Irán y la ley de las consecuencias imprevistas
El dilema de Donald Trump ante el conflicto iraní en su segundo mandato
Este columnista no va a lamentar ni por un segundo la muerte del ayatolá Alí Jamenei, quien fuera el líder supremo de la República Islámica de Irán desde el 6 de agosto de 1989 hasta el 28 de febrero de 2026, como ningún amante de la libertad en la República Dominicana lamentaría la muerte del dictador Rafael L. Trujillo. Desde luego, la manera como murió el primero, resultado de ataques militares estadounidenses e israelíes a Irán, plantea serias interrogantes desde la perspectiva del derecho internacional, pero nada puede dar lugar a simpatía alguna por este hombre que encabezó un régimen teocrático absolutista y cruel durante todo ese tiempo.
El régimen político que dirigió el ayatolá Jamenei se sustentó en dos pilares básicos: por un lado, la opresión del pueblo iraní mediante la violación sistemática de la libertad política, el pluralismo, la libertad de expresión, la libertad religiosa, los derechos de las minorías étnicas, la igualdad de géneros, los derechos de la mujer, la libertad sexual y demás atributos de las personas como sujetos de derechos, muchos de los cuales son combativos por la ultraderecha que hoy celebra lo que está ocurriendo en Irán. Por otro lado, su régimen se articulaba en torno a la identificación de un gran enemigo externo, esto es, el liberalismo político occidental, de ahí su consigna de "muerte a Estados Unidos" y "muerte a Israel" en nombre de un integrismo islámico que servía de base para auspiciar grupos terroristas que actúan especialmente contra Israel, pero con una incidencia que trasciende el espacio del Medio Oriente. Recientemente, su régimen asesinó a miles de sus propios ciudadanos que se movilizaron en reclamo de sus libertades.
Lo ideal hubiese sido que el propio pueblo iraní ajusticiara al ayatolá Jamenei, pero las cosas son como son y no como uno desea que sean. En cualquier caso, la cuestión que se plantea ahora es qué significa y qué implicaciones podría tener la acción militar de Estados Unidos e Israel contra Irán. Dese luego, hacer predicciones en un escenario tan incierto y complejo es una tarea sumamente difícil en estos momentos, por lo que cualquier análisis debe tener un sentido de modestia y reconocimiento de que los acontecimientos fluirán de una manera que nadie, ni siquiera los que tienen el control de la acción militar contra Irán, pueden predecir.
Un aspecto clave a considerar es la justificación que los voceros del Gobierno norteamericano han dado sobre los ataques militares estadounidense e israelí contra Irán. En un principio se dijo que Irán representaba una amenaza inminente contra Estados Unidos, pero tras los ataques que tuvieron lugar en junio del año pasado se dijo que estos lograron el objetivo de decimar la capacidad de desarrollo nuclear del régimen iraní, por lo que esta justificación no tenía mucho sentido, a menos que aquellas acciones no hubiesen tenido el efecto que se dijeron haber tenido. Luego se argumentó que la inminencia de la amenaza iraní resultaba más bien de que Israel se disponía a atacar a irán, lo que traería como consecuencia que el régimen iraní atacaría a Estados Unidos. Esta justificación tampoco tiene mucho arraigo, pues coloca a Estados Unidos en una posición difícil, esto es, la de dejarse arrastrar por los acontecimientos que otro país determine en lugar de definir su propia estrategia y curso de acción.
Con el paso de los días ha surgido una nueva justificación, la cual es la necesidad de destruir la capacidad de producción de misiles balísticos de Irán, lo que ciertamente es una verdadera amenaza no tanto para Estados Unidos, pero sí para los países del entorno que son aliados a este último, especialmente Israel. El problema que esta justificación presenta es que ese es un objetivo prácticamente imposible de materializar, pues para lograrlo habría que llegar a un nivel de destrucción en Irán que implicará no sólo una extensa devastación física, sino también la muerte de miles y miles de personas por la manera cómo los iraníes han establecidos en el territorio sus capacidades para producir este tipo de armamentos.
También se ha dicho que los ataques militares servirán para que el pueblo iraní tome las riendas de su destino e impulse un cambio de régimen, pero sin comprometer la presencia de tropas norteamericanas en territorio iraní para acompañar al pueblo en ese proceso, ya que esto representaría una estrategia de "nation-building" que no le ha salido bien a Estados Unidos en otros países de esa región. En realidad, lo que puede suceder es que el régimen se consolide con nuevas figuras y se haga aún más represivo o que se produzca el caos y una guerra civil, escenario que no será del agrado del público norteamericano ni de la propia Casa Blanca.
Ahí entra a operar la inexorable ley de las consecuencias imprevistas. A través del tiempo, quienes tienen el poder piensan que pueden ordenar la realidad según sus deseos o propósitos, pero las cosas salen muy distintas a lo que se planifica o se diseña en abstracto. Sin duda, el poder militar norteamericano e israelí combinado es, por mucho, superior al poder militar iraní, pero esto no será suficiente para imponer su voluntad y moldear el curso de los acontecimientos en Irán. Aun con la gran desventaja militar que tiene el régimen iraní, este puede desplegar acciones que disloquen la cotidianidad de los países vecinos aliados a Estados Unidos, afectar el precio de la energía, interrumpir cadenas de suministro, descarrillar una parte del comercio internacional, desatar acciones destructivas en diferentes partes del mundo, así como causar daño material en el propio campo militar.
Una de las fortalezas políticas del presidente Donald Trump fue convencer a una mayoría del electorado de que un gobierno suyo no gastaría recursos ni se distraería en intervenciones extranjeras y guerras interminables, como sucedió en Irak y Afganistán. Sin embargo, curiosamente, a un año de su segundo gobierno decidió incursionar en Irán, si bien no con tropas en el territorio, sí con un despliegue militar de proporciones mayores. Él pudo muy bien usar su fortaleza militar para obligar al régimen iraní, ya debilitado interna y externamente, a negociar un tratado con Irán, tal vez con mayores exigencias y controles que el que firmó el presidente Barack Obama y que él anuló en su primer mandato, pero por razones que no están del todo claras prefirió enrumbarse por el camino de la guerra.
Ahora el presidente Trump se encuentra en la difícil situación de tener que prolongar su acción militar más allá de lo que probablemente hubiese querido, lidiar con los reveses inescapables en conflictos de esta naturaleza y asumir el costo político que cualquier guerra acarrea internamente. Tendrá, también, que determinar cuándo y en cuáles circunstancias declarar victoria de una manera creíble dados los diferentes objetivos que se han proclamado como justificación de esta guerra.
Flavio Darío Espinal