Elecciones en Hungría: revés para la democracia iliberal
Péter Magyar conquista Hungría y pone fin a 16 años de autocracia
Las recientes elecciones parlamentarias en Hungría generaron una atención internacional mucho mayor de lo que podría esperarse dado que se trata de un país pequeño situado en la parte central de Europa, con algo menos de diez millones de habitantes y sin mayor peso en el escenario internacional. Sin embargo, el interés en ese proceso electoral, tanto dentro como fuera de Hungría, fue extraordinario. De hecho, los reportes de prensa desde diferentes partes de ese país destacaron que el ambiente que se vivió tras conocerse los resultados electorales fue de una intensidad emotiva similar a lo que ocurrió en 1989 tras la caída del Muro de Berlín.
Esta vez, al igual que ocurrió hace setenta años cuando las tropas soviéticas intervinieron en Hungría para sofocar una revuelta estudiantil y social a favor de la democracia y la libertad, la consigna de la población que se lanzó a las calles a celebrar el triunfo de la oposición contra el primer ministro Viktor Orbán fue "fuera Rusia", expresión de repudio al alineamiento de Orbán con el presidente ruso Vladimir Putin y las interferencias de Rusia en la vida política húngara. Los reportes de prensa también dan cuentas de que el ánimo público era como de un "día de liberación" no sólo por la ruptura con Rusia que el cambio de gobierno está llamado a producir, sino también por el carácter cada vez más autocrático y opresivo de gobernar de Orbán
Con su discurso antieuropeísta, prorruso, negador de derechos y libertades, Orbán, quien se vanagloriaba de encabezar una "democracia iliberal", se había convertido en un ídolo de la ultraderecha en ambos lados del Atlántico y en otros lugares más. Muestra de ello es que Donald Trump, J. D. Vance, Benjamín Netayanhu, Javier Milei, Putin, entre otros, expresaron abiertamente su apoyo a Orbán en una abierta y sorprendente interferencia en los asuntos internos de Hungría. A pesar de ese apoyo, o tal vez debido a este, su derrota fue mucho mayor de lo que se esperaba con una masiva participación del electorado que alcanzó casi el 80 %.
El candidato opositor de centroderecha Péter Magyar del partido Tisza, quien hace apenas dos años que rompió con Orbán, lideró las fuerzas opositoras para alcanzar 138 escaños en el Parlamento contra 55 que obtuvo el partido Fidesz de Orbán. Estos resultados le garantizan a Tisza una mayoría de dos tercios, lo que le permitirá revertir muchas de las leyes, políticas y medidas que adoptó Orbán en su ejercicio del poder. Hay que darle crédito a Orbán, sin embargo, por haber aceptado con buen talante el triunfo opositor y no siguió el ejemplo de algunos de sus aliados extranjeros que se han resistido a acatar la voluntad popular.
Durante dieciséis años en el gobierno, Orbán modificó la Constitución, concentró un enorme poder, debilitó los mecanismos de frenos y contrapesos, restringió las libertades, hostigó a las organizaciones de la sociedad civil y promovió un discurso abiertamente antiliberal para poder ejercer el poder a sus anchas sin las limitaciones y los controles propios de una democracia liberal. En pocas palabras: Orbán fue un autócrata, aunque no llegó al límite de ser dictador, que, en nombre del voto popular que había recibido, decía tener un mandato amplio para actuar según su sola voluntad.
Muchos piensan que la democracia y el liberalismo siempre han ido de la mano, lo cual no es el caso ni intelectual ni históricamente. La democracia liberal, la cual puede también llamarse democracia constitucional, ha sido el resultado de la articulación de dos tradiciones teóricas y políticas, lo que Isaiah Berlín denominó los dos conceptos de la libertad: por un lado, la "libertad positiva", que consiste en la participación del pueblo en la elección de sus gobernantes, y, por el otro, la "libertad negativa", que se refiere a los límites del poder y a las libertades de las personas. La historia muestra que no hay una relación necesaria e inevitable entre la tradición democrática y la tradición liberal, sino que esta relación es el producto de una construcción discursiva y política que se manifiesta históricamente de diferentes maneras.
Orbán ha sido un campeón de la democracia iliberal, como él orgullosamente proclamaba. Doscientos años atrás, Alexis de Tocqueville advirtió sobre ese riesgo, lo que él llamó "despotismo suave", esto es, gobernantes que reciben el voto popular, pero que reducen drásticamente los mecanismos de contención del poder, debilitan o anulan los poderes intermedios y restringen los derechos de las personas. Orbán se convirtió en un referente para muchos gobernantes y líderes políticos, quienes, como él, abogan por un Poder Ejecutivo excesivamente poderoso, reniegan del papel de contrapeso del Poder Legislativo y del Poder Judicial y coartan los derechos y las libertades.
Parecía que Orbán era eterno; que su proyecto político de desvincular la dimensión liberal de la dimensión democrática sería un modelo suficientemente atractivo para los electores que lo perpetuaría en el poder como alternativa a la democracia liberal. Devino, así, ejemplo a seguir por los líderes de la ultraderecha de diferentes partes del mundo que desean concentrar el poder y deshacerse de los mecanismos de pesos y contrapeso propio del constitucionalismo liberal democrático. Vale decir que también ciertos proyectos de izquierda han tenido una versión propia, con sus matices ideológicos diferenciados de la ultraderecha, de una democracia sin el componente liberal.
No obstante, el pueblo húngaro, habiendo pasado un buen número de años experimentando en la vida cotidiana la implementación de ese modelo antiliberal, xenófobo, antieuropeo y prorruso de Orbán, decidió poner fin a su reinado. Según las noticias que llegan de Hungría, el triunfo de la oposición se ha vivido como un verdadero cambio de régimen. Por supuesto, no hay garantías de que la nueva mayoría parlamentaria restablezca plenamente las bases de la democracia liberal, pero es lo que se espera de ella. También está la gran expectativa y esperanza que Hungría vuelva a ser un país compenetrado con la Unión Europea y que se sume con entusiasmo a los gobiernos de Europa que defienden la soberanía de Ucrania y se oponen al imperialismo ruso.
Hungría es, ciertamente, un país pequeño y con poco peso en el gran esquema de las relaciones de poder en el escenario internacional. No obstante, el significado de estas elecciones, en la que se derrotó contundentemente un modelo político con pretensiones hegemónicas, le otorga a este país, en esta coyuntura, un papel sobresaliente en las luchas por recuperar la democracia liberal, defender el orden legal internacional y restaurar un ambiente político más tolerante a la diversidad y las diferencias. Si Péter Magyar y su partido Tisza estarán a la altura de lo que las circunstancias reclaman de ellos es algo que no se puede asegurar, pero, al menos, con este triunfo han dado un paso de gigante en la dirección correcta.

Flavio Darío Espinal