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Momentos de incertidumbre

Ante tal panorama no es momento de frivolidades, vacilaciones ni de echar la vista a un lado

El mundo vive tiempos de tensión, incertidumbre y temor por las consecuencias imprevisibles de la invasión rusa a Ucrania. 

Desde el episodio de los cohetes balísticos de largo alcance instalados en Cuba que en 1962 enfrentó a los EE. UU. con la Unión Soviética, resuelto con el acuerdo de retirarlos del continente americano como condición para abortar el inicio de una conflagración global, el mundo no había asistido a circunstancias de tanta peligrosidad. 

En estos momentos cualquier argumento, provocación o error inesperado puede servir de pretexto para el inicio de la tercera guerra mundial y el catastrófico uso de armamento nuclear que aniquilaría al sistema económico y a gran parte de la humanidad, puesto que el ardor bélico se ha potenciado, la desconfianza mutua asentado y regresado por sus fueros los antiquísimos delirios de dominación y posesión territorial.

Dada la escalada bélica que se observa en Ucrania y las contundentes medidas económicas de represalia puestas en vigencia, aunque los peores augurios no se materialicen es previsible que la economía mundial sufra un fuerte impacto negativo en términos de caída del producto, interrupción de los flujos normales de intercambio, persistencia de la inflación, alza de las tasas de interés, perturbaciones en los mercados de bienes, cambiarios y de valores, salvo que en los próximos días o semanas se encuentre solución apropiada a las discrepancias y las aguas retornen a su nivel.

Como apenas somos dos pequeños tercios de isla geográficamente alejados del escenario de los hechos, no estamos ni estaremos involucrados directamente en el conflicto, pero eso no quita que padezcamos, ya lo estamos sintiendo, las consecuencia que de su desarrollo se derivan, cuyo costo y daño tienen el potencial de multiplicarse en orden geométrico.

Ante tal panorama no es momento de frivolidades, vacilaciones ni de echar la vista a un lado. Sin entrar en pánico ni crear un ambiente sombrío hay que terminar de explicar y de preparar a la población para afrontar tiempos difíciles, tormentosos. Eso sí, manteniendo siempre en alto la bandera del optimismo con base en que unidos podremos sobrepasar el peligro y salir fortalecidos. Actuar bien informados y en cooperación mutua es la clave para salir airosos ante los desafíos, por grandes que sean.

De confirmarse los presagios, momentos como los que se avecinan pondrán a prueba el calibre de que están conformados nuestros dirigentes y su capacidad de reacción ante retos globales de alto riesgo. El liderazgo político (gobierno y oposición) tiene que mostrarse en cooperación franca y constructiva, y las fuerzas sociales y económicas de la nación deben trabajar codo con codo junto a ese liderazgo.

Hay que reconocer que hace poco se produjo una primera reacción de las autoridades de la que surgió la adopción de un grupo de medidas encaminadas a preparar a la población ante los acontecimientos que se suceden. Sin embargo, desde ese momento al día de hoy el conflicto y enfrentamiento entre Rusia y el bloque occidental se ha recrudecido y se alimenta el temor de que lo peor está a punto de materializarse.

Ante tal perspectiva es de importancia máxima que la dirigencia nacional acuerde, con carácter de urgencia, un plan amplio de contingencia.

Los riesgos son enormes, entre ellos podría citarse el eventual desabastecimiento de combustibles y de materias primas, irregularidad en los movimientos de capitales, cortes en el despacho de energía eléctrica, impactos en los mercados de productos, financieros, cambiarios, inflación, estancamiento, desempleo.

 Quizás nada de esto suceda. Tal vez ocurra en medida manejable. De cualquier manera lo apropiado es prepararse para minimizar el daño y hacer más resistente a la economía. A modo de ejemplo convendría:

Establecer directrices que permitan asegurar la disponibilidad de monedas duras suficientes para satisfacer necesidades prioritarias (mientras más divisas haya en reserva, menores serán los agobios). El Estado debería asegurar que no se disipen, sin afectar el normal funcionamiento del mercado.

Hacer acopio de recursos fiscales mediante planes verticales de eficiencia en el gasto y de ahorro. Asegurar el buen funcionamiento del aparato productivo, garantía de satisfacción de reclamos materiales y de preservación del equilibrio social. Orientar la inversión pública hacia obras de impacto inmediato. Moderar el endeudamiento.

Depender en menor medida de la importación de hidrocarburos. Poner en ejecución, con efecto en el mediano y largo plazo, estímulos agresivos para la instalación en gran escala y uso de generación solar, hídrica, del viento, sin que sean mediatizados por intereses encontrados.

En síntesis, hacer válida la sabia expresión de que prevenir es mejor que remediar.

TEMAS -

Eduardo García Michel, mocano. Economista. Laboró en el BNV, Banco Central, Relaciones Exteriores. Fue miembro titular de la Junta Monetaria y profesor de la UASD. Socio fundador de Ecocaribe y Fundación Siglo 21. Autor de varios libros. Articulista.