cada vez que sea necesario. Y es por eso, por la calidad de ese pueblo, es que hay que contemplar el futuro con optimismo.
Eduardo García Michel
Eduardo García Michel