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Machismo rabioso

Noventa feminicidios al año revelan la tragedia nacional

El machismo tiene rabia y anda mordiendo. Se resiste a perder el mando.  No sabe compartir el poder, mucho menos a entender el porqué, si todo ha sido como él ha querido.  Eso lo pone agresivo

¡Cuidado!, mujeres. No esperen del Estado mejores respuestas.  El sistema de protección no opera con la eficiencia, seguridad ni prontitud que reclama el momento. Es duro aceptarlo, pero los feminicidios no prometen menguas; seguirán siendo estampas de una oscura distopía.  Las cosas podrán cambiar solo cuando esa tragedia tenga impacto electoral; mientras, serán cifras amontonadas en una historia anónima.   

El machismo corre desquiciado y en su tropel arrasa todo. Es que las cosas no son como antes: la mujer ha recobrado valor propio y sobre ese reconocimiento construye su propia narrativa, versión incomprensible para el macho, formado bajo un "orden" impuesto por una irracionalidad instintiva, esa que normaliza una cultura apática.

El macho nunca entenderá razón distinta a la que ha tenido, convertida en dogma implícito de una sociedad atávica. Algo parecido a lo que resumía Harriet Walter sobre el machismo sistémico: "La verdad no importa, solo existe el poder de los hombres".

Para el macho la mujer no es sujeto; es objeto de posesión.  En su psiquis no existe espacio para el no. Aceptarlo es autonegarse. El abandono lo anula, lo enfurece y le hace perder la razón; para él es pecado irredimible con una sola sentencia: la muerte, como dictamen brutal de su torcida dignidad, seguida del suicidio, cometido como "acto de vindicación" para no aceptar la deshonra del rechazo.

El mensaje es patológicamente claro: mando en la vida; dispongo en la muerte y después de ella. En ese trastorno obsesivo, el agresor concibe la muerte de la víctima y la propia como un acto final e inseparable, en el que nadie puede robarle el protagonismo. Muchos de esos agresores presentan perfiles sociópatas, narcisistas o de dependencia afectiva. Al verse arrinconados o perder la causa de validación, su estabilidad psicológica se desploma.

El agresor construye su identidad sobre el sometimiento de la pareja. Ese dominio tiránico lo autoconfirma. Con el rechazo o la separación, siente mermados su poder y autoestima; entonces la vida pierde sentido y valor. Le cuesta aceptar que ya no es imprescindible y que perdió la "admiración" que suponía tener.  Para el macho eso es injustificable, más cuando valora la relación como una inversión propia, esa que, en el lenguaje coloquial de su cultura, supone hacer "gente" a una mujer.

La mujer paga con la vida su desacato a patrones abusivos de dominación, estado que la reduce a una menuda pieza en el engranaje de poder del macho. Un régimen en el que muchas veces entrega libertad y futuro a cambio de una vida cómoda, pero oscura y desgraciada.

Tal rebelión ha sido silenciosa y pacífica. La ha hecho de forma constructiva y con las fuerzas de la superación: hoy, la mujer domina las profesiones liberales, las posiciones gerenciales, la matrícula universitaria, la población electoral, la docencia pública, entre otros renglones socialmente omitidos. 

En esa ruta ha tenido que pagar muchas veces un precio injusto: acoso académico, sexual y laboral, subestimación de sus capacidades y trato discriminatorio en salarios/ingresos.  Pero ninguno de esos reveses ha desalentado su poderosa decisión para el futuro: detrás de un mostrador, en los ocho metros cuadrados de una banca de apuestas, pulsando el rugido de un blower, vendiendo prendas en los aposentos, tentando la noche en los bares.   

En las últimas dos décadas, la República Dominicana ha registrado un promedio de noventa feminicidios directos por año (cerca de 1802 casos confirmados en veinte años). Sin embargo, si se incluyen los homicidios de mujeres perpetrados por familiares y relacionados con el entorno de violencia machista, la cifra llega a un promedio de 174 muertes violentas anuales (más de 3480 en total).  Eso es trágico.

La atención preventiva de la violencia machista debe propender a una educación en igualdad de derechos y resolución pacífica de conflictos para desmontar concepciones culturales que perpetúan la violencia. Mientras, se impone realizar campañas masivas para reconocer señales tempranas de maltrato; órdenes de protección efectivas con monitoreo policial; centros seguros y secretos de acogida temporal; redes nacionales de apoyo con mayor asistencia psicológica, médica y legal gratuita a víctimas directas e indirectas.

Lo que estamos viviendo es espantoso; pero aún más la actitud colectiva que ve y cuenta el feminicidio como un episodio aislado del crimen pasional.  No. Cada víctima mortal es el sangrado de un padecimiento social con nombre propio: machismo bruto.  Mientras no admitamos esa tragedia como tal, estaremos validando la impunidad de un sistema que se robustece con cada muerte.  Recuerdo así al compositor español David del Puerto: "Cada mujer dañada, agredida, asesinada es el testimonio mudo de lo peor que encierra el ser humano: del triunfo de la fuerza bruta, ciega, salvaje y enferma sobre cualquier sentimiento o pensamiento, sobre todo lo que nos hace dignos". Es tiempo de que la mujer dominicana no se acobarde, porque, como escribía Eduardo Galeano, "el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo" ...

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Abogado, ensayista, académico, editor.