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¿Sabemos lo que tenemos?

El progreso asimétrico de una nación sin planes

Es cierto, nos falta alcanzar más de lo logrado.  Hemos vencido duros tropiezos para llegar a donde estamos, pero, quiérase o no, avanzamos.

Y lo conseguimos sin una estrategia funcional de desarrollo, noción apenas esbozada en una ley que no tiene fuerza coercitiva para constreñir a los gobiernos.

Cada gestión se instala con sus propias visiones, compromisos e intereses, desconociendo muchas veces las obras y políticas en marcha de las anteriores.  

Somos balance social de un esfuerzo no coordinado.  Movidos por la aspiración de cada uno para avanzar a mejores estándares.  La suma de los empeños individuales nos ha dado un nuevo rostro colectivo. El resultado: un crecimiento asimétrico, concentrado y desordenado, pero, al final, ¡progreso!, o como quieran llamarlo...

Es posible que nuestro pesimismo nos obnubile, condenándonos a ver siempre el vaso medio vacío, pero ese no es el testimonio de los dominicanos que regresan después de veinte o treinta años de ausencia, quienes dicen desconocer el país que dejaron. Y se sabe que el que mira desde afuera tiene la mejor perspectiva.

En una cena con el presidente chileno José Antonio Kast, le escuché decir: "Vine a este país en el 1991. Entonces era todavía el retrato rural de casitas de maderas y cana, típicas del Caribe; regreso, y hoy veo a una nación que no conozco. ¿Cómo lo lograron?". Quise reaccionar con una respuesta irreflexiva, pero me la aguanté; le iba a contestar: "Ni nosotros lo sabemos".

Nos ha ayudado el clima, y no como condición meteorológica, sino como estado de quietud social que abre una nueva confianza para cualquier proyecto de vida o de inversión

El dominicano es pacífico por conveniencia; conservador por tradición. No le gustan las alteraciones a su rutina. Y en eso predomina una suerte de concertación implícita entre elites y base social. Ambas les temen a los efectos de las crisis sociopolíticas. A las primeras, por la afectación a la inversión y al mercado; a la segunda, por la perturbación a la economía informal, actividad que genera los ingresos de más de la mitad de la ocupación económicamente activa. La mayoría está concentrada en resolver la subsistencia y no acepta otras distracciones que las que le provoca el ocio de su leve existencia.

Pero, además, ha habido cierta madurez en los reclamos sociales, en parte por la ineficacia histórica de los métodos de protesta. Las huelgas y los enfrentamientos con las fuerzas policiales pasaron de moda. La gente está ocupada en producir. De manera que la violencia dejó de ser opción para reclamar derechos o cambios.

A pesar de que en la convivencia individual o familiar se revelan patrones duros de agresión, somos una nación apática y pacífica, regida por la cultura del laissez passer o del "deja eso ahí".   Una sociedad de quejas y olvidos, que vive el momento y no planifica su futuro.

Para algunos esas actitudes nos condenan a la sumisión, como presas cómodas de la enajenación o la dominación, condición que nos hace reincidir en los mismos errores, sintiendo que no avanzamos como quisiéramos a pesar de los esfuerzos; para otros, nos han evitado trances de confrontación o ingobernabilidad, facilitando así la toma de decisiones colectivas, sin grandes resistencias.  

A pesar de nuestros resabios, los gobiernos de los últimos veintinueve años han hecho sus contribuciones; no las necesarias, pero sí las posibles.  No todo ha sido corrupción o impunidad, sombras que siempre eclipsan sus aportes y logros, porque definitivamente los han tenido.

En un país en el que falta tanto por hacer, cada gobierno ha tributado de manera distinta al progreso: Leonel Fernández con la modernización de la Administración pública, las reformas institucionales, el estado de derecho y las infraestructuras viales; Hipólito Mejía con los cambios normativos y la promoción agropecuaria; Danilo Medina con la generación eléctrica, los programas sociales, de atención rural, de seguridad vial y servicios de emergencia (911); y Luis Abinader con las libertades públicas, ministerio público, reformas legales,  programas de vivienda, titulación y el fortalecimiento de la transparencia institucional.

Siempre he despreciado las comparaciones; en la retórica política suelen usarse como placebo o dosis anestésica; sin embargo, en un mundo convulso, inseguro y violento, nos sentimos provocados a hacerlas.

Anoche, antes de dormirme, leí en diferentes fuentes (occidentales y no) el balance del día de la jornada bélica del Medio Oriente y con ella la incertidumbre que empieza a cernirse sobre los mercados energéticos. Esa lectura me empujó a una de mis adicciones: las estadísticas globales. Vi en el Índice Global de Paz el dato que me perturbó el sueño: el mundo registra actualmente la mayor inestabilidad desde la Segunda Guerra Mundial, con más de 56 conflictos armados activos.   Entonces asomó con fuerza inevitable la comparación, haciéndome perdonar por un instante a nuestra historia, a los políticos y a la apatía social. ¡Adoré mis palmeras y playas!

Esta fue mi pausa conclusiva antes de rendirme a un sueño tardío: el bienestar de una nación es medido en gran parte por lo que ella tiene; el nuestro, de escasas riquezas, por lo que felizmente carecemos: amenazas de guerra, tensiones nucleares, terrorismo, crimen organizado, bandas o maras, carteles de narcotráfico, levantamientos armados, huelgas y paros, crímenes de odio, violencia racial, secuestros, insurgencia social, mercado de armas e inestabilidad política. No sabemos ni nos importa conocer nada de misiles, ojivas, drones, vehículos no tripulados (UAV, por las siglas en inglés), armas hipersónicas... No nos divierten esos juguetes imperiales. Nuestra pobreza es feliz y nos basta. Cuidémosla...

TEMAS -

Abogado, ensayista, académico, editor.