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Manhattan (y 2)

En nuestro caso se nota la timidez y miopía de una dirigencia política y empresarial centrada en sus intereses de corto plazo, desconectada de un proyecto de nación

Aquellos que han tenido la dicha, al igual que yo, de conocer algunos de los grandes museos del mundo como el Louvre en París, el Hermitage en San Petersburgo o el Prado en Madrid, no deben hacerse a la idea de que por haber estado en lugares tan emblemáticos ya han visto todo lo relevante en materia de arte. 

Las obras que plasman los sentimientos y el grado de refinamiento de la humanidad son casi infinitas. Nunca se termina de conocerlas, ponderarlas, disfrutarlas. 

Aparte de París, San Petersburgo y Madrid existen otros lugares destacados que poseen museos y guardan con celo y esmero obras importantes. Entre ellos, Manhattan alberga algunos sobresalientes: el Metropolitano de Nueva York (Met) y el de Arte Moderno (Moma). 

El Met es enorme. Fundado en 1870. La muestra de obras de grandes pintores europeos que posee es amplia e impresionante. Están casi todos los importantes. Igual ocurre con los locales. Entre las piezas de gran valor de la antigüedad se encuentra el templo de Dendur, donado por los egipcios para salvarlo de la inundación causada por la presa de Assuán, al igual que ocurrió con el de Debod, donado a España. Las civilizaciones antiguas dominantes, ahora decadentes, han ido perdiendo jirones de su esencia que sirven de adorno a los centros mundiales de poder.

Cuánta satisfacción me produjo recorrer el Met acompañado por un familiar miembro del cuerpo de apoyo al museo. Y ver el entusiasmo con que narraba los logros y la evolución del órgano, con timbres de orgullo por el sitial en que se encuentra y de plenitud al sentirse parte de un proyecto común que hace grande a su nación.

El Moma es más pequeño. Su colección de pinturas es notable. No se agota ahí. Intenta ir mucho más allá. Perfila las características de la modernidad, resumidas en ciencia, tecnología, innovación, movimiento. 

Ambos museos no tienen nada que envidiar a los ya consagrados como referentes. En este terruño de Norteamérica hay un reconocimiento de que la nación va aparejada con la grandeza. Se trata de una sociedad con aspiraciones de emular a las antiguas, dominantes. Por eso muestran con orgullo la fecha de construcción del puente colgante de Brooklyn, 1871-1883, como si se tratara de una estructura con milenios de existencia. Y donan grandes fortunas para agrandar el legado cultural.

En el caso de los Estados Unidos se muestra el empeño y la determinación de una sociedad en expansión de acompañar el empuje económico y militar con un tamiz de cultura que los sitúe en planos elevados de reconocimiento universal. 

En cambio, nosotros, con mayor empaque y riqueza histórica, tendemos a ignorar nuestras ricas raíces y cultura, y dejamos a su propia suerte a los centros y museos que nos la recuerdan. Nuestras fuentes privadas principales de generación de capital y de riqueza apenas contribuyen testimonialmente, si acaso lo hacen, al engrandecimiento del patrimonio cultural. Tampoco el Estado hace lo necesario para orientar mayores caudales hacia ese destino.

Cuánta pena sentí al comprobar qué tan lejos estamos de dejar atrás la levedad que nos oprime, de corregir el rumbo y de empezar a forjar el proyecto que necesitamos esculpir, no el que las circunstancias determinen, con el riesgo de que sean contrarias a lo que deseamos.

En nuestro caso se nota la timidez y miopía de una dirigencia política y empresarial centrada en sus intereses de corto plazo, desconectada de un proyecto de nación, actitud que conlleva gran peligro y riesgo. Imperdonable. Remediable si fuéramos capaces de recobrar el buen sentido y de asentarnos como nación homogénea, con futuro trazado a golpe de cincel y de determinación.

Manhattan da para mucho. La atención de la población se concentra ahora en la decisión del tribunal supremo que limita el aborto, en la limitación del uso de armas de fuego, en la celebración del día del orgullo gay. Libertad a secas versus principios morales y de convivencia. Libertad reclamada como derecho hasta para envilecer la casta humana, mientras millones de personas carecen del derecho a la comida, abrigo, educación, salud o de reconocimiento como seres humanos. Los extremos en tensa disputa. Los presagios no son buenos.

Mientras divago he tenido tiempo para olvidarme de mí. Estoy en un quirófano. Veo sombras alumbradas por reflectores. Es el personal del NYPresbyterian Weill Cornell Hospital. Pierdo consciencia de mí. Al cabo, abro los ojos. Todo ha salido bien. Y siento que esta ciudad compleja, impresionante y bella, siempre estará cerca de mí. 

TEMAS -

Eduardo García Michel, mocano. Economista. Laboró en el BNV, Banco Central, Relaciones Exteriores. Fue miembro titular de la Junta Monetaria y profesor de la UASD. Socio fundador de Ecocaribe y Fundación Siglo 21. Autor de varios libros. Articulista.