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Rubicón

El destino de los romanos y su propia grandeza

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Rubicón
Rubicón de Tom Holland. (FUENTE EXTERNA)

Alrededor del año 140, antes de Cristo, la Sibila hizo un augurio: "Un imperio se alzará en el mar occidental y llevará la ruina y el terror a los reyes, y saqueará oro y plata de ciudad en ciudad...".  

En su libro titulado Rubicón, Tom Holland refiere que en el nuevo orden que la República estaba llevando al mundo, Posidonio, el erudito, logró ver de alguna manera el orden del universo. Pronto desaparecerían las diferencias ocasionadas por la cultura y la geografía. Se acercaba el fin de la historia. La llegada de Roma había hecho al mundo más pequeño.

Olvidaba que la ambición humana y la turbación del poder carecen de límites. En la medida en que Roma se convertía en potencia dominante, aumentaba el recelo y la tentación de disminuir a eventuales adversarios, por el simple hecho de adelantarse a cualquier intento hostil.

De ahí que Holland concluya que "todo esto no conllevaría el advenimiento de la paz universal. Ni mucho menos. En su lugar, el destino de los romanos sería ahogarse en su propia grandeza".

El historiador señala: "Los romanos casi nunca iban a la guerra, ni siquiera contra el más pequeño de sus enemigos, sin antes convencerse a sí mismos por algún medio de que sus ataques preventivos eran en realidad de naturaleza defensiva... Nunca más iban a permitir que existiera una potencia capaz de amenazar su propia supervivencia".  

Por eso decidieron borrar a sangre y fuego no solo la existencia sino el recuerdo de Cartago. El castigo fue tan terrible que aquella civilización desapareció, prácticamente sin dejar huellas.

Cualquier parecido con lo que ocurre en nuestros días, bien podría ser atribuido a la naturaleza humana. ¿O no?

En aquella época se decía que "en Persia había una montaña hecha de oro; que, en La India, el país entero estaba cercado por una montaña hecha de marfil; y que, en China, la tierra de los Seres, criaturas que apenas medían dos veces más que un escarabajo, tejían la seda. Se especulaba que el procónsul que se convirtiera en señor de oriente obtendría riquezas incomparables".

Esa ilusión movió a uno de los hombres más poderoso y rico de Roma, el triunviro Marco Licinio Craso, mediante el acuerdo de Lucaa, a hacerse cargo de las provincias de oriente, mientras Pompeyo y César se distribuían el control de las demás provincias.

Una de las derrotas más costosas de las legiones romanas en la que fueron destruidas siete de ellas, ocurrió en la batalla de Carras contra los partos que tuvo lugar en el noreste de Irán. Allí Craso y su hijo Publio encontraron la muerte y la cabeza del primero fue paseada ante el ejército oriental con júbilo bárbaro.

Salustio escribió sobre la fortuna, sin la cual es imposible aspirar a la grandeza: "Es la señora de todo cuanto contempla, una criatura caprichosa que escoge difundir la fama de un hombre mientras deja la de otro en la oscuridad, sin ningún respeto por la importancia de los logros de cada uno de ellos".

Y es que contar solo con la posibilidad de tenerla a favor no elimina el riesgo de que se revierta en contra.

Holland afirma que el deber patriótico de cada ciudadano romano era el de contribuir a la potencia demográfica de la ciudad. Y que, por eso, en el censo cada cabeza de familia debía responder si se había casado con el propósito de tener hijos.

En cambio, hoy, en los países hegemónicos, se sacrifica la fecundidad en pro del disfrute individual de la existencia. De esa manera se hace cupo a la entrada de población foránea.

El historiador alude a un detalle de gran significación: "El mercado único que había instaurado la supremacía romana permitía que los cautivos pudieran ser movidos por todo el mediterráneo con tanta facilidad como cualquier otro tipo de mercancía. Cientos de miles, incluso millones, habían sido arrancados de sus patrias y llevados al centro del imperio trabajando para sus nuevos amos".

Lo anterior no obedecía a una casualidad: "Esta explotación era lo que sostenía lo que la República tenía de noble: su cultura de ciudadanía, su pasión por la libertad, su miedo a la deshonra y a la vergüenza".

En nuestro tiempo, con sus diferencias de calado, la función amortiguadora que permitía al pueblo dominante el ejercicio de la cultura de la ciudadanía es puesta a cargo, en buena parte, del flujo inmigratorio.

Entre la afirmación de Salustio de que "solo unos pocos prefieren la libertad. La mayoría no busca más que buenos amos". Y la de Julio César de que "la naturaleza humana está imbuida universalmente del deseo de libertad y del odio a la servidumbre", parece mediar un abismo si no fuera porque una se refiere a la clase sometida, la otra a la dominante. Contradicciones aun no resueltas por el género humano.

TEMAS -

Eduardo García Michel, mocano. Economista. Laboró en el BNV, Banco Central, Relaciones Exteriores. Fue miembro titular de la Junta Monetaria y profesor de la UASD. Socio fundador de Ecocaribe y Fundación Siglo 21. Autor de varios libros. Articulista.