El control de cambio en diferentes épocas
Integridad y servicio público en tiempos de escasez
Existe la creencia de que los desequilibrios macroeconómicos son propios de gobiernos democráticos y no tanto de tiranías férreas, por aquello de que en la mentalidad popular dictadura y orden son casi equivalentes. Sin embargo, en unos y en otros se producen descuadres, se cometen excesos.
Por ejemplo, en 1955 el gasto público se desbocó por la construcción de la fastuosa Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre y el crédito interno se resintió, obligado a servir de base a operaciones de adquisición de activos del tirano Trujillo, que en la medida en que afianzaba su poder tendió a poner el bien público al servicio de sus intereses privados.
El derrotero declinante que tomó la economía dio lugar a que en 1959 se concertara un acuerdo stand by con el FMI, el primero de los muchos que vendrían años después, ya en democracia, en demostración de que la indisciplina financiera no está reñida con los sistemas políticos, no importa su naturaleza.
De particular interés es el hecho de que en 1959 se creara la Junta Coordinadora de Exportaciones e Importaciones, adscrita al Banco Central, encargada de regular, otorgar cuotas a los importadores, establecer controles a las importaciones, otorgar permisos para importar determinadas mercancías. Y asegurar la captación de las divisas generadas por las exportaciones.
Más de 20 años después, en el gobierno de Antonio Guzmán Fernández, siendo Carlos Despradel gobernador del Banco Central, un joven economista que en ese momento se desempeñaba como Ayudante de la Gobernación, recibió la noticia de que se le había designado director del departamento más grande del Banco Central, el de Cambio Extranjero, envuelto en el control estricto de las transacciones en moneda extranjera, mediante la imposición de cuotas, permisos de importación y acaparamiento de las divisas. Es decir, tejiendo el mismo paño que manejó aquella Junta que lo precedió.
Era un momento de fuerte crisis que sacudió los cimientos de la economía, con precios del petróleo por las nubes y abastecimiento no asegurado.
El país no solo había perdido el acceso al crédito bancario internacional. Además, se le había cerrado la financiación al comercio exterior (cobranzas y cartas de crédito), dados los atrasos en los pagos que se fueron acumulando. El problema venía arrastrándose desde muchos meses antes, pero la burbuja estalló en aquel momento.
Al recibir la noticia de su nombramiento la reacción de aquel joven economista fue ambivalente. Razonó que si bien se le ofrecía un ascenso en la escala jerárquica, al mismo tiempo se le destinaba a bregar con asuntos burocráticos y a mantener un férreo control cambiario, impropio de su perfil y de su visión de la macroeconomía.
Al agradecer al gobernador la designación de que fue objeto se atrevió a preguntarle si había cometido algún error en su desempeño que ameritara esa especie de castigo, según lo veían algunos, pues pasaba del análisis de asuntos de alta política económica al manejo rutinario de documentos de pagos. El alto funcionario le respondió que gozaba de su confianza y requería su apoyo en esa encomienda.
Despejada la incógnita asumió el reto y en el tiempo que estuvo allí el departamento logró frenar el desequilibrio, aunque no corregir la situación pues se requerían remedios más profundos. El organismo se convirtió en fragua de la rutina bien encaminada, se introdujeron innovaciones y se logró que el material estadístico procesado sirviese de base cierta para las proyecciones económicas.
Aquello fue posible gracias a los aportes del grupo de profesionales entusiastas que lo acompañaban y al trabajo tesonero del resto del personal. De ahí que fuera un éxito mezclar el manejo teórico con la experiencia práctica.
Tiempo después otro acuerdo con el FMI restableció la disciplina macroeconómica perdida.
Aquella fue una experiencia que le dio la oportunidad de conocer a profundidad el tejido productivo y comercial del país y demostrar que se pueden manejar recursos inmensos, casi a criterio propio, sin mancharse las manos del sucio peculado. De ahí retornó a la Asesoría Económica de la Gobernación, ascendido a titular del equipo de asesores, ya en la gobernación de Bernardo Vega.
Ese joven era quien hoy, con el pelo blanco y un montón de experiencias encima, escribe este artículo. La enseñanza fue abrumadora. Aprendió, entre otras cosas, que de la tierra más árida puede hacerse que germinen frutos espléndidos siempre que el trabajo se haga sin desfallecer, con inspiración, perseverancia, determinación, sentido claro de dirección. Supo también que su compromiso era con su país, para siempre.

Eduardo García Michel