De dioses a bufones
Los riesgos de una democracia marcada por la abstención récord
Hace un buen tiempo tuvimos un liderazgo místico. Éramos entonces una sociedad rural, analfabeta y supersticiosa. Hombres vistos como ungidos por el destino o por un designio eminente (Dios, la historia o el pueblo). Se creían figuras "aparecidas" por un determinismo inexorable. Joaquín Balaguer, heredero del retrato de Trujillo, era el arquetipo de tal construcción en la "Cuarta República".
La oratoria era entonces una ostentación del saber; un manso látigo de dominación. No servía más que para impresionar. Tener a un gobernante culto y que "hablara bonito" era un lujo aristocrático para una sociedad iletrada. En esa conexión mística entre líder y masa poco importaba la comprensión racional, lo que pesaba era su efecto en la emotividad popular. Balaguer arrancaba devociones delirantes. Encandilaba con su palabra barroca y preciosista, esa que pocos entendían, pero que acreditaba su neoclásica erudición.
Recuerdo que, en la década de los noventa, de visita por Moca, me tropecé la mañana de un domingo con la llegada de Balaguer al play de un barrio. Los rugidos de los helicópteros enloquecieron a la multitud. Entre un sol calcinante y las bocinadas, una anciana de casi 90 años empuñaba la foto del líder con una de sus manos; con la otra, alzaba una botella de Brugal como si fuera un fusil. Cuando el caudillo levantó sus manos, avivó un espíritu trepidante. La histeria arropó al gentío. La vieja señora cayó de golpe al suelo y, entre los pies de la gente, convulsionaba como poseída por un demonio. En el trance se restregaba con fuerza el retrato de Balaguer en el bajo vientre, simulando un iluso orgasmo.
En la Cumbre de las Américas convocada en 1994 por el entonces presidente Bill Clinton, la presencia de Balaguer en el foro continental era admirada con disimulado asombro por muchos gobernantes. El propio Clinton en su libro My life narró la admiración de ver a este casi nonagenario ciego entre tantos mandatarios jóvenes: "Los 33 presidentes electos democráticamente, del Canadá, Sur y Centro América y del Caribe estaban ahí presentes, incluyendo al presidente Aristide de Haití, de 41 años y a su vecino, el presidente Joaquín Balaguer, quien tenía ochenta y ocho años, ciego y enfermo, pero mentalmente tan agudo como una tachuela".
José Francisco Peña Gómez, siempre en las antípodas del viejo caudillo, era otro tribuno que seducía con su elocuencia. Su verbo, tronante e impetuoso, hacía vibrar las fibras emocionales más tensas. Juan Bosch, en cambio, usó el discurso como herramienta educativa. Era ordenadamente argumentativo y didáctico. Estrenó a la sociedad dominicana en el razonamiento crítico a través de un lenguaje llano, pero provocador.
La presidencia de la República era un cetro reservado para ellos: hombres predestinados. Todavía gravitaba el hálito de Trujillo y la sociedad de entonces entendía que el poder no era para gente ordinaria. El vínculo que los unía a sus admiradores era dogmático y emocional. No se retiraban del poder ni de la política. Estaban dominados por la pulsión de un trastorno autoperceptivo de grandeza y superioridad.
A pesar de sus resistencias, esos hombres se fueron, pero dejaron su huella en la cultura del poder, y a pesar de que con la salida de Balaguer advinieron "liderazgos racionales", todavía hoy luchamos para que gobernantes democráticos no se asuman como indispensables. Todos tentados a persistir en el poder por esa ofuscación delirante de creerse, cuando no iluminados, insustituibles. Muy contados han entendido que ocupar una función ejecutiva temporal no arroga otra misión que la de dirigir un gobierno. Lo demás es, como decía Benedetti, un "puto delirio".
La República Dominicana de hoy es distinta. Las generaciones dominantes son cada vez más apáticas a la política. Militan los que viven de ella. Esa indiferencia no es teórica; tiene una historia concreta: el crecimiento de la abstención electoral en los últimos veinte años ha ido de un 27.16 % (2004) a un 45.63 % (2024), la cifra más alta en 62 años de historia democrática. Eso es para pensar.
La merma ha sido creciente y sostenida. Prevalece un agotamiento de los partidos y la pérdida de interés del elector por votar. Según los resultados de la última encuesta Gallup/Diario Libre, el 23 % de los encuestados dijo que no le agrada ninguno de los partidos, constituyendo este segmento la segunda "fuerza política del país". Las estimaciones apuntan a que la abstención seguirá creciendo: las ofertas que se perfilan no prometen nada distinto.
Los partidos perdieron influencia; los candidatos no provocan. El voto es mayoritariamente negativo: para evitar que otro llegue. Las postulaciones solo favorecen a quienes invierten; de esta manera las elites políticas se quedan solas en el poder sin contrapesos. En paralelo, el debate no tiene trascendencia; los partidos, que, en otros contextos, son los proponentes de las grandes ingenierías políticas y sociales, son plataformas desplegables que se arman y activan solo en la zafra electoral.
Tal vacío concurre con una sociedad liviana, abstraída y superficial. De pocas construcciones sustantivas y ocupada en la subsistencia o la distracción y con estándares cada vez menos exigentes. Hoy da igual quién llegue al poder; la gente entiende que el cambio es un relevo de beneficios/beneficiarios y no de visiones. Las expectativas del voto crítico/reflexivo lucen rendidas. Gobiernos vienen y van y las reformas estructurales no se producen. El cerco de condicionamientos políticos y las ataduras a centros fácticos de poder no dejan espacio.
La deserción del voto es tan riesgosa como el debilitamiento de los partidos. La primera es efecto del segundo. Necesitamos partidos orgánicamente fuertes, ideológicamente estructurados y éticamente comprometidos. Pero hasta ese reclamo luce cansando. Ya se siente pesado y cursi; tan repetido como ignorado.
Ese es el cuadro ideal para una disrupción. Una oportunidad que podrá ser tomada por cualquier aventura cómica o dramática. Estamos construyendo, por omisión, las condiciones para que esta sociedad valide de un solo resabio a cualquier improvisado que, con gracia, fama y likes, pero sin competencia, nos dirija. Las sociedades emocionales son repentistas. Tenemos la suficiente pobreza de conciencia para permitirnos ese lujo. Así, se produce la gran paradoja: mientras una sociedad rural, analfabeta y supersticiosa (como comenzamos) adoraba a semidioses; la actual (urbana, formada y "educada") se fascina por encantadores. Algo así como decir: de Juan Bosch a... (ponga usted el nombre).

José Luis Taveras