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Abinader ¡cuidado con los lobos!

Ya Luis Abinader no es el candidato de las pasadas elecciones, hoy es un gobernante cotizado

La reciente revelación de que Luis Abinader es el gobernante en ejercicio más rico de América Latina ha cosquilleado el morbo. Nuestro presidente es un empresario de segunda generación familiar que se ha hecho político siendo presidente. Esa no ha sido, precisamente, la tradición política desde la reposición de la democracia con las elecciones de 1962. 

Hemos tenido políticos profesionales y profesionales políticos. Quizás en ese tramo los precedentes más próximos sean el de don Antonio Guzmán (1978-1982), hacendado ganadero y agrícola, y el de Hipólito Mejía (2000-2004), empresario agrícola de veterana formación política. 

Pese a lo anterior, Abinader no tiene las fibras ni los arrojos del empresario de estirpe. La actividad más notable de la familia Abinader ha sido la educación superior, fuente originaria del capital invertido en empresas turísticas, de cemento y de otros rubros. La educación es una prestación que no siempre comparte la naturaleza especulativa de la intermediación mercantil. Esa condición probablemente haya animado, en una familia conservadora como la Abinader, la afección por otras atenciones, entre ellas la política. 

Cuando Abinader resultó candidato del PRM para las elecciones que finalmente ganó, un amigo y vecino se porfiaba con la duda de apoyarlo o no. Su más seria reserva eran las alianzas que el candidato debía armar para hacer competitiva su pretensión presiden- cial. Mi amigo siempre ha sido desafecto de Hipólito Mejia y en ese momento le inquietaba pensar que siendo Abinader un político inexperto fuera maniatado por Mejía. Le dije que esa era una preocupación ociosa y que si alguna alianza podía condicionar la libertad del futuro presidente no era precisamente la política sino la de los grupos de intereses. Hace unas semanas, en una actividad social (de las pocas que me consiente mi vida ermitaña) alguien se me acercó por detrás y susurró al oído esta inesperada confesión: “¡Fuiste un genio! Tal cual”. Era otra vez mi amigo, quien aludía a aquella conversación.

Luis Abinader logró ganar las elecciones del 2020 a pesar de no contar con la inversión del gran capital. Las aportaciones económicas procedían fundamentalmente de empresarios medios y emergentes a pesar de la inclusión de algunos apellidos empresariales en el núcleo duro del gobierno. 

No es un secreto para nadie que durante los gobiernos del PLD se creó y afirmó una estructura oligopolista que en ese tiempo y hoy domina el negocio de las contrataciones de las obras públicas. Hubo un momento en que el presupuesto de inversión de capital del Estado se repartió virtualmente entre cinco poderosos contratistas. Esos intereses estaban coyunturalmente atados al candidato Gonzalo Castillo. Esto, sin considerar los apoyos de empresarios amigos del presidente Medina, algunos de los cuales vieron quintuplicar, durante sus gobiernos, los patrimonios empresariales. 

Una de las bondades que tuvo la candidatura de Abinader fue no llegar amarrado a intereses corporativos. Esa autonomía le permitió nombrar sin culpas ni dudas a un Ministerio Público no condicionado en su ejercicio. Es obvio que la corrupción de gran calado nace con la manipulación del sistema de contrataciones públicas. Justamente en sus procesos, ordinariamente viciados, coludidos y opacos, participaron firmas contratistas por cuenta propia y como consorciadas de otras. Ninguna estuvo ajena a las malas prácticas que han viciado por años esos procedimientos de selección. Todo el que participa conoce, domina y usa sus redes, tramas e hilos operativos.

Tampoco es un secreto la aprensión alojada en algunos de esos intereses por las investigaciones llevadas a cabo por el Ministerio Público vinculadas a las licitaciones de grandes obras dentro de las cuales descuella la terminal termoeléctrica Punta Catalina, un ícono de la alianza pública privada en materia de corrupción. 

El oligopolio de los grandes contratistas sigue incólume, operando como en sus mejores tiempos, en algunos casos con relaciones más robustas y afines. Basta leer las firmas que actualmente tienen a cargo la ejecución de los grandes proyectos. Poco o nada ha cambiado en su composición ni en su penetración, quizás ajustadas a patrones más disimulados de intervención. El fortalecimiento de esos intereses es inflamable con un proyecto reeleccionista. Es entonces cuando no puedo evitar, con innegable pesar, la premonición anticipada a mi vecino. Esa que le reitero con sana intención al presidente Abinader.

Ese núcleo aporta dinero y estará en la mejor disposición de hacerlo con entusiasta liberalidad. Si el presidente decide aceptar su apoyo arrastrará un pasivo difícil de negociar: se trata de una estructura que crea cercos, condiciona intenciones, arma tratos y ve la reelección como factor de negocio. 

Prefiero a un presidente de un solo mandato, pero exento de esos sutiles condicionamientos, que una reelección pagada a un precio de timo. Escojo a un Luis Abinader debutante, errático y hasta incauto, que a un presidente atrapado o disminuido en su accionar por esas lealtades. Es fácil desatarse de un apoyo político no deseado, bastando, en algunos casos, con un decreto de destitución más una investigación que dirigirá una autoridad independiente. No así de un empresario, quien viene acompañado por una presunción de integridad en una cultura permisiva con la delincuencia corporativa.

El presidente debe distanciarse y ver con recelo cualquier apoyo de esas y otras marcas. Esos tratos no son fiables, aunque vengan empaquetados de la buena fe o avalados por la errante creencia de que los empresarios, por no necesitar dinero, vienen armados de magnanimidad. Tales valoraciones aplican para sectores estratégicos, controlados por prestadores privados como el energético, beneficiados del desorden, las desatenciones y la falta de autoridad pública en ese sector. 

Luis Abinader es rico; tiene un alto aprecio como persona con lealtad a sus principios de vida personal y política. No necesita dinero ni busca mejor realización pública que terminar un gobierno honesto, principal empeño de su gestión. Tomó una decisión consecuente con lo que ha sido el reclamo más viejo de una nuestra democracia: encarar la corrupción pública sin considerar su origen, rango ni estirpe. La corrupción no tiene apellidos ni discrimina socialmente. 

Ceder en ese propósito o acomodar su determinación es dejar en el abandono lo logrado. Si ese pudiera ser el precio de una reelección, mi consejo al presidente es que ni la considere y en cambio arrecie su compromiso con su propia consciencia como lo ha venido haciendo, sobre todo en el primer año. Al menos le garantizo que terminará menos odiado que un presidente de dos periodos. Recuerdo a Lucía Medina, que en parecida disyuntiva de su hermano, proclamó: “...antes de venir para acá, yo tuve cuatro reuniones con cuatro empresarios grandes del país que me tienen un chucho de que Danilo tiene que decir que él va; pero ¿ustedes saben por qué es que ellos quieren que Danilo vaya?: porque sus negocios han crecido económicamente mil por mil”.

Ya Luis Abinader no es el candidato de las pasadas elecciones, hoy es un gobernante cotizado. En el 2020 necesitaba el dinero que no consiguió y que hoy puede contar a su antojo. Abinader entra así al umbral de su segundo año, un tramo difícil en el que todo el que se le acerca es para decirle que lo hace mejor que nadie. Esa historia es vieja… y conocemos su final.

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Abogado, académico, ensayista, novelista y editor.