Doble vuelta electoral: la experiencia dominicana
El origen y la evolución del balotaje desde la quinta república francesa
La doble vuelta electoral o balotaje es un mecanismo de elección surgido en Francia. Aunque tomó relevancia en la Constitución de 1958 de la V República, la cual impulsó el general Charles de Gaulle, comenzó a implementarse en ese país desde la II República (1848-1852) en el marco de un régimen parlamentario. La particularidad que tiene esta institución electoral en la Constitución de 1958 es que se aplicó no sólo en el ámbito de las elecciones parlamentarias o municipales, sino también a la elección del presidente de la República en el novedoso régimen semipresidencial que instituyó dicha Constitución, el cual combinó rasgos del parlamentarismo, propio de la tradición europea, y rasgos del presidencialismo, propio de la tradición estadounidense.
Poco a poco, la institución del balotaje se ha ido incorporando en los diseños institucionales de muchos países, particularmente en América Latina. Lo que se procura con ella es que los presidentes cuenten con una mayor legitimidad por medio de una elección que garantice que quien gane la presidencia sobrepase el 50 % de los votos. Sin embargo, un aspecto negativo de esta forma de elección es que suele incentivar el fraccionamiento partidario en una primera vuelta, siendo el caso más extremo el de Perú donde se presentaron treinta candidatos en la primera vuelta de las más recientes elecciones presidenciales y quien obtuvo el primer lugar apenas alcanzó el 17.1 % de los votos.
Igualmente, como se produce una fragmentación del voto en una primera vuelta electoral, es muy común que los presidentes que ganan en la segunda vuelta no cuenten con una mayoría legislativa, lo que se convierte en una causa de ingobernabilidad. En algunos casos, los presidentes han tomado un camino autoritario pues, al creerse portadores de una legitimidad superior que los representantes legislativos, han optado por actuar de manera unilateral o, en algunos casos, disolver los congresos y concentrar todo el poder, como sucedió precisamente en Perú con Alberto Fujimori. En otras situaciones sucede lo contrario: presidentes que alcanzan una mayoría electoral en la segunda vuelta, pero no tienen un respaldo partidario sólido en las cámaras legislativas, son debilitados y hasta separados de sus puestos por los legisladores.
La experiencia dominicana con la doble vuelta electoral o balotaje ha sido distinta. Salvo la primera vez que se puso en práctica (1996), durante siete elecciones presidenciales consecutivas el electorado dominicano ha elegido al presidente en la primera vuelta. En las elecciones de 2000 al presidente electo (Hipólito Mejía) le faltó apenas el 0.13 % de los votos para alcanzar el 50 % y el candidato que quedó en segundo lugar (Danilo Medina) renunció a su derecho de ir a una segunda vuelta, por lo que cuenta como un triunfo en primera vuelta. Esto quiere decir que el electorado dominicano ha mostrado consistentemente un patrón de comportamiento que define la elección presidencial en la primera vuelta.
Otro rasgo sobresaliente, junto al anterior, es que, desde las elecciones de medio término de 2006 (previo a que se unificaran de nuevo las elecciones presidenciales y congresuales), el electorado dominicano le ha otorgado mayoría legislativa amplia al partido del presidente de la República. Si bien esto genera una falta de control efectivo por parte del Poder Legislativo al Poder Ejecutivo, también es cierto que contar con una mayoría legislativa les ha permitido a los presidentes gobernar sin exponerse a las situaciones de crisis tan recurrentes en muchos países de América Latina como resultado del obstruccionismo legislativo a las iniciativas presidenciales. Cuando las elecciones presidenciales y congresuales se llevaban a cabo de manera separada por un período de dos años, como en 1996 y en 2004, el presidente no contó con mayoría legislativa, pero no se llegó al extremo de generar situaciones de ingobernabilidad.
En algunas ocasiones se creó la expectativa de que podría haber una segunda vuelta, pero el electorado terminó decantándose por elegir al presidente en la primera vuelta. Es muy temprano para pronosticar si este comportamiento electoral se mantendrá en las elecciones de 2028, pero la experiencia histórica no puede desdeñarse. No obstante, hay indicaciones en las primeras encuestas que empiezan a surgir de que pudiese haber una fragmentación mayor del voto que en ocasiones anteriores, pero esto es algo que puede cambiar cuando se acerque el día de las elecciones.
En cualquier caso, lo importante es mantener partidos políticos fuertes capaces de competir y articular amplios sectores sociales que eviten el fraccionamiento político-electoral "a la peruana". Igualmente, independientemente de que las elecciones se definan en primera o segunda vuelta, es crucial que los partidos puedan construir bloques legislativos significativos capaces de negociar, formar mayoría y tomar decisiones como condición necesaria para la gobernabilidad.
Para ello, los partidos políticos y el liderazgo que los sustenta tienen la enorme responsabilidad de fortalecerse y evitar que el país tome la pendiente por la que se han deslizado otros países latinoamericanos que han terminado en crisis políticas e ingobernabilidad. Un debilitamiento de los partidos y el fraccionamiento político que esto puede generar resulta muy riesgoso para la estabilidad política, la gobernabilidad y el propio funcionamiento de la democracia. Esto es, el sistema de doble vuelta electoral puede seguir siendo un mecanismo válido e idóneo para la República Dominicana, pero para que esto siga siendo así es necesario contar con un sistema de partidos políticos fuerte que articule sectores sociales y forme mayorías electorales que, sin negar el derecho y los espacios a los partidos minoritarios, den sustento a la gobernabilidad democrática.

Flavio Darío Espinal