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Ni una cosa ni la otra

El giro inesperado de la política estadounidense hacia Venezuela

Hace cuatro semanas esta columna llevó por título Venezuela: ¿transición democrática o cambio de régimenLa pregunta se formulaba en el contexto de un incremento de las presiones del Gobierno de Estados Unidos contra el régimen venezolano encabezado por Nicolás Maduro, incluyendo el despliegue de una considerable fuerza militar en el Mar Caribe en la cercanía de Venezuela. Como se conjeturaba sobre las posibles acciones que emprendería la Administración del presidente Donald Trump contra Maduro y su estructura político-militar, teniendo como telón de fondo el fraude electoral del 28 de julio de 2024, la pregunta tenía relevancia. ¿Auspiciaría el Gobierno estadounidense una transición democrática combinando la presión contra Maduro y la acción concertada de la oposición o propiciaría un cambio de régimen sobre la base de una intervención militar directa? Dados los acontecimientos de la madrugada del 3 de enero y las declaraciones que han ofrecido los altos funcionarios norteamericanos encargados de lidiar con la crisis venezolana, la respuesta a la pregunta de aquel artículo es: ni una cosa ni la otra, al menos por el momento.

La idea de una transición democrática quedó descartada desde el momento en que el propio presidente Trump, al referirse a la líder opositora venezolana y ganadora del Premio Nóbel de la Paz María Corina Machado, declaró: "Creo que sería muy difícil para ella ser la líder. No tiene el apoyo ni el respeto del país". En no más de diez segundos la descalificó para jugar un papel en el proceso, aunque hay mucha gente ingenua o despistada o tan ofuscada ideológicamente que piensa que todavía hay chance para que ella, de las manos de Estados Unidos, llegue a Venezuela como redentora a dirigir la transición democrática. Tampoco ha habido mención por parte de las autoridades norteamericanas de ningún plan de transición que implique el involucramiento del liderazgo opositor, aunque fuese con una perspectiva de mediano plazo, si bien ya se ha mencionado un plan de tres fases que incluye al final una transición democrática, pero sin especificar ningún detalle de cómo y con quién se llevaría a cabo. No se vislumbra, pues, un escenario en el que Machado y Edmundo González, a quien el régimen venezolano despojó fraudulentamente su triunfo electoral, tengan una silla en la mesa de discusión sobre qué hacer en Venezuela con miras a propiciar una transición política que reencauce ese país por el camino de la democracia.

Del mismo modo, la idea de un cambio de régimen también quedó descartada, al menos por el momento, ya que las autoridades estadounidenses han reconocido como interlocutora válida a la vicepresidenta Delcy Rodríguez, quien, en un inesperado giro político de esos que suelen producirse fruto del azar, la fortuna o los cambios en los cálculos de los actores políticos, ha recibido un aliento de quien menos ella y demás miembros de su estructura político-militar esperaban. En lugar de Machado, la interlocutora del Gobierno de Estados Unidos es ahora Rodríguez, compañera de Maduro en estos largos años. Más allá de consideraciones de tipo moral -si ella traicionó o no a Maduro-, lo cierto es que el presidente Trump y su equipo han decidido no embarcarse, al menos por ahora, en un cambio de régimen y, por el contrario, han preferido entenderse con el Gobierno venezolano, ahora encabezado por Rodríguez, mientras procuran crear un ambiente más favorable a los intereses norteamericanos, particularmente en lo que concierne al manejo de los recursos petroleros.

Pocos analistas, si alguno, pudieron visualizar un desenlace de este tipo. Muchos, incluyendo a Machado, apostaron a que el presidente Trump pondría una presión tan fuerte al gobierno de Maduro que lo haría colapsar, al tiempo que llevaría finalmente al poder a quienes el gobierno venezolano había despojado de su triunfo electoral. La democracia y los derechos humanos serían las piezas claves del discurso político que sustentaría un enfoque de este tipo, el cual, a todas luces, ha sido descartado. Una vez más se demuestra lo difícil que es hacer tabula rasa con un régimen autoritario, por lo que las transiciones democráticas suelen incluir, salvo excepciones, transacciones explícitas o implícitas con actores del régimen que se quiere reemplazar, lo que parece que no estaba en los planes del liderazgo opositor.

A su vez, las autoridades norteamericanas, conscientes del riesgo que implica una acción militar con miras a un cambio de régimen ("if you break it, you own it", como dijo Colin Powell previo a la invasión en Irak, de lo cual se hizo eco esta columna), también descartaron un golpe de fuerza para desencadenar un cambio de régimen. Definieron una operación de persecución judicial (law enforcement operation) para capturar a Maduro y sacarlo del poder, pero no con la idea de descabezar al régimen y socavarlo totalmente, sino de establecer un nuevo interlocutor -en este caso la vicepresidenta Rodríguez- que fuese más receptiva y acomodaticia a los intereses de Estados Unidos, particularmente en lo que respecta al petróleo.

Desde luego, está por verse si este arreglo político entre el Gobierno norteamericano y el Gobierno venezolano será sostenible. Si ese es el caso, entonces Rodríguez y su equipo podrían permanecer en el poder por un buen tiempo. En cambio, si este esquema se desestabiliza, si la oposición decide trillar su propio camino de movilización radical contra el régimen y si, en palabras sencillas, las cosas se salen de control, la relación entre Estados Unidos y Venezuela entraría en una nueva fase mucho más crítica que podría requerir el envío de tropas norteamericanas a territorio venezolano, algo que, evidentemente, el presidente Trump, aunque dice no descartarlo, quiere evitar a toda costa.

TEMAS -

Abogado y profesor de Derecho Constitucional de la PUCMM. Es egresado de la Escuela de Derecho de esta universidad, con una maestría de la Universidad de Essex, Inglaterra, y un doctorado de la Universidad de Virginia, Estados Unidos. Socio gerente FDE Legal.