Irán y Estados Unidos: cuando el sistema deja de contener el conflicto
Más allá de los misiles, la batalla por redefinir el poder en Oriente Medio
Los conflictos armados contemporáneos no se deciden exclusivamente en el campo de batalla, sino en cómo los actores definen la victoria. Cuando estos no comparten esa definición, el conflicto deja de tener un punto claro de cierre.
Como señalé recientemente, destruir objetivos militares es fácil; definir la victoria es lo difícil. En la escalada entre Estados Unidos e Irán ocurre precisamente eso: las partes no comparten la definición misma de victoria.
Este no es solo un problema de percepción del riesgo. Es un conflicto que se desarrolla en un sistema que ha perdido su capacidad de imponer límites.
Durante décadas, incluso en escenarios de alta tensión, existieron restricciones estructurales:
· la necesidad de sostener alianzas
· la legitimidad internacional
· el cálculo de consecuencias sistémicas
Ese marco contenía el riesgo. Hoy, ese marco se debilita.
Con ese debilitamiento, el riesgo deja de ser predecible.
Este conflicto no puede entenderse únicamente como un cálculo racional. Como ha mostrado Daniel Shapiro, también se estructura en torno a percepciones, emociones e identidad.
Lo que está en juego es un choque entre dos lógicas estratégicas.
Irán opera desde una lógica de desgaste:
· uso sistemático de la asimetría
· expansión del conflicto
· uso de la interdependencia energética como instrumento de presión
· negociación desde la incertidumbre
Estados Unidos, desde la preservación del orden:
· negación de control sobre chokepoints estratégicos, como el Estrecho de Ormuz
· defensa del orden marítimo global
· preservación de credibilidad estratégica y disposición a imponer costos estructurales
· disposición a escalar si ese principio es desafiado
La diferencia no es de coherencia. Es de marco.
Esto se reflejó desde el inicio de la negociación. Estados Unidos operó como si el conflicto tuviera que resolverse de inmediato. Irán, como una secuencia de confrontaciones donde cada paso redefine el siguiente.
A través de la presión sobre el Estrecho de Ormuz, ataques indirectos y la ampliación del teatro del conflicto, Irán no busca una victoria convencional. Busca alterar el juego.
Distintas señales apuntan a que Irán está definiendo una "factura de salida" con condiciones claras:
· reparaciones económicas de gran escala
· reducción o retiro de la presencia militar estadounidense en la región
· capacidad de influencia sobre el Estrecho de Ormuz
· garantías de no agresión futura
Esto no es una negociación tradicional. Es una redefinición del punto de partida.
El objetivo no es cerrar este conflicto. Es condicionar los siguientes.
Irán actúa como si estuviera en posición de victoria relativa:
· mantiene capacidad de ataque mediante misiles y drones
· ha demostrado impacto sobre infraestructuras energéticas
· sostiene exportaciones de petróleo bajo presión
Aquí opera la tercera dimensión de la negociación: no sobre el acuerdo, sino sobre la configuración del juego mismo.
Es decir: definir quién tiene poder y cuál es el costo de salida. La escalada, en este contexto, no es un accidente, sino un instrumento que evoluciona con el conflicto. Deja de ser únicamente presión militar y pasa a convertirse en coerción directa sobre infraestructura crítica.
El uso del Estrecho de Ormuz y las amenazas sobre activos energéticos indican un desplazamiento claro: el sistema económico pasa a ser el campo de batalla.
Esto ya no es solo presión entre adversarios. Es presión sobre el sistema.
En ese punto, el conflicto deja de ser un enfrentamiento entre Estados y pasa a ser una disputa sobre el funcionamiento del orden global.
A esta dinámica se suma un factor adicional: la multiplicación de actores con lógicas propias.
Israel, por ejemplo, no opera desde una lógica de contención gradual, sino desde una doctrina de prevención orientada a amenazas existenciales.
El conflicto debe leerse como un sistema de decisiones cruzadas.
La asimetría no es solo de poder. Es de percepción del costo, del sacrificio y de la legitimidad. Cada parte opera con una lógica distinta de resistencia y sostenibilidad.
Estados Unidos evalúa el conflicto en términos estratégicos y materiales:
· costos
· estabilidad regional
· impacto político interno
· sostenibilidad
Irán opera desde una lógica de resistencia y legitimidad simbólica:
· narrativa de resistencia
· legitimidad a través del sacrificio
· una cosmovisión donde el martirio puede ser redención
No es irracionalidad. Es coherencia dentro de otro marco. Este no es solo un conflicto de intereses. Es una confrontación entre cosmovisiones.
El problema no es la ausencia de lógica. Es la ausencia de una lógica compartida.
Cuando no existe una lógica compartida, tampoco existe un punto de equilibrio estable. El problema no es la guerra en sí. Es la imposibilidad de un orden compartido.
En ese punto, el poder deja de ser solo capacidad de destrucción. Se convierte en disposición —real o percibida— a acercarse más al límite.
La negociación ya es visible, pero no ocurre en una mesa estructurada ni implica reconocimiento mutuo del proceso.
· los ataques son mensajes
· las limitaciones son señales
· las omisiones, líneas rojas implícitas
Incluso cuando la negociación se vuelve explícita, no resuelve el conflicto: ocurre dentro de un juego donde ningún acuerdo es plenamente creíble.
Cuando estas percepciones divergen, el margen de error se expande y con él el riesgo sistémico. Este es un problema estructural. La clave es la definición de la victoria.
En un primer momento, los objetivos parecían acotados: impedir capacidad nuclear, degradar el programa de misiles. Conforme el conflicto evoluciona, esos objetivos varían, se expanden o se vuelven inciertos.
En política de poder, los objetivos no se descubren. Se definen. Y se expanden.
El problema no es la contradicción. Es el desplazamiento de los objetivos: de impedir lo que Irán puede hacer... a influir sobre lo que Irán puede ser.
Ese desplazamiento es decisivo:
de contención
a redefinición del actor
Contener restringe lo que un Estado puede hacer. Redefinir incide sobre lo que puede llegar a ser.
Durante décadas, el sistema impuso límites. Hoy, ese marco se debilita.
Cuando eso ocurre, las decisiones quedan expuestas al error de cálculo. Sin confianza en la sostenibilidad de un acuerdo, no hay solución estable. El problema ya no es qué quiere cada actor. Es cuánto puede empujar sin límites efectivos.
En ese mismo periodo, Estados Unidos fue actor dominante y organizador del orden.
Hoy:
sigue siendo dominante,
pero se desprende parcialmente de esa función.
Esa diferencia lo cambia todo.
Cuando el poder deja de organizar el orden, desaparece la contención sistémica.
En ese contexto, el mayor riesgo no es la escalada deliberada.
Es la escalada que ninguno controla, en un sistema que ya no define sus propios límites y ha perdido su capacidad de contención.

Nelson Espinal Báez