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La teoría literaria de Marcio Veloz Maggiolo

Establecer, en una obra que se basa en la memoria, la frontera entre realidad y ficción es imposible

Los buenos escritores en su eterna búsqueda de una teoría explícita sean novelistas, cuentistas, poetas y dramaturgos, tienen en común la búsqueda de una teoría del “género” que cultivan aunque toda obra de arte es una teoría implícita de ella misma; pero algunos tratan de hacerla explícita, verbigracia Marcio Veloz Maggiolo con su colección de ensayos La Memoria fermentada, ensayos bioliterarios (Amigo del Hogar, 2000, 157p.).

Veloz Maggiolo plantea en este excelente trabajo que la realidad y la ficción están estrechamente vinculadas por la memoria, el recuerdo. Sin embargo, en ese depósito del pasado se opera una transformación, “fermentación”, diría Veloz, que crea otra realidad: basada en hechos y mentiras que viene a ser la ficción narrativa: novela, cuento poesía, teatro o cine.

La teoría de Veloz Maggiolo tiene fundamento. La memoria, consciente o inconsciente, almacena fragmentos de una realidad vivida en la que entran tanto libros leídos como filmes y experiencias que con el tiempo no se sabe si fueron reales o imaginados. De ahí, como cuenta en el prólogo, alguien se imaginará que estuvo preso con Edmundo Dantés, e incluso que se enamoró de María, el personaje de la famosa novela de Jorge Issacs.

La memoria, aún fermentada, se basa y crea “efecto de real”, diría Roland Barthes. Un terreno en donde interactúan hechos reales con los que el escritor ha inventado y producen el conocido efecto de real. Veloz Maggiolo, en el prólogo de La Memoria fermentada, plantea, en otros términos, evidentemente, que el “escritor salva recuerdos, los transforma, y miente adrede al reformarlos”.

Establecer, en una obra que se basa en la memoria, la frontera entre realidad y ficción es imposible. Una autobiografía, que podría ser considerada como el mejor ejemplo de recuerdos del pasado de una persona determinada, según Veloz Maggiolo no es más que un recuerdo acomodado, transformado por su propio autor. Cita, para ilustrar lo que precede, a Bioy Casares cuando dice que Borges “arreglaba su pasado para que quedara mejor literariamente”. Y eso es lo que queda del pasado de los autobiógrafos.

Alain Robbe-Grillet, el conocido novelista francés, en su autobiografía, Le Miroir qui revient, propone, más o menos, lo mismo que Veloz Maggiolo. Por ejemplo, luego de narrar un episodio importante de su infancia vuelve hacia atrás y dice no estar seguro de que lo que contó hubiera sucedido así realmente. Concede pues que la memoria transforma. Pero ese arreglo o transformación es la realidad del autor, y la opinión que tiene de su propia biografía. Más si se toma en cuenta que cada uno tiene una visión diferente de las cosas, del acontecer y, por qué no decirlo, del mundo y hasta de sí mismo.

La teoría sobre la memoria y el arte de Marcio Veloz Maggiolo se basa en su propia experiencia como escritor, como autor de ficción. Si desde el prólogo no diera la clave de su juego. Si no explicara los mecanismos de sus ensayos bioliterarios diciendo que “La Memoria fermentada es un libro de recuerdos reales y de memorias inventadas” (p.14), muchos hubiéramos caído en la trampa de esos personajes de la Villa Francisca universal que desfilan a través de esas maravillosas páginas.

En el prólogo se concentra una teoría que se elabora de ensayo en ensayo. Las veinte historias que constituyen la obra abordan diferentes aspectos de cómo el pasado puede transformarse en literatura. La muerte que “al nacer venimos con ella dentro”, la música y su influencia en la literatura, la vida cotidiana de un barrio de Santo Domingo en la memoria del escritor, el que transforma e inventa la memoria, la del más allá y, en particular, “Cuando la memoria florece” en donde se expone la noción de historicidad del texto: “No sé si todos los historiadores tienen la impresión de que la historia narrada ayer no es ya la misma de hoy. Quiero decir que cuando vuelvo el rostro hacia el pasado veo escritos y fórmulas que ya no tienen sentido, y por lo tanto tengo la sensación de que la historia que aprendí hace ya años es diferente de la que hoy reviso” (p.153). Y esa es la escritura, esa es la memoria. Hay que situarse en el momento, tener conciencia de la historicidad de lo narrado.

Cuando Borges imaginó a un francés, Pierre Ménard, que escribía el Quijote, no lo presentaba como a un loco que se le había ocurrido copiar la conocida obra de Cervantes. De ninguna manera. Proponía, al mismo tiempo, una teoría de la reescritura y de la historicidad de una obra.

Es en “Fórmulas para inventar la memoria” que Veloz Maggiolo presenta al escritor, al inventor de historias: “La invención de la memoria es por tanto una manera de borrar muchas veces la pertinaz y raquítica memoria auténtica. Un novelista trata siempre de inventar memorias, trata de maquillar las suyas y de clasificar como propias las ajenas…” (p.134). Y esa es la literatura, una fábula que, por fantástica que parezca, tiene una estrecha relación con el mundo que todos estamos de acuerdo en llamar real.

La Memoria fermentada es una teoría de la literatura y del arte expuesta, como explica su autor, por medio de “recuerdos reales y de memorias inventadas”. Recuerdos reales de la Villa Francisca universal de los años cincuenta, pero también de recuerdos librescos, de la cultura, y el oficio de novelista que fluye a través de las historias que validan la teoría explícita de Marcio Veloz Maggiolo.

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Diplomático. Escritor; ensayista. Academia Dominicana de la Lengua, de número. Premio Feria del Libro 2019.