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La fama fácil

Del mérito extraordinario al clic efímero

Antes de la innovación digital la fama era una condición universalmente negada. Alcanzarla era una proeza y suponía construir una historia de coraje, esfuerzos y porfías.  Detrás de ella muchos abandonaron planes y familias; otros perdieron fortunas o dejaron la vida. A pocos les tocó por golpe de suerte.

La fama no "aparecía" como repentina gracia de la providencia. Nunca fue hada madrina; en cambio, casi siempre resultó de algo loable: talento, carisma o hazaña. Guardaba esa impronta de singularidad que convertía a gente extraordinaria en acreedora de aclamación, a veces delirante.

Otro desafío, en ocasiones invencible, era poder penetrar en los medios: prensa, radio, televisión. Se trataba de un mercado vertical, cerrado y concentrando en estructuras oligopolistas impenetrables, al igual que el arte, el cine y hasta el deporte, industrias que decidían quién era famoso o no. De manera que la fama fue meritoriamente elitista, pero soportada en alguna dotación admirable. Pocos lo eran por nada.

Hoy, famoso es cualquiera. Para serlo, no se precisa de mayor virtud que ser "gracioso" o hacer "cualquier cosa" que a alguien no se le ha ocurrido. Quien otorga la fama es la sociedad y lo hace como reacción a una oferta de contenido. Si no existiera esa conexión empática entre figura y sociedad, no habría notoriedad para nadie.

Hoy se les reprocha a las celebridades digitales su escasa formación, su inmerecida notoriedad, su frívolo contenido y su ¡millonaria fortuna! No lo hago.  Quien debe autocriticarse es la sociedad; ella es la consumidora y, como tal, la que fija estándares, valida ofertas y monetiza figuras. Estemos claros: nadie ve lo que no le atrae. Dos o tres millones de suscriptores que generan interacciones suponen tener la última palabra. La sociedad del ocio devora contenidos chatarras sin indigestarse.

El mundo digital es leve, inmediato y sensorial; procura consumos rápidos, ligeros y que no comprometan mejores intereses que el pasatiempo o la exposición; todo bajo la lógica del mínimo esfuerzo. En ese mercado las demandas son básicamente emocionales: hacer reír, excitar el morbo o explotar la sensualidad. Quien lo haga con un mínimo de sentido mercadológico cosechará resultados: likes, comentarios, visualización y contenido compartido.  Hace cierto tiempo entré a un canal de YouTube donde un joven boliviano con cerca de ocho millones de seguidores mostraba tutoriales sobre cómo abrir una puerta, tomar agua, respirar o poner una almohada sobre la cama. Los comentarios se rendían ante la "genialidad" de estos descubrimientos.

Claro, la fama digital no es del todo orgánica: cuenta con la ayuda algorítmica. Así, el valor de una persona se mide por su capacidad de capturar el tiempo y transformarlo en interacciones, seguidores y reproducciones que el algoritmo premia con visibilidad.

He leído opiniones aterradas con la intención (cierta o no) de figuras digitales de postularse a cargos políticos electivos, incluyendo la presidencia de la República. El histerismo desatado por esa posibilidad confunde.  Creo inútil tal perturbación y aún más la sarta de sermones admonitorios.

Como ciudadanos gozan del derecho a ser elegidos; ese que tuvieron otros con igual o menos preparación y hoy son legisladores reelectos. A la postre será la misma sociedad la que decidirá si quiere ver, por ejemplo, a Santiago Matías dirigiendo a un país de grandes retos o profiriendo groserías en su barrio virtual. El discernimiento para separar una condición de otra nos dirá la hondura de esa reflexión.

Que esas figuras crean que la fama puede sustituir a la capacidad y la preparación, es su criterio. Quienes se exponen son ellos. El nuestro, como sociedad, es preguntarnos cómo y por qué llegamos a ese punto. Al menos si se postulan y ganan terminaremos de convencernos sobre la erosión de los partidos, un modelo que no aguanta más reciclajes; empresas electorales tan disminuidas que solo les queda apostar por la fama ajena como oferta, porque adentro apenas les quedan viejos huesos.

Mientras, a esas figuras elevadas a celebridades les conviene recordar que la fama es una leve "espuma en la corriente de la vida" (Rabindranath Tagore) y que en tanto ella persista puede ser dignamente aprovechada en tareas trascedentes, allí donde sus "talentos" despiertan aclamación y no donde probablemente no se les necesita (la política). La fama no lo es todo, y hoy se logra con pocas inversiones. Lo difícil no es conseguirla, es mantenerla, y para eso hay que merecerla. Y escasean los méritos...

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Abogado, ensayista, académico, editor.