Sembrar los minerales
El miedo político frente al destino de nuestros recursos
Recuerdo una ocasión, en el decenio de los 80. Me dirigía hacia Bogotá, Colombia. Formaba parte de una delegación dominicana cuyo propósito era mantener reuniones de trabajo con su contraparte colombiana en busca de firmar acuerdos de cooperación económica.
Volábamos por encima de la majestuosa cordillera de Los Andes, mientras leía con deleite uno de los libros de Arturo Uslar Pietri, creo que titulado "Al reencuentro con Bolívar". Así descubrí la riqueza literaria y la potencia intelectual de uno de los grandes pensadores que la patria del Libertador ha dado al continente.
Al regreso al país, animado por la contundencia de los mensajes e ideas contenidos en el libro, me atreví a escribir en el periódico Listín Diario, con la complicidad de su director, Rafael Herrera, un artículo bastante crítico sobre la perezosa e indolente lejanía del poder ante los retos rechinantes que enfrentaba nuestra nación y la falta de soluciones apropiadas para afrontarlos.
Lo escribí encubriéndolo con un seudónimo, pues como servidor público que era no me estaba permitido hacerlo de otra manera. Por lo menos, desahogué mi furia y di aliento a mí desesperanza, pero no me atreví a desafiar al monstruo que, encarnado en la figura del Estado, retrasa el desarrollo de nuestro pueblo con su inoperancia y falta de sentido en el gasto.
Lo confieso y asumo en la medida de la cuota de responsabilidad que pueda atribuírseme. Es uno de los grandes fallos de la sociedad dominicana: la clase media que no piensa en medrar, no se atreve a asumir posiciones de liderazgo y prefiere cobijarse a la sombra del paraguas inoperante del Estado.
Peor aún, deja que sean aquellos provistos de una base menos sana quienes se lancen a asumir los riesgos propios de la carrera política, sin la altura de miras necesaria para acometer tal pretensión, provistos, eso sí, de inmensas ganas de enriquecimiento.
Muchos, como yo, están convencidos de que el perezoso e indolente Leviatán dominicano, incapaz de afrontar los problemas fundamentales del país (ni siquiera los pequeños) por miedo de asumir el costo político de las decisiones o por simple incompetencia, tiene que ser desnudado, suplantado por otro que ejerza sus funciones sin temor y con presteza. Eso sí, con respeto absoluto al orden democrático.
Esta reflexión se relaciona con la reciente decisión de las autoridades de dejar sin efecto la exploración de recursos mineros en la provincia de San Juan de la Maguana, en atención a los reclamos de los pobladores.
La comparto y la asumo, pero no por las razones esgrimidas, sino por algo más profundo que debería llevarnos a reflexionar sobre el sentido de la existencia de nuestro Estado y a reformular los propósitos a los que sirve.
Arturo Uslar Pietri acuñó en el siglo pasado la frase de "sembrar el petróleo". Aludía a la necesidad que tenía su país, Venezuela, y cualquier otro país, diría yo, de hacer uso racional de los recursos no renovables que la casualidad cósmica depositó en sus entrañas.
La idea detrás de esa concepción es que el petróleo, o cualquier otro mineral precioso no renovable, solo debería explotarse si los recursos generados se invirtieran en la creación de riqueza agropecuaria e industrial duradera, diversificando la economía. Alertaba de la posibilidad, tal y como sucedió, de que Venezuela se convirtiese en un "inmenso parásito del petróleo, nadando en una abundancia momentánea y corruptora".
El destacado pensador fue ácido en esta materia. Llegó a decir que "Hemos llegado a gastar en una escala que ni la riqueza petrolera misma puede soportar y a acumular una deuda gigantesca que en la misma medida en que crece disminuye ineludiblemente nuestra independencia real".
Y agregaba: "El accidente geológico (las reservas de petróleo) que no hemos sabido dominar y poner al servicio de nuestra voluntad de crecimiento sano amenaza nuestra identidad de pueblo y nuestro destino".
Decía también que "La ola de petróleo parece borrar la herencia de Bolívar. Nos aleja y nos enajena de él. Porque nadie que no esté obnubilado de cómplice complacencia puede admitir que pertenezca a su gente la avalancha de logreros, buscones, picaros de toda laya que ha irrumpido en nuestro presente".
Así ha sido. Ahí está el gran pueblo venezolano abatido, luego de haber malgastado una riqueza enorme que no supo administrar y mucho menos invertir.
La República Dominicana debe de hacerse el mismo cuestionamiento. ¿De qué han servido los ingresos por la explotación del oro y otros minerales? ¿En qué medida han mejorado la educación, la salud de nuestro pueblo o el bienestar del entorno? ¿Han reforzado la institucionalidad o más bien la han comprometido dando pie a una cadena de endeudamientos a cuenta de futuros ingresos?

Eduardo García Michel