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El campo

Un llamado a reconstruir la patria desde el apoyo a sus agricultores

A comienzos de la década de los 60, cuando transitaba el camino de la adolescencia, el campo me parecía fascinante, silencioso, despoblado, pletórico de verde y azul de cielo.

Lo visualizaba cargado de manantiales límpidos que brotaban con espontaneidad. Hilos de plata en movimiento. Sombras espesas proyectadas por la tupida arboleda, a cuyo amparo sobrevivían gruesas capas de barro amamantadas por la humedad.

La soledad se sentía con estrépito fascinante, interrumpida a veces por los cánticos lejanos de los agricultores, bálsamo para moderar su fatiga. La comunión con lo divino, o simplemente con la naturaleza, se alcanzaba a plenitud.

Abundaban las aves, insectos, roedores, reptiles y sapos, adaptados a un universo en equilibrio, sin pesticidas y apenas abonos químicos. Productividad baja, vida sana. Las noches eran estrelladas, iluminadas por la fosforescencia de las luciérnagas y cocuyos.

Hoy, en cambio, el campo es preludio de pueblo, desprovisto de parajes solitarios.

La paradoja aturde: en 1960 el 70 % de la población era rural, a pesar de lo cual el campo se vivía como lugar despoblado. En cambio, ahora, en 2026, solo el 28 % de la población vive en áreas rurales, y sin embargo es difícil caminar los parajes sin encontrarse con seres humanos ni lastimar el sentido auditivo con ruidos perniciosos.

No es un rompecabezas. Es el resultado del rápido crecimiento de la población dominicana, a lo cual debe agregarse el saldo resultante de la emigración de dominicanos y la inmigración masiva de haitianos indocumentados.

Se trata de un fenómeno mundial. En 1960 se registraba la existencia de 3,000 millones de habitantes. Al año 2025 se contabilizaba 8, 200 millones. En 65 años la población del planeta se multiplicó por 2.7. Por su parte, en 1960 la República Dominicana tenía 3 millones de pobladores, y en 2025 llegaba a 11.5 millones. Se multiplicó por 3.78.

Subsiste la preocupación sobre si se habrá llegado o no al límite del crecimiento, aun a sabiendas de los grandes avances logrados en ciencias y tecnología, cuestión muy discutida en el decenio de los 60 cuando el Club de Roma planteó lo obvio: no puede haber crecimiento poblacional descontrolado puesto que los recursos naturales son finitos. Pero lo ha habido.

De aquellos años hacia acá en los países de elevados ingresos la respuesta ha sido incrementar el control de la natalidad, robustecida por la tendencia a no tener hijos, tanto por la incorporación de la mujer al trabajo remunerado, como por el deseo manifiesto de los integrantes de la clase media y alta de disfrutar de su vida, viajar, en vez de encadenarse a un hogar amamantando su prole.

Se ha abierto la puerta a que los hijos los tengan los económicamente deprimidos que habitan los países subdesarrollados, quienes cargados de prole migran a los lugares de productividad y riqueza, convirtiendo el problema en políticamente sensible, pues afecta el orden establecido y el sentimiento nacional.

Volviendo al terruño, el campo sufre un triple problema: la inversión pública en la zona rural es esporádica, marginal; los predios pequeños y medianos son reacios al uso de tecnología; los subsidios y las remesas ponen la puntilla al desarraigo; el dominicano no quiere trabajar la agropecuaria, pues carece de protección social y de incentivos para vivir en lo rural.

A los hijos de los campesinos y agricultores les atrae más el titilar de las luces, avenidas, puentes, elevados, transporte público, establecimientos de salud, lugares de diversión citadinos, apuntalados por remesas y subsidios.

Cambiar un caballo por una moto les parece fascinante para lucirla en la ciudad. El moto concho les atrae: da la sensación de libertad que sentían cuando cabalgaban en la pradera en su caballo rústico, con la ventaja de que ganan dinero sin tener que respetar las reglas de tránsito.

Los aguerridos campesinos que engrosaron la montonera del siglo pasado y que sirvieron de barrera para contener las amenazas a la soberanía, ya no están. De sus descendientes quedan pocos. Han sido sustituidos por una población diferente: la misma que combatieron en defensa de su suelo.

Desde la comodidad de nuestros sillones no reparamos en que existe un país olvidado. Y que, de lo que hagamos o dejemos de hacer puede que dependa el destino de todos.

Abracemos el campo. Rescatémoslo del olvido; colmémoslo de estímulos; incrementemos la inversión pública; abaratemos los insumos y equipos agropecuarios; dotémoslo de tecnología para elevar la productividad y el ingreso; mudemos hacia allá a los agrónomos para que den el soporte necesario; corrijamos el desequilibrio de una comercialización que le hurta el fruto de su valor agregado. Y habrá patria.

TEMAS -

Eduardo García Michel, mocano. Economista. Laboró en el BNV, Banco Central, Relaciones Exteriores. Fue miembro titular de la Junta Monetaria y profesor de la UASD. Socio fundador de Ecocaribe y Fundación Siglo 21. Autor de varios libros. Articulista.