El gran reto
La ruta hacia la creación del nuevo ciudadano dominicano
Resueltos los problemas críticos ya esbozados en los artículos anteriores, el objetivo debería ser crear un hombre o mujer dominicano sin las taras del pasado ni del presente, educado, con dominio de las herramientas de producción y de los dispositivos cibernéticos, multilingüe, en capacidad de insertarse de tú a tú en el escenario internacional.
Desarrollar su capacidad de pensar y reflexionar, única vía para convertirse en seres activos y conscientes de su pertenencia al siglo XXI.
La contrapartida sería un Estado pequeño, pero fuerte en sus instituciones. Bien organizado, sin clientelismo. Con un gasto público de calidad centrado en la inversión: infraestructura, educación, salud. Un sistema de seguridad social eficiente, de cobertura amplia, sostenible. Un mercado laboral en el que se fortalezca el segmento formal, que se corresponda con las necesidades de la población dominicana. Y un sistema eléctrico eficiente, competitivo, autofinanciado.
La República Dominicana posee una amplia dotación de mano de obra de baja formación, junto con segmentos pequeños de formación mediana y alta. Es lo que está disponible. No pueden hacerse milagros. No podría de la noche a la mañana ofrecer únicamente trabajo de alta tecnificación y elevados salarios, pues gran parte de la población quedaría desempleada.
Las repercusiones del cambio tecnológico que está teniendo lugar plantean la conveniencia de mezclar, por un tiempo, la atracción de empresas de tecnología alta y media con las de baja tecnología, sin descuidar ninguna de ellas.
Lo fundamental es que existan políticas claras y continuas de apoyo y aliento al proceso productivo, en especial a la exportación de bienes y servicios. Y una burocracia que entienda que su papel es facilitar la expansión productiva y del empleo, no bloquearla ni limitarla, poniendo el énfasis en la contratación de mano de obra nacional.
La cuestión es llevar a cabo una revolución profunda, pacífica y de gran calado, que transforme la sociedad y le proporcione altos niveles de conocimientos. O seguir navegando en un navío que apenas genera cambios marginales en la regeneración de la condición humana.
El proceso de transformación demanda de voluntad política clara, firmeza en las convicciones, determinación para ejecutar un proyecto nacional. Y una organización del Estado funcional, unificada como un monolito en la prestación de apoyo y servicios a las exportaciones y, en sentido general, al proceso productivo sustentado por el trabajo manual e intelectual de dominicanos.
Un Estado regulador, transparente, fuerte en sus ejecutorias de políticas y en su régimen de consecuencias, con poderes públicos que sirvan de contrapeso el uno al otro.
Esto podría ser un sueño o terreno de la utopía, pero quién sabe si más pronto que tarde pueda convertirse en realidad. La utopía no ha cuajado, no hay razón para esconderlo, porque la clase dirigente, que incluye a la empresarial pero también a la laboral, y sobre todo a la política, no ha estado a la altura de aunar esfuerzos y utilizar su influencia para concretar, impulsar y ejecutar un proyecto de nación que trascienda.
La economía que se tiene con sus cifras macroeconómicas de lo fiscal y monetario no es ni remotamente suficiente para aproximarse a los países que llevan la delantera. La distancia que nos separa no cesa de aumentar. El país ha crecido, diversificado, pero mantiene problemas singulares no resueltos, con lo cual todo lo que se ha hecho resulta precario a la luz de lo que falta.
La visión de favorecer a todo trance la expansión de las exportaciones tendría que completarse con la de modernizar la agropecuaria y abrir canales que mejoren su rentabilidad, perseguir la seguridad alimentaria, proteger los recursos naturales y el medio ambiente.
Si de encadenamientos se trata, imprescindibles, tendrían que producirse en primer término desde la base agropecuaria y desde la industria extractiva, pero también dentro de los sectores. Es ahí, a través de esos encadenamientos, donde puede generarse el mayor valor agregado nacional y empleo.
Las políticas públicas se aferran a la tradición y a veces persiguen objetivos que reditúan intereses políticos o eluden costos, lo que paraliza decisiones necesarias para el funcionamiento apropiado del aparato económico. Y eso suele ocurrir en países con débil institucionalidad.
Es a todas luces necesaria la emergencia de un nuevo régimen. Lo que vendrá deberá cumplir con el requisito fundamental de contribuir sustancialmente al crecimiento humano y en conocimiento de la población dominicana para que emerja el dominicano nuevo, capaz de caminar con destreza por las calles del mundo, y multiplicar los panes y los peces.
Somos nosotros, y únicamente nosotros, los artífices de nuestro propio destino.

Eduardo García Michel