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Las cumbres presidenciales

Algunos piensan que en las cumbres presidenciales lo importante son los discursos

La Cumbre de las Américas empezó con la queja de exclusión de parte de algunos países que muestran déficit democrático evidente: Cuba, Nicaragua y Venezuela. La pregunta que surge es si la comunidad del continente debe aislar a los gobiernos que cercenan la democracia y los derechos humanos o contemporizar con ellos en aras de mantener vigente una interpretación rígida del principio de no intervención de un Estado en los asuntos de otro.

El principio de no intervención ha sido útil para proteger a las naciones emergentes y débiles de los abusos de las fuertes. Pero no puede ser utilizado como pretexto y escudo para amparar regímenes tiránicos. En la medida en que el avance de la globalización ha acentuado la interdependencia, el derecho a vivir en regímenes democráticos y alcanzar grados más altos de desarrollo humano se ha convertido en prioridad.  

El principio de no intervención no es contrario al principio de respeto a los derechos universales. Se refuerzan mutuamente. Operan así: no me intervengas, pero tampoco dejes de apoyarme para evitar que, desde mi propio suelo, desde adentro, me repriman y coarten mi libertad. 

Hacerse de la vista gorda con el sufrimiento de las víctimas de las tiranías es deleznable e hipócrita. La humanidad debe unir fuerzas para combatir toda clase de atropellos a la dignidad humana, y aislar a los tiranos.

Algunos piensan que en las cumbres presidenciales lo importante son los discursos. Están equivocados: forman parte del espectáculo, a modo de ornamento. Lo relevante son las relaciones que se estrechan entre jefes de Estado o de cabezas de gobierno, la oportunidad de hablar de tú a tú con los pares para desentrabar problemas o facilitar entendimientos, la confianza que se extiende y que permite encontrar soluciones. 

A raíz de la celebración de la Cumbre de las Américas llama la atención la insistencia de medios de opinión de Haití de atizar discordias entre los dos países, como si quisieran que el caos que los atormenta se generalice en toda la isla. No hay mejor remedio que ignorar las provocaciones y actuar con firmeza en la defensa del interés nacional, seguir insistiendo en que la República Dominicana no es la solución al problema haitiano, fortalecer el control fronterizo y sacar a quienes viven ilegalmente en el país. Sí, sacarlos y urgir y penalizar a los empleadores de ilegales para que abandonen su umbral de comodidad.

Esta nación solo debe aceptar en su suelo a quienes les haya otorgado visa, permiso de trabajo, se acojan a las normas laborales y cumplan con la restricción de un máximo de 20% de extranjeros en la actividad en que laboren. El orden trae progreso; el desorden caos.

En otro aspecto, es cierto como afirma el presidente Luis Abinader que en materia energética ya no se dispone de amortiguadores financieros para aliviar el costo de la factura petrolera, como los que estuvieron vigentes mediante el Acuerdo de San José. 

En vez de aferrarnos a volver a una situación que no se repetirá, lo apropiado es poner en marcha una estrategia y políticas efectivas que disminuyan la dependencia energética en el menor tiempo posible. 

No tenemos petróleo: ¡bendito sea! ¿Qué hubiera sido de esta tierra y de nuestra gente con el oro negro corrompiendo cada día nuestras vidas a modo de situado y con la necesidad de trabajar lejana, ausente? Por fortuna tenemos mucho sol, viento y todavía algo queda del recurso agua. Por tanto, hay que multiplicar los esfuerzos para aprovechar esas fuentes propias. 

Lo anterior significa que estamos obligados a llenar los eriales áridos del suroeste y noroeste con inversiones gruesas en paneles solares para hacer fructificar esas tierras irredentas; estimular el uso de esta tecnología en cada una de las viviendas y edificaciones del país para conectarlas al sistema eléctrico y amortiguar el consumo propio; propiciar la instalación de torres de viento o molinos; relanzar el aprovechamiento hídrico siempre y cuando haya campañas intensas de reforestación y de preservación de las cuencas. 

Esa es la gran tarea pendiente, sin esperar a que el maná caiga del cielo. Ya ha caído. Lo tenemos. Es cuestión de aprovecharlo con base en reglas bien pensadas y estables que se cumplan.

Lo que nos separa del desarrollo es la insuficiente capacidad de gestión, de hacer las cosas tal y como se pensaron, darles continuidad hasta que estén terminadas, así como la falta de voluntad para mantener un orden jurídico igual para todos que evite acomodos a intereses individuales mezquinos.

TEMAS -

Eduardo García Michel, mocano. Economista. Laboró en el BNV, Banco Central, Relaciones Exteriores. Fue miembro titular de la Junta Monetaria y profesor de la UASD. Socio fundador de Ecocaribe y Fundación Siglo 21. Autor de varios libros. Articulista.