Banana Republic
El origen histórico y la evolución del término república bananera

En el 1896, William Sydney Porter (1862 –1910), farmacéutico y periodista, fue acusado de malversar fondos tras una auditoría forense practicada en el First National Bank de Austin, Texas, donde trabajaba como cajero. Antes del juicio escapó en tren hacia Nueva Orleans y de allí tomó un barco rumbo a Honduras, país que para la fecha no tenía tratado de extradición con los Estados Unidos.
Durante su autoexilio, Porter pasó incontables penurias; sin embargo, esta experiencia le permitió conocer la realidad de esa nación. La inseguridad política, la corrupción y el dominio extorsivo de las empresas fruteras estadounidenses en Centroamérica le aportaron motivos para su primer libro de cuentos: Repollos y reyes (Cabbages and Kings, 1904), una obra fascinante que he leído con fruición.
En ella, Porter, conocido con el seudónimo literario de O. Henry, acuña por primera vez la locución "república bananera" para aludir satíricamente a un país tropical de economía inestable, dependiente de la exportación de un solo producto (la banana) y controlada por intereses corporativos extranjeros, en obvia referencia a la Honduras de su tiempo, cuyo nombre ficticio en la obra es Anchuria.
La metáfora la usaron indistintamente estadistas, líderes y académicos estadounidenses desde principios del siglo XX hasta nuestros días y, aunque ha mantenido su prístino sentido satírico, hoy se ensancha para referirse a un país que, aunque no produzca banano, mantiene un sistema de corrupción basado en el favoritismo, sin independencia judicial y controlado por las elites o los intereses corporativos locales.
La fama de la metáfora inspiró en 1978 a la pareja estadounidense Mel y Patricia Ziegler a fundar una tienda de ropas en California con el nombre de Banana Republic, concepto que rescataba en sus diseños la idea de aventura colonial y los motivos tropicales de la obra de O. Henry. Hoy es una marca mundialmente famosa, propiedad de la multinacional Gap Inc.
América Latina fue por años estigmatizada con esa tacha. Hubo un tiempo de recias dictaduras militares (décadas de los 50, 60 y 70) en el que el apelativo le venía como anillo al dedo. Liberarse de ese lastre tuvo un alto precio para países de la región que hoy exhiben instituciones de aparente madurez. Sin embargo, ha sido en muchos casos una democracia tejida a retazos y expuesta a las amenazas de los autoritarismos. El desafío es darles funcionalidad y autonomía a los órganos del poder público sobre firmes presupuestos democráticos.
En la República Dominicana es a partir del 1996 que se construye un ensayo consistente. A pesar de tal empeño, los dominicanos no están del todo seguros sobre la resiliencia de ese proceso. Y es que todavía prevalece una cultura autoritaria que se expresa en actos de gestión cotidiana, en una alta desconfianza de los partidos políticos y en una apatía cada vez más creciente por la participación electoral. Quizás lo más peligroso de este cuadro es que sus signos no alertan a los partidos políticos ni a las elites económicas, en un momento en que la política como "actividad deportiva" empieza a seducir a "liderazgos" improvisados al amparo solo de su fama, cartera de fans o penetración mercadológica.
Si bien la democracia política ha tenido su recorrido en la República Dominicana, la democracia socioeconómica, que debe sustentarla, no acaba de nacer. Esa demora empieza a inquietar. Y la peor enemiga de la estabilidad política es la insatisfacción social acumulada. De esta manera, los avances políticos e institucionales de nuestro ensayo no han tenido, en contrapartida, mejoras estructurales en el bienestar social.
Lo cierto es que los gobiernos que se han sucedido de cuatro partidos "diferentes" temen abordar la reforma que se precisa para dar el salto; esa que redefina las bases de la participación real en el ingreso, que promueva la desconcentración económica, que erija un sistema tributario equitativo, que establezca un sistema de seguridad social de amplia cobertura, que incentive el empleo y mejore los salarios para reducir la informalidad ocupacional, que eleve los índices de inclusión y desarrollo humano. Esas carencias pueden crear en cualquier coyuntura presiones sociales cuyas insatisfacciones provoquen ingobernabilidades o sean explotadas por encantadores en una base social de muy bajas comprensiones.
Nos han obligado a transarnos por lo menos: contar turistas, celebrar el crecimiento, comparar tasas de homicidios con países de la región o puestos en la lista global de la corrupción como motivos para hacernos felices. Así, quien no viva ese júbilo es un ingrato, iletrado u opositor. Pedir más no es realista: eso es suficiente para respirar futuro. Logros con los que los gobernantes acreditan reelecciones. Esos son nuestros estándares. Envasados en conceptos ya ajados como "estabilidad macroeconómica" o "clima seguro de inversión".
El gran "éxito" de este medio siglo de democracia ha sido el control de los mismos indicadores: tasa cambiaria y de interés, índice de precio al consumo, producto interno bruto y balanza de pagos. Así las cosas, y a pesar de los eufóricos optimismos de las elites, nos faltan muchas razones para borrar de nuestra democracia el afrentoso tatuaje de "república bananera", a pesar de las torres, los elevados y los nuevos hábitos de consumo. Nos hará falta mucho "plátano power" para avanzar a nuevos estadios de desarrollo.

José Luis Taveras