De lunes a viernes
La personalidad secreta de los días laborales
Regreso de vacaciones. Me pesa volver a la rutina, y no por cargante, sino por predecible. Cada día tolero menos la vida lineal, secuenciada en episodios ya calcados. Es como pisar huellas en un camino andado.
Tengo treinta y seis años como abogado corporativo. Organicé mi retiro voluntario hace dos. Lo hice de manera escalonada para evitarme rupturas traumáticas. De manera que quedan obligaciones inconclusas en ese trance vacilante de dejar y no; mientras, le he ganado ocio al "tiempo productivo", un concepto tramposo que termina ahogándonos en el sistema.
Hace algunos años, un abogado amigo me atrapó con una interpelación inesperada: quería saber con cuántos millones en dólares dejaba el ejercicio. Le contesté sin pensarlo, tal vez porque el deseo del retiro ya asomaba como apremio no confesado. La reacción lució soberbia: "Esa decisión nunca la hallarás en el banco", le dije. Días después, en una reflexión más quieta, confirmaba la certeza de mi respuesta. Tomé la decisión sin culpas. Hoy, liquido gestiones pendientes y solo asumo las que me desafían. Afuera hay motivos más provocadores de vida.
En los años duros de mi práctica no permití que el trabajo me venciera. Solía negociar la agenda. Dominaba la rutina sorteando el trabajo en armonía con la "personalidad" de los días. Sí, reconocí en cada uno de ellos una "identidad" distintiva. Sobre ese presupuesto, incubado en mi imaginación, ordenaba, a conveniencia, las tareas.
El lunes viene del latín dies Lunae (día de la Luna). Es el más detractado de la semana. Supone un puente estrecho entre el ocio/descanso y la retoma del trabajo. La conexión pocas veces es fluida o armónica. Es un día hosco, lento y pesado. El European Journal of Epidemiology (2016) reseña que en Europa las muertes y ataques cardíacos son veinte veces más frecuentes los lunes que en el resto de la semana, aparte de ser el día laboral menos productivo. En él concurren dos disposiciones mentales en disputa: "la pesadez" como lastre del fin de semana y "la concentración" que demanda el primer día laboral. El tránsito abre un trauma de readaptación que logré aligerar adelantando tareas el domingo por la tarde. Al despertarme, la memoria más fresca era la del trabajo del día anterior; ya había conectado. Otra manera era llegar a la oficina después de las diez con ropa ligera, preferiblemente de algodón o lino, sin calcetines, como forma de compensar su necia sobriedad. Tampoco ponía cita los lunes y usaba el día como un programador de la semana. De esta manera las horas pasaban sin dejar mayores ansiedades que la circunstancia de saber que era un lunes.
El martes viene del latín dies Martis (día de Marte). Haciendo honor a Martis, dios de la guerra, el martes se propone como un día energético, intenso y provocador, con una jornada de alta concentración y rendimiento. No tiene el drama del lunes ni la distracción del viernes. Es metódico y pragmático. En él no solo se empieza a ejecutar la agenda orgánica del día, sino la de la semana y la de la anterior. Martes es un día recio que combina la ocupación acelerada con una perspectiva más realista de los días que siguen. Siempre he dicho que como pinta el martes viene la semana. Por suerte, el martes encuentra una mente ya conectada con la dinámica y demanda del trabajo. Como contrapeso a sus rigores recomiendo alguna actividad deportiva, que en mi caso es el tenis.
El miércoles viene del latín dies Mercurii (día de Mercurio, dios del comercio). El miércoles es el corazón agitado de la semana. Un lunes disfrazado. Solo que el lunes debe su pesada fama a la cercanía con el fin semana y a su forzosa conexión con el trabajo, condición que reporta la falsa impresión de ser muy laborioso, pero se trata de una actitud mental, ya que el miércoles es verdaderamente el día más recio de la semana. Ese día recibe las citas que se programan el lunes, los trabajos iniciados el martes y la entrega de los reportes de los dos. Es irrespirable y laboralmente opresivo. Recomiendo alguna actividad lúdica en la prima noche como entremés para bajar la carga de estrés que deja su paso.
El jueves viene del latín dies Iovis (día de Júpiter, dios del sol). Es la versión ligera del miércoles. Un puente entre el estrés y el alivio. En sus horas, el trabajo pierde sofoco, pero no intensidad. La inminencia del fin de semana mejora la actitud, por eso se tiene la sensación de que pasa rápido y ligero. Es ideal para reuniones de evaluación estratégica o planificación de la semana siguiente, ya que los viernes son muy abstraídos o hay poca asistencia de personal. El jueves plantea una percepción distendida de las tareas, por lo que el trabajo se hace de forma más reflexiva y lúcida. Eso lo convierte en el mejor día para actividades creativas. El bajo estrés restablece el equilibrio interior y el trabajo no se siente como tal.
El viernes viene del latín dies Veneris (día de Venus, diosa del amor). La mejor recompensa del lunes es saber que hay un viernes. Es un día relajado, extrovertido, rebelde y libre. En el viernes todo se aplaza, se precipita y se festina; en sus horas la agenda se desliza fluidamente y la rutina pierde desgano. Las tareas discurren con ánimo deportivo y actitud social. No se recomienda la entrega de tareas complicadas ni delicadas. El viernes está para gestiones ligeras y despachos rápidos. No acepta órdenes y su objetivo es la desconexión. La vecindad del viernes con el fin de semana lo convierte en un día cruzado: mitad laboral y mitad recreo, siendo el mediodía la frontera de esa hibridez. Después de las 3:00 p. m. nadie está en trabajo.
De todos, el jueves me seduce; es un licuado de dopamina y cortisol. El estrés baja y las emociones se templan. En esa lógica no es casual que esta columna llegue todos los jueves. ¡Salud!

José Luis Taveras