Detrás de las torres
El espejismo de las alturas en la planificación urbana
El Génesis, en el capítulo 11, nos trae la crónica de Babel, aquella mítica torre que iba a ser levantada en la llanura de Sinar, Mesopotamia, por los descendientes de Noé. El relato veterotestamentario describe cómo los hombres de la generación posdiluviana concertaron un plan para construir una torre "cuya cúspide llegara al cielo" (verso 4).
Cuenta la narración que, escrutando Dios sus arrogantes intenciones, les confundió su lengua "para que ninguno entendiera el habla de su compañero" y así frustrar la consumación de su designio.
Ese evento marcó, según el texto, el origen de los distintos idiomas. Metáfora o no, la tesis, sin aval científico, es aceptada en parte por una corriente lingüística que propone, al igual que el relato bíblico, la monogénesis, es decir, la hipótesis de que las lenguas existentes derivaron de una protolengua original.
A pesar de lo enigmática de la confusión lingüística, no me provoca avanzar en esas reflexiones; sigo, sin embargo, con la torre, que ha persistido como simbología de la grandeza humana.
La torre de Babel es la representación arquetípica de la soberbia, metáfora que conserva aún su primigenio sentido de poder. Y es que explorar o conquistar las alturas siempre ha sido un delirio de las civilizaciones: en la antigüedad, con la astrología, y modernamente con los proyectos espaciales.
Desde finales del siglo pasado, y lo que va del presente, importantes ciudades del mundo iniciaron una callada batalla de grandeza a través de un ícono que rozara el cielo. Malasia desató la competencia cuando en el 1998 construyó en su capital, Kuala Lumpur, Las Petronas, torres con 452 metros de altura.
A partir de ese hito se inicia una escalada sin pausas hasta nuestros días: Taipei 101, Taiwán (2004): 508 metros; Citi Tower, Pekín, China (2018): 528 metros; CTF Finance Centre (2016), Guangzhou, China (2016): 530 metros; One World Trade Center, New York (2014): 541 metros; Lotte World Center, Seúl, Corea del Sur (2017): 555 metros; Ping An Finance Center, Shenzhen, China (2017): 599 metros; Makkah Royal Clock Tower, La Meca, Arabia Saudita (2012): 601 metros; Torre Shangai, China (2015): 632 metros; Mederka 108, Kuala Lumpur, Malasia (2023): 679 metros; Burj Kalifa, Dubái, E. A. U. (2010): 828 metros. Pero eso no termina: Arabia Saudita construye actualmente en Riad, su capital, el rascacielos más alto del planeta. Se trata de la Jedda Tower con ¡un kilómetro de altura!
Cada nación ha tenido su propio orgullo para erigir su Babel: China, el país con más rascacielos del mundo (30 mil por encima de 150 metros) lo hizo, en principio, para replicar en sus ciudades el skyline de Hong Kong (la New York asiática), aquel protectorado británico que recibió en 1997; luego, para acreditar la imagen de su capitalismo tardío como segunda economía mundial. Taiwán, para mostrarle a China los símbolos de su poder económico. Los países del golfo Pérsico y Arabia para vender los logros de sus exitosas economías basadas en el petróleo y atraer la inversión turística, inmobiliaria y financiera.
América Latina entra a la disputa tardíamente. Ciudad de Panamá, Santiago de Chile, Ciudad de México y Monterrey rivalizan por el cielo. En el 2027, Monterrey inaugurará la torre más alta de la región con cien pisos y 475 metros: Torre Rise.
Hoy, urbes del tercer mundo muestran su skyline como marca de progreso, un proceso urbanístico que vivieron ciudades como New York o Chicago a finales del siglo XIX.
Santo Domingo vive el frenesí de ese ensueño y no pocos medios empiezan a catalogarla como "la Dubái del Caribe", una exagerada concesión que mira con recelo la cuidad de Panamá. El problema de este espejismo es asumir el crecimiento urbano como desarrollo, idea que distorsiona la comprensión social de la realidad. Pensar de esa manera es un verdadero atraso y conduce a una conformidad equivocada.
Estoy suscrito a una cuenta de las redes que publica imágenes captadas por drones desde distintos ángulos aéreos de la ciudad de Santo Domingo. El título es siempre sugerente: "¿Es esto Miami?". Los comentarios son espantosos: hablan de potencia económica, país de primer mundo, nación en pleno desarrollo y otras hipérboles no menos chauvinistas.
En el fondo prevalece la concepción de que el desarrollo es una construcción material. Es la misma idea que valora a los gobiernos por las obras "que se ven". De hecho, las campañas electorales basan sus mejores razones en la comparación de infraestructuras y obras de los distintos gobiernos. No se reconocen las inversiones institucionales ni de futuro. Esa torsión mental es la que comparten los propios gobernantes cuando anuncian con petardos los crecimientos del PIB y omiten los índices de desarrollo humano, verdadero parámetro para medir el impacto del progreso social.
Vivir la fantasiosa impresión de desarrollo a partir del crecimiento vertical urbano es tétrico. Siempre he escrito que el progreso no es desarrollo. Algunos me dicen que soy monotemático con el asunto. No me acompleja redundar y seguiré contando: el progreso es riqueza material, el desarrollo es bienestar humano; el progreso es condición surgida, el desarrollo es estado planificado; el progreso es selectivo, el desarrollo es inclusivo; el progreso es episódico, el desarrollo es sistémico; el progreso es coyuntural, el desarrollo es estructural; el progreso revela las desigualdades sociales, el desarrollo las equilibra. El mejor progreso es el que resulta del desarrollo, el peor desarrollo es el que se queda en el progreso.
Progreso es tener avenidas pavimentadas, desarrollo es un tránsito educado. Progreso es tener buenos recintos escolares, desarrollo es una población educada; progreso son hospitales equipados, desarrollo es acceso universal a los servicios de salud; progreso es tener gobierno electrónico, desarrollo es contar con una gestión pública trasparente y eficiente; progreso son torres altas y modernas, desarrollo es acceso al crédito para adquirir sus unidades.
Con el debido respeto: si pudiera caber alguna comparación justa de Santo Domingo y su skyline no es con Miami, es con Abuya o Lagos, Nigeria, ciudades modernas y altas montadas sobre sobre el mismo caos cultural de vida, ambas como reflejos de un progreso sin desarrollo.

José Luis Taveras