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Coherencia

El abismo entre el decir y el hacer en la sociedad paradójica

La coherencia es la correspondencia armónica entre lo que una persona piensa, dice y hace.  En ella pensamientos y actos se alinean.

Esa congruencia no responde a una circunstancia accidental; obedece a una sujeción consciente a principios, valores y convicciones. Tal condición hace predecible a la persona coherente. Es de la que, si se conoce su historia de vida, puede fácilmente suponerse su posición frente a una idea o situación, al margen de los contextos. Así, para el escritor colombiano Nicolás Gómez Dávila "la verdadera coherencia de nuestras ideas no proviene del razonamiento que las une, sino del impulso espiritual que las origina". 

Ser coherente, en suma, es ser uno mismo. De esa manera, integridad y coherencia se entienden. El psicólogo canadiense Nathaniel Branden afirma que la integridad es la coherencia entre lo que se sabe, lo que se profesa y lo que se hace. Se vive lo que se cree y se actúa como se piensa.

La coherencia no tiene que ver con la verdad. Alguien puede ser coherente en el error; vivir congruentemente equivocado. Se puede actuar en armonía con una creencia falsa o errada. La coherencia reside en actuar con lealtad a ella. De modo que coherencia y acierto no son sinónimos.

La coherencia tampoco tiene una relación ética. No siempre acredita un comportamiento moral. Si una persona sostiene principios inmorales y actúa en consecuencia, es coherente, pero no ético. Recuerdo aquella vieja anécdota que corría como errante leyenda en Santiago de los 70, y que contaba de un notable caballero que pretendía entrar a una fiesta de sociedad en el exclusivo Centro de Recreo, acompañado, para la ocasión, de dos mujeres reconocidas como prostitutas. Se le impidió el acceso porque, al decir de la directiva del club, ese lugar no era apto para damas de "dudosa reputación". El noble hidalgo ripostó el argumento con esta aserción: "Estas damas son de ´clara reputación´, no la esconden; de la que dudo es de las que están ahí adentro". Las damas impedidas eran al menos coherentes con su oficio.

La coherencia es fiable. Produce confianza. No genera el estrés de lo inesperado. Permite intuir actitudes y prever reacciones. Les da firmeza a los compromisos y seguridad a las relaciones.

Hoy no es exagerado hablar de una "incoherencia sistémica": esa tendencia social revelada en la brecha, a menudo abismal, entre lo que una colectividad dice valorar y aquello que realmente pone en práctica. Discurso y acción andan en desbandada. En ese punto somos una "sociedad paradójica", que reclama transparencia en la opacidad fiscal y ética; que exige acciones desde la inercia, sacrificios desde el confort, y derechos sin cumplir deberes.

Así, construimos un estado de fragmentación social que genera contradicciones y ralentiza la confianza colectiva. José Luis Rodríguez Jiménez, historiador español, opina que "en la frivolizada y relativista sociedad de nuestro tiempo hay valores como (...) la coherencia que están devaluados y en desuso, de ahí que las zonas de inseguridad social e impunidad sean más grandes cada día".

El liderazgo político es, por norma, incoherente. Sus posiciones no siempre las determinan su apego a valores, sino a circunstancias, y estas, por definición, son mutantes. No actúa necesariamente por compromisos interiores, sino por agrados externos. Se mueve en todos los ambientes, adopta el color de las conveniencias, pacta con Dios y firma con el diablo, defiende lo que censuró ayer, no tiene enemigos permanentes y cambia de criterio según los réditos.

El discurso político sin una historia consistente de adeudos ya no persuade, aunque no es negable que nuestra sociedad es todavía propensa a la mitificación, con tal de abrirse a alguna expectación de cambios. Y es que a las masas no siempre les apetece oír lo que no quiere; procuran, en cambio, los encantamientos o las distracciones.  

Aunque escasa en la política, la coherencia es la consistencia entre valores, promesas y acciones. El liderazgo coherente mantiene principios, asume errores y no busca simpatías; despierta admiración, pero no votos. En las antípodas de ese modelo emerge el líder populista, que se sustenta en una conexión puramente emocional (no institucional) con "el pueblo" frente al que se acredita con base en una superioridad moral de carácter mítico. Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser (Populismo: una breve introducción, 2019) se refieren al populismo como una "ideología de núcleo delgado" que divide la sociedad en dos grupos antagónicos: "el pueblo puro" y "la élite corrupta". Jan-Werner Müller (¿Qué es el populismo?, 2017) por su parte entiende que los líderes populistas afirman ser los únicos representantes legítimos del "verdadero pueblo" y quien no acepta esa representación no pertenece al pueblo.

Pero el populismo (de derecha o izquierda) no tiene reservas para encantar, como lo ha conseguido en los últimos cuarenta años. En el ejercicio del poder ha revelado lo que siempre ha sido: tirana emocional. Hoy es un modelo decadente y desacreditado. Hay una vuelta hacia liderazgos más realistas y menos efectistas.

Pese a todo, la progresiva corrosión de la demagogia populista, la insustancialidad del debate político, las incorreciones de una democracia disfuncional y la carencia de referentes sustantivos nos darán cuenta de una crisis de pensamiento cada vez más crónica, la cual, al menos, nos hará despertar a otras visiones y expectativas, entre ellas a la necesidad de un liderazgo social y político coherente, ese que, armonizando los valores personales con las acciones públicas, podrá inspirar cambios objetivos de actitudes y confianza colectivas. ¡Dios nos escuche!

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Abogado, ensayista, académico, editor.