×
Versión Impresa
versión impresa
Secciones
Última Hora
Podcasts
Encuestas
Servicios
Plaza Libre
Efemérides
Cumpleaños
RSS
Juegos
Herramientas
Más
Contáctanos
Sobre Diario Libre
Aviso Legal
Redes Sociales

Asimetría y desconcierto mundial

La extracción de Maduro pone en jaque los principios del derecho internacional

Apenas a pocas horas de haber empezado el nuevo año el mundo quedó estremecido: los Estados Unidos acababan de bombardear baluartes militares de Venezuela y de "extraer" y transportar a ese destino al presidente Nicolás Maduro.

De súbito surgieron emociones encontradas.

Por un lado, alegría en millones de venezolanos que forman parte de la diáspora, en otros millones que viven en Venezuela al tiempo que sufren la opresión del régimen ilegítimo que los regula, y en cientos de millones de seres humanos creyentes en que la libertad es la expresión suprema de desarrollo humano y la humanidad merece ser regida por regímenes democráticos.

Por otro, tristeza y preocupación en aquella otra parte del globo que cree y adora como tótems los principios de soberanía de los estados nación, de respeto a la integridad territorial y de no intervención, bastiones erigidos para atenuar la presión de las potencias mundiales, ávidas de conquistas territoriales y de recursos naturales, según lo atestigua la historia.

Con el paso de las horas el sentimiento más generalizado ha devenido en estupor, tanto entre los unos como en los otros. Lo ocurrido choca con los principios mencionados del derecho internacional y al mismo tiempo soslaya el único atenuante que podría legitimar ese incumplimiento: actuar en defensa de los derechos humanos y del orden democrático, es decir de las libertades.

Los hechos son elocuentes.

Las declaraciones emitidas por los altos ejecutivos de la gran nación del norte dejan establecido que la "extracción" a la fuerza, como dicen, del primer mandatario de Venezuela se hizo para someterlo a la tutela de la justicia de ese país, con objeto de que haga frente a cargos variados que le imputan, y también para poder sacar ventajas de las inmensas reservas de petróleo de esa nación.

En adición, dichos ejecutivos exponen que Venezuela será sometida a tutela para guiar un proceso de transición, cuyos ejecutantes (suponen) lo serán los miembros del equipo de gobierno que ha acompañado en todos estos años a Nicolas Maduro. Y restan peso político al liderazgo de una oposición implicada a fondo, con estoicismo y sacrificios, en conducir a esa nación hermana hacia la democracia, cuyo principal respaldo es haber ganado con contundencia las elecciones celebradas en ese país. 

Como se observa, existe discordancia entre lo acontecido y lo deseado.

Después de interminables y cruentos conflictos, la humanidad logró establecer una cortina de legalidad supranacional para frenar las ambiciones de conquista de territorios y recursos. De ahí la vigencia, a trompicones, de los principios ya mencionados, violados a conveniencia de las potencias de turno.

El mundo atraviesa por una encrucijada. El multilateralismo y el derecho internacional están siendo sacudidos. La noción de áreas de influencia parece imponerse dentro de las concepciones estratégicas de las grandes potencias, sobre todo Estados Unidos y Rusia. Es presumible que China se adhiera, aunque ha estado desplegando una política de penetración en áreas alejadas de su entorno.

A lo anterior se agrega la reactualización de la doctrina Monroe, que creó una reserva de dominio para el país del norte en relación con apetencias territoriales y de usufructo provenientes de potencias de otro ámbito geográfico.

Mientras eso sucede, las aspiraciones vigentes en el continente americano de formar bloques de consolidación del espacio democrático y de libertades, han quedado relegadas a un lugar de poca significación, dado que requieren de la participación de alguna potencia que les sirva de soporte esencial.

En el tinglado mundial hay una lamentable asimetría: respeto formal y aparente por la noción de soberanía de los estados y de no intervención, por un lado, y, por otro, olvido absoluto de los derechos individuales de quienes pueblan una nación.

Así, en el pasado, y también en el presente, el derecho a la no intervención ha sido la excusa para consolidar regímenes de oprobio que han irrespetado los derechos y las libertades individuales.

Y, sin embargo, los pueblos son el origen de los estados. En consecuencia, sus derechos individuales deberían gozar de la misma protección que la que se reclama para aquellos.

Con lo sucedido ahora, no solo se profundiza la asimetría mencionada, sino que se pone en tela de juicio el sostenimiento del orden internacional que ha prevalecido después de la segunda guerra mundial y se consolida la tendencia a establecer zonas de influencia, con independencia del régimen de gobierno que se tenga.

En ese contexto, valores como la libertad, democracia y patria pierden sentido frente al descarnado fin utilitario del interés propio de los más poderosos. ¿Es ese el mundo que merecemos?

TEMAS -

Eduardo García Michel, mocano. Economista. Laboró en el BNV, Banco Central, Relaciones Exteriores. Fue miembro titular de la Junta Monetaria y profesor de la UASD. Socio fundador de Ecocaribe y Fundación Siglo 21. Autor de varios libros. Articulista.