Un nuevo libro
La voz crítica como herramienta indispensable para el desarrollo de la patria

El pasado martes tuve el privilegio de presentar en el Archivo General de la Nación mi libro titulado Vitriólico y sus personajes: Otros diálogos y relatos, volumen dos. Me siento muy honrado de que encuentre acogida en la institución que custodia la memoria de la nación.
La obra contiene 81 artículos publicados en mi columna semanal en Diario Libre entre la última parte del año 2019 hasta finales del 2025. Estoy muy agradecido a este medio por acoger mis inquietudes intelectuales desde el año 2010.
El prólogo lo redactó José del Castillo Pichardo, de quien brota el verbo con la limpidez como lo hacen las aguas de un manantial cristalino que sale con pureza de la alta montaña.
Estos personajes, Vitriólico, Abimbao, Abimbaíto y Cucharita se expresan con el desparpajo que caracteriza a la gente humilde de nuestro pueblo, en favor del engrandecimiento de su lar, el único que tienen y en el que descansarán justamente cuando dejen de existir.
Yo, el autor, les doy vida propia, pero con el paso del tiempo he descubierto que me realimentan.
Estoy convencido de que retratar la realidad cotidiana con la redacción de estos artículos, aun sea en la modesta medida en que lo hago, contribuye a ir poniendo las zapatas, el material grueso de la historia que será escrita decenios después.
Tal afirmación puede lucir desproporcionada o dar lugar a la creencia de que falto a la modestia. No se trata de eso.
Los temas que los personajes del libro tratan hoy con su visión crítica, mañana formarán parte de los estudios sociológicos, económicos e históricos del país. Y aunque los Vitriólicos y Abimbaos no lideren la opinión de la época, alguna pequeña brizna de lo que dicen y critican formará parte del perfil que la caracteriza.
Sé que con su humor y críticas punzantes a veces no son bien recibidos por quienes entienden que el poder político, económico y social es para disfrutarlo y se desentienden del peso abrumador que les impone asumir a cabalidad las responsabilidades inherentes a su desempeño.
O son equiparados por las clases más altas con la manera de ser del vulgo, cuyas opiniones, por falta de méritos académicos, merecen el desprecio.
Olvidan que la sustancia vital de una nación está en su gente corriente, la de a pie. Es el verdadero pueblo, en evolución permanente. Las elites influyen y se dejan influenciar por el sustrato mediano y bajo. La argamasa está constituida por la mezcla que se forma entre todos ellos.
Mis personajes se expresan sin afectación, en lenguaje comprensible a todos, sin ínfula de erudición ni ampulosidad en el lenguaje.
A tenor de las dudas que suelen atormentar a la clase dirigencial, afincadas en el temor a asumir el costo político de las reformas, se presentan algunas opciones de llevarlas a cabo, despojándolas de su dramatismo.
Por eso proponen, en tono jocoso, a veces irónico, que para romper el miedo visceral que paraliza la adopción de las altas decisiones y reformas, las autoridades elijan entre opciones, ya sea apoyándose en la costumbre popular de deshojar las margaritas (me quieres, no me quieres), o, en su defecto, acudir al muy conocido medio de selección conocido como del tin marin de do pingué.
La alternativa es no llevarlas a cabo nunca o mediatizarlas. La opción preferida por el liderazgo de la nación ha sido mediatizarlas, lo cual es lamentable.
El diálogo entre estos personajes no se queda solo en la crítica. En ocasiones sugieren soluciones concretas. O exponen verdades de a puño, propias o ajenas.
A modo de ejemplo puede citarse la afirmación de que la nacionalidad no se permuta por negocio, aunque se esté haciendo así. O que los subsidios generalizados y las remesas están contribuyendo a la desnacionalización de la mano de obra, sin que nadie se espante. Asimismo, la advertencia de que la rigidez de la cesantía mantiene comprimido el nivel de salarios, a pesar de lo cual las organizaciones gremiales ni se inmutan.
Y así muchas más, no menos urticantes y al mismo tiempo veraces.
Estos personajes me han permitido ejercer la crítica y expresar opiniones con mayor libertad. Actúan como escudo protector, aunque en la realidad el impacto de sus atrevimientos repercute directamente sobre mi persona.
Sé que ellos envejecen. Algún día su voz se apagará, junto a la mía. De hecho, ya solo dialogan de vez en cuando, entristecidos de poner el dedo en la misma llaga para que todo siga igual. Cuando ocurra, surgirán otras voces. El aliento crítico es necesario para el fortalecimiento de la patria.

Eduardo García Michel