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Cuba: la agonía de un cambio que nunca llega

Las ironías del poder y las opciones de una dirigencia decadente en Cuba

En su más reciente y fascinante novela Morir en la arena, el escritor cubano Leonardo Padura describe una escena en la que el personaje Raymundo Fumero medita sobre el encuentro que tendrá en poco tiempo con su amigo de infancia Geni -Caballo Loco- Bermúdez, quien está a punto de salir de la cárcel luego de cumplir treinta años de condena por haber asesinado a su padre. La narración cuenta que Geni entró a la cárcel en 1992 cuando tenía alrededor de treinta años y su salida se produciría en 2023, momento en el que Fumero, mientras se preparaba para recibirlo, se preguntaba qué pensaría su amigo cuando entrara en contacto de nuevo con la realidad de su país. Se trata de una novela que tiene base en hechos reales, aunque la historia se cuenta con la libertad literaria propia de un libro de ficción.

Mientras se preparaba para recibir a su amigo, Fumero pensaba que el fin de la prisión de Geni "se concretaba cuando el país volvía a estar en otra crisis, tal vez más extraña y profunda que la de 1992, porque no afectaba solo a nivel económico y social: se trataba de una crisis también espiritual, de credibilidad, de pérdida de fe y esperanza, de imposibilidad de entrever la luz al final del túnel, pues ya ni siquiera se sabía si existía el dichoso túnel. Y por eso muchos no esperaban a saber de sus dimensiones: se largaban, en hordas, quemando las naves y llevándose a sus hijos. Otros (cada vez más), sin posibilidad de largarse, se evadían metiéndose unas drogas químicas que pululaban en un país donde engendros como aquellos nunca estuvieron al alcance de nuestra generación".

Ese pasaje describe a la Cuba del presente y la que ha sido durante mucho tiempo: una desolación y una desesperanza total. Una sociedad que tiene un sistema que sencillamente no funciona, el cual ha sometido a múltiples generaciones a sacrificarse sin propósito alguno con una retórica vacía que ha prometido durante décadas un mundo mejor que nunca llega, una supuesta redención frente al capitalismo explotador y el imperialismo yanqui.

Pocas veces en la historia una sociedad se ha articulado en torno a un credo político que hace creer a la gente -aunque ya nadie cree- que algo único e irrepetible está por venir: la justicia, la bondad, el hombre nuevo, el fin de la explotación del hombre por el hombre, el avance inexorable de la historia hacia un estadio superior de la existencia humana en el que todos serán felices siempre que confíen en la promesa redentora de un líder mítico, omnipresente, omnisapiente y omnipotente.

Suerte han tenido los cientos de miles de cubanos que han podido salir de su país en diferentes momentos durante los casi setenta años de dominación por el mismo régimen político que se fundó tras una revolución triunfante en 1959, la cual generó tanto entusiasmo en América Latina y alrededor del mundo. Sólo en los cuatro años de la presidencia de Joe Biden se estima que salieron de Cuba hacia alrededor de 300,000 personas. Se recuerda "el marielito" en el año 1980 cuando también salieron cientos de miles de cubanos, así como la oleada de gente que salió en estampida en los primeros años de la década de los noventa, beneficiados como estaban de la política de Estados Unidos que le otorgaba protección a los refugiados cubanos siempre que pisaran territorio estadounidense. Esta política, dicho sea de paso, dejó de aplicarse en el Gobierno de Donald Trump.

La pregunta para la que no hay respuesta es por qué el pueblo cubano ha aguantado tanto tiempo un régimen no sólo represivo, sino incompetente. Como dice el narrador innominado en la novela de Padura: "El desbarajuste nacional en marcha incluía que ya no se supiera lo que había, ni dónde lo había ni lo que costaba lo que pudiera aparecer". En Cuba, simplemente, las cosas no funcionan. Un sistema de control estatal absoluto que no permite siquiera que las microempresas familiares operen.

Los países donde todavía dominan los partidos comunistas que han subsistido y hasta prosperado, como China, Vietnam y Camboya, han permitido que funcionen, aunque con ciertas restricciones, los mecanismos del mercado. La gente en esos países, usando su inteligencia, su ingenio y su instinto natural de progresar, y sin los controles absolutos que sufrían cuando se aplicaba la ortodoxia estatista, ha hecho posible la generación de riquezas, la inversión de capital privado y el avance hacia mejores niveles de bienestar.

En Cuba, en cambio, nada de esto ha sucedido. Cada vez que se producen movimientos espontáneos de formación de negocios privados, por más pequeños que sean, el Estado reprime esas iniciativas y reasume el control de la actividad económica. Una sociedad ahogada por un Estado y un partido comunista que le prometieron a la gente la redención plena y la felicidad total. Un verdadero desastre. También hay que decir que la política exterior de Estados Unidos hacia Cuba, determinada en gran medida por la política local del Estado de Florida, no ha tenido la flexibilidad que sí tuvo con China, Vietnam y Camboya, por lo que, sin duda, hay que asignarle parte de la culpa.

Ahora el liderazgo cubano se enfrenta no a Bill Clinton o Barack Obama, quienes de buena fe intentaron promover cambios graduales en Cuba, sino a Donald Trump y Marco Rubio, de línea dura, quienes ya mostraron su músculo en Venezuela. No es que el esquema implementado en este último país será igualmente exitoso en Cuba, pero al menos da una idea de lo que pudiera pasar si no hay un cambio en la estructura de poder y en el funcionamiento del sistema económico, político y social cubano.

Las opciones que tiene ese liderazgo cubano obsoleto, desfasado y decadente son: por un lado, continuar reprimiendo al pueblo cubano y controlando todos los espacios sociales o, por otro lado, acceder a un entendimiento con Trump y hacer como hizo Delcy Rodríguez y la cúpula chavista en Venezuela, quienes, con tal de permanecer en el poder, pactaron con el mismo "imperialismo yanqui" al que tanto atacaron. Ironía de la vida, los campeones del Socialismo del Siglo XXI terminaron convirtiendo a Venezuela en una especie de Estado cliente o neocolonial.

La tozudez, el absolutismo y el ensimismamiento ideológico de los dirigentes cubanos les impidió reconocer que su modelo había fracasado totalmente y que tenían que propiciar una reforma liberalizadora tanto del régimen económico como del político que hiciera posible la llegada de capital, la inversión privada, los mecanismos del mercado y el despliegue del talento humano y empresarial sin cortapisas burocráticas. Ahora se encuentran en la cuerda floja, tratando de mantenerse en el poder y preservar un sistema que no tiene forma de regenerarse ni de ofrecer una salida prometedora al drama humano y social que vive el pueblo cubano.

TEMAS -

Abogado y profesor de Derecho Constitucional de la PUCMM. Es egresado de la Escuela de Derecho de esta universidad, con una maestría de la Universidad de Essex, Inglaterra, y un doctorado de la Universidad de Virginia, Estados Unidos. Socio gerente FDE Legal.