¿Ratón o político?
El olfato y la astucia en la supervivencia del Estado
Con disculpa a los ratones, a menudo suelo asociarlos con los políticos. Es obvio que no hay racionalidad en la comparación. Nació como una imagen sugerida por la condición roedora de uno y otro, pero cuando me dispuse a aprender sobre los múridos (ratas, ratones y pericotes) la analogía se hizo inevitable y lo que asomó como una vaga impresión se tradujo en firme convicción.
De mi exploración resultaron similitudes tan cercanas que me confundieron, y hoy no dudo en pensar que, en el darwinismo más paradójico, el activista político parece ser una estirpe evolucionada del ratón.
Lo primero es que unos y otros son especies muy comunes. De hecho, el ratón es el mamífero más abundante del planeta. Se cree que habitan cerca de veinte mil millones de mus musculus (ratón de laboratorio) y algunos cuatro mil millones de ratas comunes. En contrapartida, y a pesar de no haber cifras ni registros, abundan políticos de todos los genes, tallas y timbres en el mundo, más en sociedades conceptualmente pobres donde la condición se ha hecho modus vivendi y una masa política pende del Estado.
La nota distintiva del ratón y de cualquier otro roedor es su capacidad para devorar. Eso se debe a que sus incisivos crecen de forma interminable y pueden alcanzar longitudes inesperadas. La forma natural de desgastar sus dientes es carcomiendo materiales duros, como madera, metales, plásticos y hasta hormigón. El político no tiene largos incisivos, pero comparte con el ratón su compulsiva voracidad. Su ambición es incisiva: no cede ni se retira; una vez en el poder, se aferra a él con uñas. La política como oficio es orgánicamente depredadora: corroe buenas prácticas, moral pública, institucionalidad y recursos del Estado; aun así, se pretende y valida como una profesión honorable.
El ratón, a pesar de su peso y tamaño, es muy ágil. Tiene habilidades excepcionales para trepar, saltar y nadar. De hecho, puede encoger su cuerpo y penetrar a agujeros o grietas más pequeños. El político comporta pericias parecidas: es evasivo cuando se le requiere planteamientos firmes; halla salidas rápidas y cómodas para defenderse, escapar del escrutinio, sortear crisis de imagen o rendir cuentas claras; ¡y ni hablar de trepar!, su más fina destreza. En esa práctica es artísticamente acrobático: lo hace sin inmutarse cuando, según los vientos, cambia de un partido a otro, o al escalar posiciones en el Gobierno sin mejores acreditaciones que su ordinaria condición de ratón, perdón, ... de activista político.
Los ratones tienen una visión deficiente que les impide reconocer colores y formas a más de un metro. Son daltónicos (ven en tonos azules y verdes). Nuestros políticos son cortoplacistas, miopes y sin visión de futuro. Su pragmatismo se mueve por las conveniencias del momento. Viven de las coyunturas y no ven más allá de las elecciones.
Las deficiencias visuales del ratón son compensadas por su agudo olfato, sentido que le sirve para defenderse, comunicarse y orientarse. Se ha comprobado que cuentan con 1200 genes olfativos funcionales (los humanos tenemos 400). Por su fino olfato, tienen comunicación química: así, a través de la orina, transmiten información sobre su estado de salud y la seguridad del ambiente. Por su parte, uno de los sentidos políticos más sensibles es el olfato, que se expresa en intuición, sagacidad y astucia para reconocer oportunidades, armar estrategias, hacer tratos, inducir comportamientos, manipular percepciones y manejar riesgos. Ese don intuitivo le permite simular actitudes, anticipar situaciones y moverse en todas las agendas sin comprometer intereses.
Otra de las propiedades de los ratones es su fácil adaptación a los ambientes. Así, el pelaje de algunas especies es impermeable, permitiéndoles adaptarse a zonas húmedas, frías y acuáticas. Hay ratones en regiones subárticas y en las zonas más secas y desérticas del planeta. Los políticos, por igual, se mueven en todos los ambientes, adoptan el color de las conveniencias, pactan con Dios y con el diablo, defienden hoy lo que desaprobaron ayer, no tienen enemigos permanentes y cambian de criterio según los beneficios.
El ratón y el político son mamíferos y omnívoros (comen de todo orgánico), con la diferencia de que el hábito de la lactancia en el activismo político es tardío y su fuente es el Estado. La "mamadera" es, según el barrio, la adicción política a los cargos o fondos públicos como ejercicio del populismo burocrático de nuestras democracias de cartón. Chupar es uno de los placeres más plenos porque, además del gratificante roce de las papilas linguales con un órgano suave, tibio y flácido, supone la absorción de un líquido fresco. El Estado es un concepto elástico y, como patrimonio, una gran "teta pública" para las succiones mamarias.
A esta altura de la lectura muchos se preguntarán sobre la utilidad de la comparación. Otros no dudarán en calificarla como un necio manifiesto antipolítico promovido por algún supremacista moral. La idea intencional es desmitificar un tanto la imagen del político, una engañosa construcción nacida de su eminente autoestima, sobre todo en una era plagada de liderazgos místicos, adámicos y creídos (de derecha e izquierda), esos que entienden que no sucede nada sin ellos o que no hay historia sin sus nombres. Seres iluminados asumidos como predestinados por el destino o la providencia. Obvio, a esos políticos esta sátira les resultará indigesta, a menos que en la comparación se consideren animales de noble estirpe: águila, león, puma, paloma o cisne. Pero, por más que presuman, la decisión de lo que son la tiene el gato. ¡Bon appétit, minino!

José Luis Taveras