El efecto "Villi Manilli" en la política
Candidatos de probeta en la era de la mercadotecnia electoral
El 21 de julio de 1989 fue un día de pobre memoria en la historia. Quizás el evento más notorio lo protagonizó Mike Tyson cuando noqueó a Carl "The Truth" Williams en apenas 1 minuto y 33 segundos del primer asalto en una pelea celebrada en Atlantic City, Nueva Jersey. Si embargo, sucedió otro que nunca debió pasar. Recuerdo recibir la noticia al día siguiente de su ocurrencia. Me encontraba en ese momento leyendo El silencio de los inocentes, publicada el año anterior y escrita por Thomas Harris.
Lo que vi en el televisor me dejó petrificado. El reportaje de CNN recogía el momento en que Rob Pilatus, integrante del dúo pop Milli Vanilli, huía despavorido del escenario cuando el disco compacto se trabó mientras interpretaba el éxito Girl You Know It's True durante un concierto en vivo en Bristol, Connecticut. El tema se repitió en bucle una y otra vez ante el pasmoso desconcierto del público, revelándose que el dúo de fornidos y seductores bailarines nunca cantaba, apenas hacía playback (mímicas).
El indeseado accidente desnudó una de las estafas más colosales de la historia discográfica. Al año siguiente, el productor del dúo Frank Farian confesaba al mundo la verdad: usaba cantantes de estudio —Brad Howell, John Davis y Charles Shaw— para grabar las canciones, en tanto Rob Pilatus y Fab Morvan solo bailaban y sincronizaban los labios en los conciertos y en los videos musicales.
En la política, el efecto Villi Manilli es una industria. El marketing es poderoso y puede crear un personaje que no siempre tiene que ver con el real. Una vez diseñada la identidad artificial, se anula la real para que la mercadotecnia política y la psicología electoral instalen aquella como versión de venta. De esa manera el candidato real solo interpreta la adaptación mejorada de sí mismo diseñada según los modelos de la mercadotecnia. Al final, el electorado vota por el "aura mercadológica" prefabricada y no por el hombre detrás del candidato, ese que, atrapado en su avatar, se convierte en intérprete de su propio personaje.
El marketing crea así un candidato "probeta" con los atractivos que quiere ver el público o la imagen que propone el momento. El personaje real acepta una enajenación artificiosa y cede rasgos, expresiones y comportamientos al personaje simulado según las perfomances del laboratorio.
En el marketing político el candidato hace playback de una versión idealizada de sí. El peligro de este desdoblamiento es que "el disco se raye" —a lo Vinni Manilli—, accidente que sucede cuando la identidad real se revela espontáneamente o da a conocer las fragilidades de su carácter humano.
El simulacro funciona bien en ambientes controlados —anuncios de televisión, videos editados, discursos con teleprónter, encuentros mano a mano—, pero se desploma en el debate sin guion o en las apariciones no programadas, esos que se evitan a toda costa.
En épocas pasadas se impuso un modelo orgánico de liderazgo. En tanto más cercano, humano y real, más conectaba o atraía. Se trataba de hombres de carne y hueso dedicados a la política como vida, vocación y oficio. Su exposición era permanente sin reparar en riesgos.
Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez hablaban de lunes a viernes a través de los programas radiales de sus partidos y aparecían en televisión frecuentemente; la sociedad conocía sus pensamientos y visiones. Eran ya previsibles en historia, praxis e ideas. No había necesidad de superponer un prototipo ideal que los asimilara para vender mejor versión de la que eran o tenían. Ellos se bastaban a sí mismos: su vigorosa formación los acreditaba y su discurso los revalidaba.
La estrategia de hoy, con políticos pálidos, fluidos e inorgánicos, es reducir la visibilidad. Estos son celados o "escondidos", eludiendo así el escrutinio y la exposición hasta pocos meses de las elecciones.
Los que son funcionarios del Gobierno se amparan en la manida excusa de que están concentrados en su gestión, "ayudando al presidente a hacer un buen gobierno", frasecilla cliché que ya indigesta. ¿Y quién dijo que esa circunstancia pudiera impedir dar a conocer sus concepciones sobre democracia, desarrollo, economía o inclusión, verbigracia?
En realidad, el ocultamiento es una manera de evitar el temprano desgaste o de no asumir riesgos ociosos de exposición, obvio, cuando no se tienen las capacidades. Pero, además, aquí se ha presumido que quien ocupe o haya ocupado un ministerio/cargo electivo tiene condiciones para ser presidente, cuando, en medio del empirismo que domina la política, cualquiera es o puede ser funcionario, alcalde, senador o diputado.
¿Quiénes entonces hablan por ellos? Las narrativas armadas en los laboratorios: las técnicas de posicionamientos inductivos, la sobrestimación de sus presuntas competencias gerenciales/humanas, la opinión favorable de determinados centros de poder o autoridad, las campañas sutiles de imagen en los medios, el uso metódico de mediciones y una línea ad infinitum de etcéteras.
Todo este armazón de recursos, medios y estrategias levantan un ecosistema de favorabilidad a la imagen y al posicionamiento de una oferta electoral sin decir que lo es. Estas técnicas son las verdaderas cantantes del disco, las que con su relato construyen el síndrome de la "verdad ilusoria", sesgo cognoscitivo de creer como cierta una tesis impuesta por la repetición o por la penetración subliminal.
Pero este juego de imágenes, percepciones y artificios no es infalible. Puede mantener a alguien como puntero, crear valoraciones perceptivas altas o soportar ofertas competitivas, más la naturaleza no se equivoca: un río seco tarde o temprano regresa a su cauce. Las carencias salen, aunque se maquillen o se disimulen, y en cualquier momento se "raya el disco" ... entonces dejan ver quién realmente canta. ¡Dale volumen! But there was nothing I could do. To make you stay I'm gonna miss you. All the love I feel for you. Nothing could make me change my point of view. Oh, girl (oh, girl). I'm gonna miss you, baby...

José Luis Taveras