La sequía
La sequía no ha sido tan extensa en el tiempo como para producir las calamidades que está provocando

Las sequías, así como las glaciaciones y calentamientos del globo terrestre, son un fenómeno natural cíclico que acompaña a la humanidad desde su existencia.
Existe la creencia de que la presión que ejerce sobre los recursos naturales una población de seres humanos cercana ya a los 8,000 millones de habitantes está llevando a la tierra hacia una etapa de calentamiento global de consecuencias temibles, en que se turnarán años de aridez con otros de inundaciones, devastadores.
En una charla pronunciada en 2006 en la Academia de Historia, Emilio Cordero Michel menciona “la tremenda sequía de 1928, seguida por los torrenciales aguaceros que causaron enormes daños a la agricultura”.
En Análisis de las sequías en la República Dominicana, publicada en 1992, Antonio Cocco Quezada aporta datos interesantes. Cita al padre Charlevoix, jesuita, quien en 1730 alertaba sobre las condiciones del clima en la isla según la época del año, debido a los efectos de las brisas.
Y aporta datos de fuertes sequías que se registraron en el siglo XX, en particular dice que
en 1944, año del Centenario, “una extensiva sequía azotó nuestro país, grandes pérdidas en las cosechas se registraron en San Rafael del Yuma, Monte Plata, Higuey, Hato Mayor, Salcedo, San Cristóbal, La Jagua, La Vega, La Victoria, Imbert, Dajabón, Bonao y Barahona.
Añade: “En contraste a esta situación, un frente frío, de movimiento rápido al sureste, hizo descender las temperaturas a tres grados bajo cero, en Constanza, congelándose el agua del río Pantuflas, amaneciendo los techos de las casas llenos de escarcha, el 24 de febrero”.
Afirma Cocco Quezada que “debido a las sequías del 1991, las lomas fueron erosionadas por el viento, algunos ríos se secaron, disminuyeron notablemente su caudal, incluyéndose el Pérez, Bajabonico, San Marcos, Muñoz, Camú y Yásica”.
Era la época en que la acción del ser humano no alcanzaba la intensidad suficiente para inducir cambios en el clima, y las adversidades llegaban de manera natural.
Luce que las sequías se han intensificado y ocurren con mayor frecuencia. En el mundo se suceden incendios devastadores uno tras otro. Los bosques disminuidos por la labor depredadora de los humanos están camino a la extinción. La contaminación de los afluentes y cañadas disminuye sensiblemente la disponibilidad de agua potable.
Ahora, en 2023, como si la pandemia y los efectos colaterales de la guerra Rusia-Ucrania, la inflación desatada y las tasas de interés encaramadas en la cumbre no hubieran causado suficiente daño, el país se encuentra en el pico de una fuerte sequía.
Algunos ríos considerados de gran caudal no tienen agua que corra sobre sus cauces, sino pequeños pozos estancados. Es el caso del río Camú. Las cosechas están sufriendo. La de arroz corre peligro de perderse y aunque llueva pronto quedará disminuida porque la insuficiencia de irrigación que ha padecido afectará su rendimiento. Igual ocurre con otros rubros.
La esperanza de los agricultores es que en esta semana santa se produzcan lluvias. El pronóstico meteorológico así lo indica, pero no siempre se cumple.
Antes los conglomerados humanos celebraban ritos y procesiones para implorar que cayeran las lluvias. O se acudía a ruegos a San Isidro, el labrador, encaminados a que quitara el exceso de agua y permitiera que el sol saliera. El refrán puede cambiarse y pedir a San Isidro lo contrario, que ponga el agua y quite el sol, sin pasarse.
Esta experiencia obligará a que se tomen medidas de gran calado. No es solo la agropecuaria la que sufre. De continuar la sequía podríamos llegar a episodios dantescos de falta de agua para consumo y uso humano, no solo porque no fluya el líquido en la cantidad necesaria, sino porque se encuentra parcialmente contaminado.
Las lluvias pueden que caigan casi ya. Bienvenidas sean. Pero puede que no. El solo hecho de plantear esa disyuntiva debe llevar a la sociedad a adoptar aquellas medidas que restauren el daño causado a la naturaleza por los pobladores de la isla.
La sequía no ha sido tan extensa en el tiempo como para producir las calamidades que está provocando. No tenemos control sobre las lluvias. Pero sí podemos reparar el daño causado por el desmonte y los cauces depredados que no permiten que las lluvias sean retenidas en los acuíferos. Restaurar las cuencas hidrográficas y mantener limpio los cauces es prioridad nacional.
Ojalá que en esta semana santa se produzcan lluvias generosas que sacien la sed de nuestros acuíferos. De lo contrario, la población debe prepararse para enfrentar un perturbador desafío.

Eduardo García Michel