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La plaga

Tránsito sin control ni licencias es el reflejo de la crisis cívica urbana

No soy político ni vivo de las simpatías, de modo que puedo darme la libertad de gritarlo: ¡tenemos una plaga! y no es de larvas

Si una plaga es la presencia masiva de seres de una misma especie que dañan bienes, ambiente o producciones, entonces el vocablo luce insuperable para calificar a los motoristas dominicanos. Me importa un comino lo de clasista, popi y etcéteras. No me ofenden. Tampoco me provocan las sensiblerías populistas.

Hasta el año 2025 había registradas en la Dirección General de Impuestos Internos (DGII) 3.8 millones de motocicletas, que representaban el 58 % de todos los vehículos del país. Solo en ese año ingresaron 267,086. Al momento de vaciar esta catarsis pueden haber en circulación un poco más de ¡4 millones! El dato pierde impacto cuando se compara con otro: apenas entre el 0.3 % y el 0.74 % del total de sus conductores tienen licencia de su categoría.

La sociedad conoce como dato ya cultural que el país tiene la honra de aparecer entre los primeros del mundo en índices de siniestralidad vial (muertes de tránsito), y ha ocupado la primera y segunda posición. La República Dominicana ha alcanzado la brutal cuenta de hasta 67.23 muertes por cada cien mil habitantes a causa de accidentes de tránsito. El aporte de las motos a ese drama ha sido estelar: en siete de cada diez accidentes hay envuelto al menos un motorista. Los accidentes de tránsito son la principal causa de muerte de los jóvenes de entre 15 y 30 años. Esas son las depredaciones más corrosivas de esta plaga motorizada, pero silenciadas por la complicidad política. 

Hoy, el motociclista, venerado por su valor electoral, se burla del sistema que lo consiente. De este modo, la violación a la ley y a la seguridad personal o de terceros es recreo o espectáculo al que tiene derecho por ser pobre. Y lo hace de forma arrogante, como para que no queden dudas de su soberana impunidad.  

Pasan y vienen gobiernos y el imperio de las turbas motorizadas se afirma con el tiempo. Saben que los políticos les tienen miedo y ya asoma entre ellos una embrionaria conciencia "de clase" que empieza a apandillarlos.  

Estamos cansados de oír que el problema es de educación; sí, lo sabemos; eso es cursilería y nos rebosa. El tráfico vial es la conducta más fidedigna de los valores cívicos y urbanos de un colectivo. Pero ese es un desafío estructural que tomará entre tres o cuatro generaciones para superar, siempre que invirtamos de forma sostenida en correcciones institucionales y con anticipada planificación para el futuro.

¿Qué hacer?: ¿esperar? ¿convivir? ¿claudicar? Eso estamos haciendo desde hace años: aguardando lo que nunca ha pasado. Pero ¿será posible que ni una campaña educativa ha merecido esta tragedia? Cada vez que veo publicidad oficial "basada en logros" de instituciones del Gobierno me hierve el alma. Además de estar legalmente prohibidas (Decreto 1-24), disipan recursos solo para mantener a una red parasitaria de lealtades a un gobierno mediáticamente obseso.  ¡Eso es perversidad!  

El problema es serio: la República Dominicana cuenta con una de las densidades más altas de motocicletas del continente, y ha llegado a tener una motocicleta por cada nueve a diez personas. Las importaciones siguen imperturbables, incluyendo marcas nacionales. Este es el cuadro: 2025: 267,086 motocicletas (cifra récord); 2024: 244,409 motocicletas; 2023: 171,503 motocicletas; 2022: 172,871 motocicletas; 2021: 154,114 motocicletas. Como se advierte, ha habido un crecimiento sostenido in crescendo. Si proyectamos ese ritmo para los próximos cuatro años, tendremos un promedio de 350,000 motocicletas, lo que se traduce en un millón 450 mil más, para un total de casi ¡6 millones! para el 2030. Frente a esa avalancha, y sin cambios equivalentes en políticas de organización, control y sanciones, habremos construido un monstruo indomable.   

Vietnam ha sido líder en densidad de motocicletas en el mundo. Se estima una proporción de casi una moto por habitante, con más de 45 millones de unidades en circulación. Ho Chi Minh (antigua Saigón) cuenta con aproximadamente siete a ocho millones de motocicletas registradas, lo que representa casi una moto por cada uno de sus nueve millones de habitantes. Pese a eso, ese país ocupa el puesto 50 a nivel mundial en siniestralidad vial, con una tasa de mortalidad de 29.81 fallecidos por cada 100,000 habitantes.

¿Qué hicieron los vietnamitas? ¿Reformar el modelo educativo? No. Sencillo: priorizaron el tema como asunto de alta atención pública. Vietnam no prohibió las importaciones, pero reguló estrictamente el mercado con altos aranceles, normas de homologación y normativa anticontaminación. La medida que mayor impacto correctivo tuvo fue imponer multas altas para la violación a la ley de tránsito y el no uso del casco protector. El objetivo era reducir el caos urbano y la contaminación sin paralizar el principal medio de transporte de su población.

En ciudades como Hanoi y Ho Chi Minh, se instalaron señales viales para separar el tráfico de automóviles del de motocicletas, mejorando así la seguridad y fluidez. En estas ciudades operan centros de control impulsados por inteligencia artificial (IA) e internet de las cosas (IoT), capaces de analizar patrones de tráfico, adaptar los semáforos en tiempo real y detectar accidentes de manera automática. Se han desplegado miles de cámaras de vigilancia y medición de velocidad que detectan automáticamente infracciones (como pasarse la luz roja, estacionamiento ilegal o no usar casco) y gestionan las multas electrónicamente de forma transparente.

¿Qué cuesta un pasaje y la estancia del director de la Digesett a Vietnam para al menos acopiar experiencias? Estoy seguro de que los asiáticos tendrían todo el interés de convenir un acuerdo de colaboración técnica y operativa con las autoridades dominicanas. Este es un problema de gestión.

¿Es la culpa solo de los conductores de motos? No. El Estado y los distintos gobiernos han aportado su ausencia, condición erigida en criadero o incubadora de la plaga. Los motoristas, aprovechando el abandono, hacen lo que han querido. Ya estamos cansados de remedios temporales, esos que se activan en forma de operativos cuando suceden desgracias notorias o cuando las cifras no pueden disimularse.   Si no es para resolver, mejor que no intervengan. Nos fastidian los montajes.

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Abogado, ensayista, académico, editor.