Venezuela "libre": la película de Trump
Trump y el precedente apocalíptico de capturar gobernantes extranjeros
"Si hubieran visto lo que pasó... lo vi literalmente como si estuviera viendo un programa de televisión. La velocidad, la violencia... fue una cosa asombrosa".
Quien dice eso no es un director premiado con el Oscar, es un Donald Trump eufórico al relatar a Fox News el monitoreo que, en tiempo real y desde su residencia en Mar-a-Lago, le dio al operativo que terminó con el asalto y posterior secuestro de Nicolás Maduro y su esposa por parte de una unidad de operaciones especiales (Delta Force) del Ejército de los Estados Unidos.
Para el infundido mandatario aquello fue una "genialidad" cinematográfica. Obvio, se trató del episodio de más crudo suspenso en un thriller escrito hace algo más de cinco años en el Departamento de Estado y puesto en estreno a comienzo del nuevo (2026).
La trama, al mejor estilo de Conan Doyle o Agatha Christie, empezó con una leyenda errante: "El cartel de los Soles", una imaginaria organización criminal inventada en el edificio Harry S. Truman de la 2201 Street NW, Washington, D. C., y cuyo libreto fue prestado a la DEA para elaborar la teoría de una conspiración lidereada presuntamente por "el capo" Nicolás Maduro, imputado de entrar drogas a escala comercial a los Estados Unidos.
Para darle trazas de realismo al mito, a mediados del año pasado el Departamento del Tesoro se apresuró a declarar "terrorista" a la ficticia organización y avalar, con su poderosa estampa, la crónica negra del thriller. Con ese timbre, Washington remataba su relato para legitimar la captura de Nicolás Maduro y su esposa, a la mejor manera de Man of fire.
Al no poder sustentar la teoría del "cartel de los Soles", como organización real, la fiscalía se retracta del alegato original, en cuya virtud le imputaba a Maduro el supuesto liderazgo de una organización narcoterrorista; en su defecto, alude ahora a un "sistema clientelar" de corrupción en el que el narcotráfico ha sido influencia esencial.
Se trata, entonces, de una narrativa muy alejada de la primera versión, con necesarias implicaciones en la acusación y en la legalidad de la "extirpación". La nota cómica del drama es que algunos países, incluida la República Dominicana, replicando las campanadas de Washington, le dieron carácter terrorista a la leyenda "made in United States" del "cartel de los Soles". Una pésima actuación de reparto.
La película alcanza ribetes épicos cuando Trump, fiel al guion, decide desplazar al Caribe sur la más gigantesca cruzada militar en la historia de la cuenca; una propuesta renovada de la saga Pirates of the Caribbean. La calificación de "narcoterrorismo" fue la excusa política para justificar este colosal despliegue de tropas, fuerzas navales y áreas sin una declaración formal de guerra, para la cual precisaba de una autorización del Congreso.
Bajo sofismas hermenéuticos, Trump burla el trámite congresual exigido por la Constitución (artículo I, sección 8) y el War Powers Resolution (1973) que obliga al presidente a notificar al Congreso en cuarenta y ocho horas la introducción de las Fuerzas Armadas en hostilidades o situaciones inminentes. Así, ejecuta una operación de captura de un "capo narcoterrorista" calificado como tal por su criterio político y al amparo de una investigación judicial abierta en su país. Este es, sin dudas, el episodio más espeluznante del thriller.
Pensar en un ejercicio tan obsceno de poder es anticipar un escenario apocalíptico. Supone, literalmente, que el presidente de los Estados Unidos puede, con este precedente, disponer la captura y procesamiento de cualquier gobernante en el mundo contra el cual haya un expediente abierto (sustentado o no) en su jurisdicción imperial; lo peor: con el poder arrogado por su propia autoridad para matar impunemente, como si se tratara de un acto de guerra, condición que contradictoriamente negó para eludir la autorización congresual.
Pero la trama no queda ahí, roza la ciencia ficción. Así, Trump juega graciosamente con los elementos del derecho internacional al mejor guion de Star Wars. "Extirpado" Maduro de su país, Trump decide que la encargada de la transición sea la vicepresidente Delcy Rodríguez, a quien amenaza con que puede irle "peor .... si no hace lo correcto", es decir, si no obedece lo que él dicte. Ese designio alcanza anchuras impensadas cuando declara que Estados Unidos asumirá el control de Venezuela por tiempo indefinido. Es como si no hubiera por el medio principio alguno de soberanía que limite civilizadamente sus acciones.
Ese infortunado evento es un retroceso en el orden político mundial. Nos regresa al siglo XVI, cuando las potencias imperiales imponían despóticamente su voluntad sobre las colonias. Lo espantoso es que pocos reaccionan, con temor a ser estigmatizados de zurdos o de contemporizar con el chavismo. Se trata de un Estado gobernando a otro sin más razón que la fuerza del dominio.
De esta manera el remedio es más nocivo que el padecimiento, sujetando a las naciones débiles del hemisferio al capricho de cualquier gobernante de los Estados Unidos; un antojo expresado de forma tan burda como el que recientemente animó al presidente Trump a indultar al expresidente hondureño Juan Carlos Hernández de los mismos cargos que hoy se acusa a Nicolás Maduro, solo por afinidad ideológica.
Desarmado el montaje de la trama, quedan al descubierto las motivaciones reales del guion: descabezar el régimen y garantizarle a los Estados Unidos (y a sus grandes corporaciones) el acceso y control estratégico de la más grande reserva de crudo del planeta (estimada en 303 mil millones de barriles).
Era tan escasamente disimulable tal interés, que el propio Trump, tras la captura de Maduro, anunció que Estados Unidos administraría temporalmente esa reserva, al tiempo de invitar a sus corporaciones a invertir. Pero dejó claro la deuda histórica, que, según él, Venezuela tiene con las grandes empresas petroleras. "Construimos con talento, empuje y habilidad y el régimen socialista nos la robó", dijo.
Con ello alude a la renegociación que Chávez logró con algunas petroleras extranjeras y la estatal PDVSA, que le permitió a esta última obtener un sustancial incremento en la regalías que debían pagar las empresas y una participación mayoritaria en todos los proyectos, lo que motivó que las estadunidenses Exxon Mobil y Conoco Philllips abandonaran sus operaciones en Venezuela sin aceptar, por estimarla exigua, la compensación que el gobierno de Chávez les ofreció por la expropiación de sus activos, reparación que posteriormente reclamaron a través de arbitrajes internacionales. Solo Chevron se acogió a las modificaciones de sus contratos y permanece hasta hoy en Venezuela.
Es obvio que esta es la oportunidad esperada por Washington para restablecer, a favor de las petroleras americanas, condiciones ventajosas y compensaciones resarcitorias, en un momento en que Trump, en nombre de la democracia, agarra por el cuello a la presidenta encargada, bajo la amenaza de tratarla peor que a Maduro "si no hace lo correcto".
Bajo condicionamientos tan severos (por no decir extorsivos) es más fácil negociar políticamente con un chavismo apocado que con una María Corina Machado (o su alter ego Edmundo González) inspirada y dispuesta a reivindicar su nombre asociado con la injerencia extranjera. De alguna manera tendrá que separar las cosas y las apariencias con los Estados Unidos.
Pero Trump, apegado a su dominante ortodoxia de negociación, al tiempo de garantizar el control del orden en manos del régimen que lo creó, se gana la estabilidad para operar su plan de recuperación de la industria petrolera venezolana y, con su aliada coyuntural, Delcy Rodríguez, dividir la cúpula del chavismo, cuyas cabezas no estarán de acuerdo con ella cuando tenga que consentir a las presiones de Washington. Al final, felices los tres: un pueblo celebrando la salida de Maduro, un Trump con el control de los intereses de Washington y un chavismo todavía en el poder. Todo logrado a un precio impagable: la democracia en nombre de la cual se actuó. Un final ¡de película!

José Luis Taveras