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Decálogo gratuito para funcionarios

Del activismo político a la verdadera vocación de servicio

En la República Dominicana la función pública es culturalmente sobreestimada. Los nombramientos o destituciones de funcionarios suscitan más morbo que la crónica rosa.  Ese decreto suele ser aclamado o reprochado por mucha gente. El cargo se pretende como coronación a la carrera de vida de alguien, aunque esa persona perciba ingresos que multiplican por cien mil sus salarios en la Administración pública.

La mitificación de la función pública tiene que ver con esa aureola de poder, nombradía y grandeza.  Obvio, se trata de una concepción atada a una cultura de autoritarismo, en la que el funcionario es visto como un potentado, pero también a disfuncionalidades de carácter del activista político, persona que, en la mayoría de los casos, busca en ella su proyecto de realización personal.

Nos queda así ese rezago como asomo de inmadurez institucional. De tal prejuicio nace el recelo por la conducta e imagen del funcionario, con la desventaja de que, para el juicio social, este no goza de la presunción de inocencia.  Hoy no hay personaje que acumule más bulos, memes ni mofas que un funcionario incompetente.

Como gesto de buen ciudadano, dejo en estas líneas algunos consejitos para que los funcionarios empiecen a cultivar una virtud escasa: la prudencia.

1. No descubra su vida privada. La vida personal o familiar de un hombre público es sagrada. No debe exponerse ociosamente. Evite someterla al indiscriminado escrutinio social en una era de severas inquisiciones digitales. Mientras esté en el cargo abandone las redes sociales o publique contenidos extraños a logros patrimoniales o de estatus de vida.  No todo el usuario sabe discernir la frontera que separa la vida pública de la privada.  Usted es responsable de las consecuencias de su exposición, y pierde derecho a reclamar por cualquier intromisión ajena. Una vida discreta es la mejor manera de escoltar una función pública

2. Por favor, no ostente.  En la pasada Navidad, un funcionario del Gobierno, sin sentido aparente, publicó un video en las redes sociales sobre la forma en que él celebraba la ocasión. Mostró el descorche de una botella de vino mientras escuchaba música pop en un canal de TV desde un cómodo sofá. El mensaje desató un encono social inusitado por entenderse como un burdo escarnio en un momento como el de la erupción del caso SENASA. La pregunta sin respuesta se hizo imperativa: ¿Qué necesidad justificó ese contenido? ¿A quién le importaban los gustos o hábitos personales de un funcionario? ¿Acaso eso sumó a su imagen pública o a la del Gobierno? A los pocos días el funcionario fue destituido. La ostentación irrita en un medio poblado de desigualdades y carencias. Cuando quien lo hace es un servidor público, la intolerancia parece gloriosa.

3. No tiene que hablar. A menudo noto, como detalle corrientemente inadvertido, que la mayor parte de los funcionarios declaran en pasillos o en ambientes cubiertos por la prensa. Esa costumbre no discrimina el rigor ni la pertinencia de los temas. Generalmente son reacciones a preguntas improvisadas de la prensa. Las respuestas, casi siempre destempladas, son recogidas como noticia. La intención implícita del funcionario parece justificar su aparición en los medios.  Eso no debe ser así:  los puntos de relieve e interés públicos se tratan en conferencias de prensa convocadas para anunciar posiciones, decisiones, proyectos o logros ya deliberados, y no como pareceres sueltos de pasillo. Pocos comprenden que no siempre hay que decir algo. Quien habla mucho yerra pronto. El funcionario debe comunicar por sus ejecutorias, y estas son el lenguaje más inequívoco y portentoso. Cuando la palabra desdice los hechos, el rechazo se hace inevitable.  En las encuestas sobre la aprobación de los funcionarios es sintomático notar que los que menos hablan tienen una valoración más alta.

4. Administre su imagen.  El funcionario público que se expone en demasía termina cansando su imagen.  Hay un momento en que hay que recogerse.  Sucede que a quien se exhibe mucho lo identifican como marca del Gobierno y se le carga todo su descrédito, pasivo e impopularidad.  La imagen es el mayor activo de un funcionario o un político. Es un intangible que hay que velar. Más que la persona del funcionario, deben destacarse los resultados tangibles de su gestión, pero no porque él lo diga, sino porque los logros lo imponen como evidente. No hay nada más repulsivo que un funcionario ineficiente sobrevendido. Recuerdo a Isabel Allende: "El funcionario público debe comprender desde su primer día en la oficina (...) que no está allí para hacer mérito, sino para alcanzar dignamente su nivel de incompetencia".

5. Usted no es un político, es un servidor. Desde que un político es nombrado en una función pública debe matar al político y dejar nacer al servidor. No responde a su partido, se debe a los administrados. Estar en una posición pública no es honrar a un gobierno ni defender al oficialismo; es tutelar y gestionar los derechos de los usuarios de la Administración, sin discriminar ideologías, timbres partidarios ni intereses políticos. El principio de la neutralidad de la Administración pública significa que los funcionarios u órganos públicos deben actuar con objetividad e imparcialidad, sirviendo a los intereses generales sin favorecer a ningún partido político y separando la gestión técnica de las actividades proselitistas.

6. Usted no es más grande. Sépalo, el único que se percibe más grande que antes es usted y contra esa ilusión debe lidiar. Lo que ha crecido son los compromisos y las responsabilidades públicas en un ejercicio sujeto a consecuencias. Usted es más pequeño porque de administrador pasó a ser servidor. No es una promoción, es una degradación positiva. ¡Entiéndalo!  Su condición de funcionario no lo ata a privilegios, lo obliga al servicio, de manera que usted ahora es menos.

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Abogado, ensayista, académico, editor.