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¿Abinader lo hace mejor o peor?

“Oponer” no solo es criticar; supone plantear y cotejar argumentos alternos con el propósito de escoger el más conveniente

Luis Abinader no es un político convencional. Eso es bueno y es malo. Es bueno porque sus prácticas no están atadas a concepciones “cansadas” del Estado; es malo porque la formación política provee intuiciones que no siempre escoltan al tecnócrata o al empresario. 

Abinader se está haciendo político como presidente. En el ensayo ha cometido equivocaciones, aunque ha sorprendido con ciertos arrojos que dejan ver fibras políticas. Lo seguro es que aquel temor de que iba a encabezar una gestión pálida y de pura transición se ha ido disipando. 

Abinader ha perfilado una marca de gobernante que, aunque robusta, no ha podido transferir en toda su inspiración a la Administración, por eso su valoración es más alta que la del Gobierno. La gente ha podido discernir los rendimientos de uno y de otro. La conclusión no parece perceptiva; hay razones objetivas que le dan al Gobierno menor puntuación que al presidente: funcionarios improvisados, ejecutorias casuísticas, reactivas o dispersas y ministerios que no han podido despegar. 

A Luis Abinader le ha tocado gestionar un trance de recia adversidad y en él poder torear sus rigores. A pesar de todas las pedradas que a diario recibe desde las aceras opuestas, el presidente se conserva imperturbable. Mantener una aceptación como la que hasta ahora tiene, en una situación de excepción económica global, hace suponer dos cosas: o lo está haciendo bien o quienes podrían hacerlo no nos dan argumentos para convencernos de lo contrario. Creo que concurren ambas. Me explico.

En primer lugar, es un hecho cierto que el país ha tenido una reactivación rápida de los sectores de mayor aporte al PIB, como el turismo. Es obvio que el Gobierno ha sido proactivo, pero también se ha beneficiado de una condición orgánica de la industria, que es el crecimiento y la movilidad del flujo mundial. Permanecer casi dos años en virtual cautiverio ha provocado fobias, depresiones y trastornos de todo tipo en el mundo. Este hastío empuja olas frenéticas de gente saliendo de su hábitat a cualquier otro destino en este año y los siguientes. Veremos cifras récords como las que ya estamos contando. Es evidente que sin una coordinación como la que anticipó el Gobierno en plena pandemia el impacto habría sido tardío. En ese esfuerzo el presidente Abinader se lleva los galardones. 

Los otros dos contrapesos han sido las sólidas reservas en divisas del Banco Central, que ha disipado cualquier alza cambiaria y el incremento de las remesas, especialmente de los Estados Unidos, por las ayudas provistas por el gobierno federal para amortiguar los estragos de la pandemia. 

Sobre ese trípode (ingresos por turismo, reservas y remesas), más el endeudamiento externo, el Gobierno ha podido montar las contenciones necesarias a la crisis de la Covid-19 y más recientemente a la derivada de la guerra euroasiática, pero no se sostienen a corto ni a mediano plazo; se precisa de una reforma fiscal.

En segundo lugar, la oposición no ha podido demostrar con argumentos ni fórmulas la mala gestión de la crisis. Hasta que no convenza de lo contrario, nos obliga a validar las políticas del Gobierno. ¿Qué ha hecho, en cambio? Comparar precios vigentes con los que existían cuando fue gobierno. Lo hace de forma abstracta y sin reparar en los contextos.

“Oponer” no solo es criticar; supone plantear y cotejar argumentos alternos con el propósito de escoger el más conveniente. Ese no es el cauce que precisamente enruta nuestro debate político. No. La oposición se ha decantado por una salida espléndidamente simple: criticar o contrastar de forma compulsiva. Así, comparar el precio de la libra de un rubro hoy con el que tenía hace unos años no agrega valor si no se explican las causas y los trasfondos en juego. ¿En qué ayudaría saber el precio de un pollo hace un lustro para explicar y gerenciar las variables que condicionan los precios de hoy? Hay, en esa estrategia de la oposición, un serio desmérito a la inteligencia colectiva. Igualmente, pierde consistencia, respeto y atención cuando exige correcciones que nunca tocó cuando fue gobierno.

La pregunta que se debe hacer a los líderes de la oposición frente a la actual crisis es ¿harían algo distinto a lo que ha hecho el Gobierno? Probablemente todos contestarían con un unísono sí. Entonces ¿qué harían? Les diremos qué: Margarita Cedeño ha dicho que el Gobierno ha empobrecido a la gente y que eso cambiará cuando ella sea presidenta; Danilo Medina entiende que solo hay una solución: que el PLD vuelva al poder; Leonel Fernández sostiene que el Gobierno tiene serios problemas de gerencia (sin indicar cuáles); Francisco Domínguez Brito alega que el Gobierno improvisa, promete y no cumple; Abel Martínez, por su parte, acusa al Gobierno de enfrentar la inflación con excusas. Pero nadie ha propuesto un plan robusto para darle seguridad y resistencia a la economía frente a los embates de una crisis internacional con pocos antecedentes. El país y el propio Gobierno lo agradecerían. Eso, en cualquier contexto de política responsable, se llama “hacer oposición”. 

Puede que estos precandidatos tengan o no razón en sus críticas, pero ese no es el punto ni con ello se arma un plan de gestión de la crisis como el que debe proveer en su conjunto el liderazgo nacional. No. Con eso la oposición pone en evidencia dos carencias: o no sabe qué hacer o, de saber, no será nada distinto. 

Ningún partido ha aportado nada sustancialmente atendible. El PLD esbozó un cuadro de tópicos que apenas cupo en una infografía publicada en sus redes como para decir que hizo aportaciones conceptuales o técnicas. Lo demás han sido bufonerías. 

La población debe medir la capacidad e intenciones de la oposición a partir de lo que propone y no de lo que critica. De críticas estamos agotados.

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Abogado, académico, ensayista, novelista y editor.