Decadencia
La decadencia se palpa en los indigentes, en los influencers y en los consumidores de drogas

Ya de regreso a Santo Domingo, sentado en el avión atiborrado de gente, aprovecho para terminar de leer “La Torre del Orgullo”, de Bárbara W. Tuchman, obra de historia bien documentada, narrada con fluidez, sobre las ideas y movimientos políticos que prevalecieron a fines del siglo XIX y comienzos del XX.
La autora, luego de mostrar las bases comunes del anarquismo y del socialismo del siglo XIX, la evolución hacia un socialismo compatible con el progreso por etapas en vez de la revolución fulminante, muestra cómo se coló el nacionalismo al amparo de las ideas de Nietzsche y el proceso que condujo a la eclosión de la Unión Soviética, al nacionalsocialismo (nazismo y fascismo) y al estallido de las dos guerras mundiales.
Aquella época, dominada por las grandes concepciones de capitalismo versus comunismo, se caracterizó en occidente por conquistas sociales progresivas, aspiración a la igualdad en diferentes planos, reparación de las injusticias sociales, obtención del derecho al voto, mercado laboral regulado con protección social, salarios reales más robustos.
La paz y el nuevo orden mundial produjeron mejoría en el bienestar individual. Lo que afecta al bolsillo se colocó por encima del fermento de las grandes ideas políticas.
La postguerra se distinguió por la concepción de un mundo basado en el multilateralismo, regido por instituciones que garantizaran el equilibrio ecónomico, la corrección de los desajustes monetarios, cambiarios y comerciales, y el mantenimiento de la paz a través del órgano de gobierno que debía ser las Naciones Unidas. Eso ha cambiado sin que todavia se vislumbre la nueva dirección.
En contraste con ideas de tanto peso y enjundia, en el mundo occidental se observa un estallido de colores por la celebración del llamado “orgullo”. En el aeropuerto JF Kennedy casi nos arrolla una procesión que recorría los pasillos de la terminal como si se conmemorara el fin de la segunda guerra mundial.
Por el desenfreno mostrado cualquiera creería que se trataba de un festejo por haber dejado atrás lacras terribles que afectaban el desarrollo de la humanidad, por ejemplo la esclavitud, o superado la desigualdad laboral, o las discrepancias en la medida del valor trabajo, o vencido las deficiencias en educación y el analfabetismo funcional, o el hambre, o el control de enfermedades endémicas, o la miseria que humilla a la humanidad.
Nada de eso. Solo se trata de exhibir a los cuatro vientos que parejas del mismo sexo conviven y realizan actos sexuales entre sí. Con el debido respeto a la diversidad, tal despliegue, incluso mediático, podría resultar contraproducente a los intereses de su causa. El exhibicionismo, hiriente a otras sensibilidades, no parecería ser la mejor manera de defender el derecho que les asiste como individuos a decidir sobre los actos de su vida privada. Incita a que se les confronte y retrocedan en lo que han alcanzado.
Al fin y al cabo, vivir de acuerdo con lo que la naturaleza dicta o con lo que la necesidad de conservación de la especie reclama, nunca dejará de ser motivo de legítimo orgullo, que no debería ser suplantado, salvo que la especie opte por autoinmolarse, renunciar a la reproducción y sobrevivencia.
Occidente parece encaminarse hacia una decadencia de consecuencias inimaginables, palpable en los indigentes que ocupan sus calles, los consumidores de drogas, con sus cerebros disminuidos, que aumentan sin cesar, la superficialidad de “influencers” que apenas musitan y cuelgan imágenes triviales en las redes, la música urbana armada en torno a resoplidos en vez de sonidos, el retroceso comprobable en la capacidad de reflexionar.
Ya en Santo Domingo se aterriza en otro mundo, aunque dependiente del manhattiano. Los temas se repiten: reelección, modificación constitucional, tarifa eléctrica, subsidios, deportación de indocumentados haitianos o permanencia tolerada, que si Medusa o no Medusa, Odebrecht o no Odebrecht, Danilo o no Danilo. Abinader, Leonel.
Y como telón de fondo se proyecta lo sombrío: la guerra Rusia versus Ucrania y occidente. Y se asoman amenazas: la conflagración nuclear, la inflación que exprime el poder adquisitivo, el regreso a políticas económicas fiscales y monetarias restrictivas. La humanidad colocada al borde del abismo.
En este pedacito de tierra poco podemos hacer para poner remedio a tantos males, salvo encomendarnos al Altísimo y pedirle que ilumine las mentes de aquellos que dirigen el destino del globo. Sobre todo desear que recobren el buen sentido.
Desde el Estado dominicano no queda más remedio que apretarse el cinturón hasta el último hoyo. Años largos de parranda llevan a una resaca profunda. Los demás tendrán que hacer lo mismo.
Eduardo García Michel