Violencia política en Estados Unidos
La paradoja de una democracia estable con un historial de violencia sistémica
Nueva vez, la violencia política asoma su rostro en Estados Unidos. Un individuo emprendió la tarea de asesinar al presidente Donald Trump mientras este se encontraba, junto al vicepresidente J. D. Vance y miembros de su gabinete, en la cena de gala anual de los corresponsales de la Casa Blanca (White House Correspondents´Dinner) en el hotel Washington Hilton donde también tuvo lugar el atentado contra el presidente Ronald Reagan en 1981. En la campaña electoral el entonces candidato Trump también sufrió un atentado contra su vida sobre el cual no muchos detalles han salido a la luz pública.
Estos son los últimos actos de violencia política en una larga historia de asesinatos y atentados contra presidentes y figuras políticas prominentes. En Estados Unidos cuatro presidentes han sido asesinados: Abraham Lincoln (1865), James A. Garfield (1881), William McKinley (1901) y John F. Kennedy (1963). Se han producido, también, atentados fallidos contra seis presidentes: Andrew Jacson (1835), Theodore Roosevelt (1912), Franklin D. Roosvelt (1933), Harry S. Truman (1950), Gerald Ford (1975), Ronald Reagan (1981) y el presidente Trump (2026). Otras figuras prominentes en la vida política, como Malcom X, Martin Luther King, Robert F. Kennedy Jr. y recientemente Charlie Kirk han sido igualmente asesinadas.
Probablemente no haya otro país con un récord de este tipo similar al de Estados Unidos. Al menos en lugares como Canadá, Europa, Escandinavia y otros países desarrollados esto resulta inimaginable, al menos en el presente. En algunos países europeos, como Gran Bretaña, España, Italia y Alemania, entre otros, hubo, durante un buen tiempo, grupos que propiciaban la violencia política y el terrorismo, pero en pocos casos las víctimas fueron jefes de Estado o de Gobierno.
Paradójicamente, Estados Unidos cuenta con la democracia más estable y duradera, no exenta de crisis, desafíos y encrucijadas políticas complejas, pero siempre manteniendo el orden constitucional. No obstante, la democracia estadounidense no ha podido erradicar esa recurrencia a la violencia política, la cual se espera que desaparezca cuando las sociedades logran establecer y consolidar mecanismos de competencia electoral, elección de autoridades, transferencia ordenada del mando, resolución pacífica de controversias y una cultura de respeto a la ley.
Curiosamente, la violencia política que se manifiesta contra presidentes o figuras prominentes en Estados Unidos la llevan a cabo individuos aislados, a veces con motivos indescifrables, a diferencia de otros lugares en los que organizaciones terroristas o de otro tipo son las que propician la violencia política. Ciertamente, en Estados Unidos han existido y existen grupos extremistas que operan en la sombra promoviendo la violencia – de ahí salen los llamados terroristas domésticos al estilo de Timothy McVeigh o el Unabomber, para sólo citar dos ejemplos-, pero el hecho cierto es que prácticamente todos los atentados contra presidentes estadounidenses han sido perpetrados por individuos que actúan de manera aislada sin formar parte de alguna estructura político-militar.
¿Qué puede explicar este fenómeno tan propio de la vida política estadounidense? La verdad es que nadie ha podido desarrollar una hipótesis verosímil que arrome luz de manera comprensiva sobre este tipo de comportamiento político tan particular de Estados Unidos. Algunas ideas pueden avanzarse, pero sin pretensión alguna de ser la explicación certera de esta forma particular de violencia política.
Un factor es la polarización política e ideológica extrema recurrente en la historia estadounidense que se concretiza en el odio y la negación del otro. Esto viene de lejos. El asesinato de Lincoln fue la manifestación de una voluntad de eliminar a alguien que representó -y sigue representando- lo mejor de Estados Unidos, pero que para una parte de la sociedad estadounidense -los esclavistas del sur en el sistema de plantaciones y supremacistas blancos- este representaba la negación de su modo de vida que existía, según ellos, por designio divino. Lincoln fue, así, el hombre más amado y, a la vez, más odiado de su tiempo, cuyo destino trágico estaba marcado desde que asumió la presidencia. De igual modo, en cada coyuntura similar a través de los años encontramos cómo la política toma un curso radical, de odio y rechazo, que conduce a la violencia.
Otro factor es la peculiar condición que se da en Estados Unidos, aunque no sólo en ese país, de individuos que se aíslan de la vida comunitaria, pierden el sentido de pertenencia y reconocimiento social, se radicalizan en sus posiciones y se obstinan con alguna causa que los lleva a recurrir a la violencia para ajustar cuentas que sólo existen en sus mentes. El resentimiento personal y social es un elemento clave de este tipo de comportamiento, lo cual lleva al individuo a pensar que su causa es la causa justa y verdadera, muchas veces cargada de un sentido religioso extremo y fundamentalista.
También está el factor del acceso a las armas. En las últimas décadas este fenómeno se ha agudizado mucho más con la fácil disponibilidad de armas sofisticadas, lo que se expresa principalmente en los actos de violencia masivos en escuelas, centros comerciales o lugares de agregación de personas que son tan recurrentes en Estados Unidos. Este es un tipo de violencia distinto a la que conduce a asesinar presidentes, pero es parte de un ambiente social en el que parece no haber manera de contener esos excesos o siquiera de crear las condiciones legales para que el Estado pueda establecer un control más efectivo de la adquisición y el uso de las armas.
Lamentablemente la sociedad estadounidense no da señales de que quiera superar esos males que la afectan. Los eventos de violencia, como el que ocurrió contra el presidente Trump o os que suceden tan frecuentemente en escuelas y otros espacios sociales, alimentan el extremismo, el resentimiento, la recriminación mutua y el odio. Hay poco margen, si alguno, para hablar de paz y conciliación, respeto y tolerancia, aceptación del otro y recuperación de los valores cívicos. De esa manera, es sólo cuestión de tiempo para que la violencia política vuelva a asomar su cabeza y cause los daños que ella acarrea.

Flavio Darío Espinal