Ortega-Murilo: una dictadura grotesca
El fracaso del proyecto sandinista y la consolidación de un poder absoluto
El domingo 19 de julio, en un acto en el que se celebraba el 47 aniversario de la Revolución sandinista, el copresidente de Nicaragua Daniel Ortega dio unas escandalosas declaraciones sobre lo que piensa con relación a futuras elecciones en su país. Estas se producen cuando parecía que ni él ni su mujer Rosario Murillo tenían algo más en reserva para sorprender después de tantos desmanes que han cometido desde que se instalaron de nuevo en el poder hace casi veinte años.
Con un tono decrépito y un estilo desarticulado, Ortega proclamó lo siguiente: "Aquí se acabó la historia de que los partidos puestos por los yanquis y puestos por los somocistas volverán a llegar al gobierno; jamás, jamás, jamás. No volverán a haber elecciones, no volverán a haber para que por ahí intenten ellos atrapar el gobierno, atrapar el poder". Y agregó: "Vamos a trabajar con la Asamblea Nacional y las organizaciones correspondientes las leyes, porque hay que hacer esas leyes, que les pongan un muro, un block a los golpistas, a los vendepatrias, y que por mucha plata que le den los yanquis, no podrán, no podrán, no podrán..."
De esta manera, Ortega se erige en un monarca absolutista que puede determinar a su antojo la Constitución y las leyes de su país. Ni siquiera procura rendir culto a ciertas formas jurídicas, como han hecho otras dictaduras al estilo de Trujillo, para proyectar una cierta semblanza de legitimidad, sino que decide simplemente que su país no necesita elecciones porque él y su mujer encarnan, hasta la eternidad, la suprema voluntad del pueblo. Usa una retórica hueca que desconcierta y espanta. Sus opositores son traidores y vendepatrias -por doquier oímos estas acusaciones, dicho sea de paso-, por lo que no tienen derecho a nada, al tiempo que invoca el viejo y desgastado fantasma del somocismo.
Vale la pena recordar. Veinte años después de que los barbudos revolucionarios cubanos, encabezados por Fidel Castro, Che Guevara, Camilo Cienfuegos y Raúl Castro, bajaron de La Sierra Maestra el 1 de enero de 1959 para desplazar al dictador Fulgencio Batista, en Nicaragua otros revolucionarios encabezados por Daniel Ortega realizaron La Gran Marcha a Managua para desplazar al dictador Anastacio Somoza y llevar a cabo un proyecto de cambios que prometía encauzar a ese país por un camino de progreso, libertad y democracia. Fueron momentos épicos que generaron simpatías enormes y esperanza de un futuro mejor.
No obstante, ambas revoluciones terminaron en un fracaso total con una casta política enquistada en el poder que lleva décadas persiguiendo, encarcelando y oprimiendo a sus opositores. La Revolución cubana fue un acontecimiento inesperado y sorpresivo, más bien de hechura local con poca articulación internacional en su proceso de desarrollo, si bien la semántica y la simbología de los revolucionarios que descendieron del monte a la ciudad a tomar el poder causaron una gran fascinación en la juventud latinoamericana, especialmente por el carisma desbordante de su líder Fidel Castro. Su giro hacia el bloque soviético en medio de la Guerra Fría y a noventa millas del sur de la Florida le dio a ese proceso político una importancia mucho mayor de la que hubiese tenido en otras circunstancias.
Por su parte, la Revolución sandinista, aunque tuvo similitudes con el proceso revolucionario cubano, se configuró de manera distinta a este último. Además de articular una pluralidad de sectores sociales y políticos -desde la izquierda marxista hasta progresistas moderados-, el sandinismo generó en su etapa formativa y de ascenso una gran simpatía internacional, lo que le permitió forjar múltiples apoyos y alianzas en América Latina, Europa Occidental y Escandinavia. Así, un país tan pequeño como Nicaragua se convirtió en un referente mundial por las grandes expectativas que generó sobre las posibilidades de poner fin a una dictadura y avanzar por el camino de la libertad, la democracia y el progreso social.
De ahí que la decepción sea tan grande. Contrario a lo que prometió y representó el sandinismo, Ortega y su mujer han montado una dictadura grotesca cuyas principales víctimas han sido precisamente quienes lucharon junto a ellos para poner fin a la dictadura somocista. Decenas de esos combatientes sandinistas están en la cárcel o en el exilio, incluso despojados arbitrariamente de su nacionalidad, entre ellos el más prominente de todos, el gran escritor Sergio Ramírez, hombre que ha mantenido su lucidez y su integridad en medio de tanto abuso y desconsideración. Por demás, la represión contra el pueblo nicaragüense ha sido sistemática y brutal, especialmente en ocasión de las grandes protestas que tuvieron lugar durante el 2018.
Desde la distancia es difícil entender qué hizo posible que dos individuos -Ortega y Murillo- hayan podido desarticular la estructura política del sandinismo y quedarse con un poder personal absoluto y despiadado. También es difícil entender cómo Daniel Ortega, quien inspiró a tanta gente por su lucha contra la dictadura de Somoza terminara igual o peor que este último. La transformación de su estructura mental y de su configuración política para convertirse en la figura oscura, despótica, maniática e indescifrable que ha llegado a ser es algo que tomará tiempo entender.
Mientras tanto, en medio de la desolación y el desaliento, hay que apostar por que en Nicaragua se regeneren las fuerzas políticas y sociales que hagan posible una oposición eficaz al régimen del binomio Ortega-Murillo que pueda conducir, más temprano que tarde, a un cambio político que enrumbe a ese país por el camino de la democracia, la libertad y la legalidad. Para ello se necesitará un gran apoyo externo, pero que este sea el producto de acciones concertadas por parte de las democracias de nuestra región y no una imposición unilateral de Estados Unidos que no hará más que servir de excusa para que el régimen siga reprimiendo inmisericordemente al pueblo.
Lamentablemente, es poco lo que puede esperarse en cuanto a una defensa colectiva de la democracia en una región como la nuestra desarticulada, con sus instituciones en crisis y sin liderazgos con la estatura suficiente para movilizar la acción pública internacional contra la dictadura de Ortega y Murillo. Esto explica en gran medida por qué ese régimen ha podido hacer lo que ha querido sin tener que enfrentar consecuencia alguna, al tiempo que el pueblo nicaragüense ha sido dejado a su suerte sufriendo la opresión de este régimen despótico, cruel y decadente.

Flavio Darío Espinal