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La Cámara de Cuentas, la luz del sol y la arquitectura de cristal

Se necesita claridad para que el organismo opere bien

A principios del siglo pasado se formularon dos metáforas sobre la transparencia que me parecen especialmente significativas para iluminar una reflexión sobre la Cámara de Cuentas y la incisiva polémica que la rodea desde hace ya varias semanas. 

La primera metáfora proviene del quehacer jurídico-institucional, y fue planteada en 1913 por el magistrado de la Corte Suprema de los Estados Unidos, Louis Brandeis: “la luz del sol es el mejor de los desinfectantes” escribió aquel abogado, nacido en Louisville, Kentucky, en 1856, y descendiente de padres judíos, emigrados de Bohemia. Se refería al rol de la transparencia, la rendición de cuentas y los medios de comunicación, a los que no dudaba en considerar como la garantía “más importante de un buen gobierno.”

Por la misma época en que el magistrado Brandeis formulaba su metáfora para el ámbito de las instituciones públicas, el escritor y poeta Paul Scheerbart conjeturaba una acristalada utopía de la transparencia en el ámbito de la arquitectura, como paso necesario para la instauración de una nueva cultura. Scheerbart, el precursor de lo que luego se conocería como la “arquitectura de cristal” (en honor a su obra homónima), consideraba “el encierro” como la característica definitoria del modelo arquitectónico del concreto y el hormigón: “Vivimos, esencialmente, en espacios cerrados. Estos componen el medio en el que nuestra cultura se origina.” Consideraba que la cultura es “en cierta medida, un producto de nuestra arquitectura” y que “si queremos llevar nuestra cultura a un nivel más elevado, estamos obligados, nos guste o no, a cambiar nuestra arquitectura.” 

¿Cuál era el elemento central de ese cambio? En su utopía, ello solo era posible si se eliminan de los espacios en que se desenvuelve la vida de la gente “todo lo que, en ellos, tenga que ver con el enclaustramiento.” Postulaba que eso solo era posible de conseguir “con la condición de que introduzcamos la arquitectura de cristal, que deja penetrar la luz del sol, de la luna y de las estrellas, no solo a través de algunas ventanas -sino a través de todos los muros posibles, que serán de cristal, de cristal coloreado. El nuevo entorno que crearemos nos aportará una nueva cultura” (Paul Scheebart: “La arquitectura de cristal”, Murcia, España, 2002).

Se trata, como se puede apreciar, de dos metáforas sobre la transparencia como vehículo de transformación cultural, a la vez que como condición del buen gobierno. He rescatado mis viejas notas sobre estas ideas, a propósito de la lectura de los artículos de opinión, los comunicados, las notas de prensa y los comentarios más diversos que ha venido publicando la prensa nacional, sobre el difícil momento que vive la institución emblemática de la transparencia en nuestro ordenamiento jurídico: la Cámara de Cuentas

¿Es cierto que existe un complot en contra del presidente de la Cámara de Cuentas, y del que participan activamente algunos de sus integrantes a los que, reputados periodistas, asignan vínculos con partidos políticos entre cuyos intereses se encuentra hacer renunciar al cabeza del órgano? ¿Es cierto que detrás de las tensiones en ese órgano constitucional se encuentra, agazapada como móvil, la intención de evitar la conclusión y difusión de varias auditorías con las que se podría contribuir a sustanciar algunos de los procesos de corrupción administrativa que se investigan desde la Procuraduría General de la República? ¿Es cierto que una de esas supuestas auditorías trabadas tiene que ver con procesos llevados a cabo en la Policía Nacional, en los que se identificaron serias anomalías?

¿Qué de cierto hay en el contenido de la querella presentada por dos funcionarias de la Cámara de Cuentas en contra de su Presidente, sobre presunto acoso sexual?

Como se ve, las cuestiones que atenazan el día a día del principal órgano superior de control fiscal de los recursos públicos no son cuestiones menores. De ser ciertas, cada una de ellas, individualmente, sería suficiente justificación para promover un juicio político contra los responsables. ¿Qué hacer con estas cuestiones?

La respuesta amerita que recordemos. Que recordemos el clima de opinión que se generó alrededor del proceso de designación de los actuales integrantes de la Cámara de Cuentas, y las grandes expectativas ciudadanas generadas por el mismo. Mucha de la gente que le dio seguimiento pormenorizado vio, en ese proceso, la posibilidad de concretar un viejo anhelo institucional: que la institución concebida para analizar y auditar la ejecución del Presupuesto General del Estado tras cada año fiscal pudiera, finalmente, cumplir su cometido, y que la popularmente odiosa expresión “la cámara de cuentos” pasara a ser cosa del pasado. 

Se trataba de un anhelo que solo se puede entender a la luz de: i) la infuncionalidad resultante del diseño histórico de la institución y, ii) de la relevancia que en el debate público y en el proceso político alcanzó, en la contienda electoral de 2020, el discurso contra la corrupción y contra la impunidad. 

Es por eso que la sociedad dominicana tiene el derecho de saber qué es lo que realmente está sucediendo en la Cámara de Cuentas. Tiene derecho de saber, por ejemplo, si es verdad que hay obstrucción a la labor de fiscalización, para proteger hechos de corrupción administrativa y sus responsables; o qué de cierto hay en los señalamientos contra su Presidente. 

Pero a la verdad sobre esas cuestiones solo se puede llegar a través de un serio proceso de investigación que ponga cada cosa en su lugar. Si se barren bajo la alfombra, como si de basura vieja se tratara, nadie será responsable de nada, pero todos quedarán bajo sospecha y, por tanto, la credibilidad del órgano retornará a sus mínimos históricos. 

Es para circunstancias como las que hoy gravitan sobre la Cámara de Cuentas, que el artículo 93.2, literal e) de la Constitución prevé, como una de las atribuciones del Congreso Nacional en materia de fiscalización y control, la de “nombrar comisiones permanentes y especiales, a instancia de sus miembros, para que investiguen cualquier asunto que resulte de interés público, y rindan el informe correspondiente.” 

La Cámara de Cuentas solo podrá desempeñar su papel como garante de la transparencia -irradiando luz sobre la forma en que se ejecutan las cuentas públicas, como postulaba Louis Brandeis-, si ella misma empieza a funcionar como uno de esos edificios de cristal con los que soñaba, como modelo arquitectónico, el poeta y escritor que fuera Paul Scheerbart.

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