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El papa en Francia: religión y política

La religión como aliada de la democracia liberal en el discurso papal

El papa León XIV tuvo la semana pasada una exitosa visita a Francia. Congregó multitudes, entusiasmó a cientos de miles de jóvenes y se desplegó con una soltura impresionante en un Estado que ha hecho del laicismo su credo político fundamental. Desde que la Asamblea Constituyente que se formó en el marco de la Revolución francesa decidió expropiar los bienes de la Iglesia católica, la noción de un Estado laico se fue asentando en la normativa y en la cultura política de Francia. Este país tiene entre las catedrales e iglesias más bellas del mundo, pero la feligresía fue decayendo a través de los años. Esto, no obstante, parece estar cambiando con el incremento progresivo en los últimos años de bautismos de adolescentes y adultos, así como en el aumento de asistencia a los oficios religiosos católicos.

Sin miedo a entrar en un diálogo con la modernidad, el papa León planteó una idea sumamente relevante en su primer discurso tras su llegada a París el 25 de septiembre, el cual tuvo lugar en el Palacio del Elíseo, sede del Gobierno francés, con la presencia del presidente Enmanuel Macron. En ese discurso abordó la relación entre religión y política en el contexto del Estado laico. El papa dijo lo siguiente: "Una justa laicidad no consiste en excluir a la religión del espacio público o de la educación, sino en trabajar para que el Estado y las instituciones religiosas dialoguen entre sí y unan sus fuerzas al servicio de lo verdadero, lo bueno y lo bello, para que el mundo tenga vida". Y dijo: "El cristiano que participa en la vida pública y actúa según la luz de su conciencia iluminada por la fe no puede ser considerado un proselitista ni una amenaza para la unidad de la patria".

La separación del Estado y la Iglesia ha sido un pilar de la democracia liberal. Esto no significa, sin embargo, que la religión no pueda tener un espacio legítimo en la vida pública, en los debates sobre las cuestiones que nos afectan a todos. El desafío es cómo hacerlo de modo que ninguna religión, por el poder que tenga, quiera imponer su visión en la vida del Estado.

En 1802 Thomas Jefferson acuñó la frase de que debía haber "un muro de separación entre la Iglesia y el Estado". Para él, un hombre brillante, no creyente y con convicciones liberales que no fue capaz de llevar a cabo de manera coherente en su vida privada, esta metáfora reflejaba su visión de cómo debía darse la relación entre religión y política, entre el poder religioso y el poder estatal. No obstante, en 1948 el juez de la Suprema Corte Robert H. Jackson, en el famoso caso McCollum v. Board of Education, al referirse a esa frase de Jefferson dijo que: "Es probable que hagamos que el muro jurídico de separación entre Iglesia y Estado sea tan sinuoso como el famoso muro serpenteante diseñado por el señor Jefferson para la universidad que fundó". Se refería a los hermosos muros que existen en el centro de la Universidad de Virginia, diseñada y fundada por Jefferson en 1819, en la cual este articulista tuvo el privilegio de hacer su doctorado.

De alguna manera, el juez Jackson estaba llamando la atención de que el "muro de separación" de Jefferson podía ser demasiado rígido, por lo que tal vez convenía interpretar su metáfora haciendo referencia a los muros ondulantes o serpenteantes que él mismo diseñó para su universidad. En realidad, este es uno de los temas perennes e inevitables en la discusión constitucional sobre la relación entre la Iglesia y el Estado, la política y la religión.

Desde luego, el mensaje del papa León XIV traza una pauta general, pero no abordó, como no podía abordar por la naturaleza del acto en el que habló, las complejidades de este tema. Podría decirse que hay dos extremos en este debate. Por un lado, están quienes abogan, en nombre de la laicidad, por una exclusión radical de la religión de la esfera pública. Según esta visión, la religión debe confinarse a la esfera privada, al ámbito en que no contamine la esfera pública y mucho menos la vida del Estado. El problema con esta visión liberal excesivamente individualista es que concibe a los individuos como seres autónomos cuyas identidades sólo pueden ser reconocidas a partir de su individualidad y de los derechos individuales de que son titulares. Este enfoque ignora que los individuos no existen en abstracto desconectados de relaciones primarias, comunitarias y sociales desde las cuales se forjan sus identidades. Para esta visión, la dimensión religiosa de las personas debe arrinconarse y exigírsele a estas que segmenten sus vidas y sus creencias para negarle legitimidad a lo religioso en la esfera pública.

Por otro lado, están quienes propugnan por una visión extrema opuesta. La religión parecería ser todo a partir de la cual debe definirse la vida de la comunidad y del Estado. Esta visión antiliberal resulta apabullante pues pretende que la religión penetre, sin límite alguno, todos los espacios del Estado y que este defina sus normas y sus políticas públicas. Piénsese, para dar un ejemplo contemporáneo, en el nacionalismo cristiano que predomina en el movimiento MAGA en Estados Unidos. El cristianismo se convierte en el elemento que define la identidad de la nación, lo cual se traduce en el rechazo al islamismo por considerar que es una amenaza a Occidente, así como al judaísmo, lo cual explica el antisemitismo tan arraigado en ciertos grupos que abogan por el nacionalismo cristiano. La xenofobia va aparejada de este tipo de cristianismo, el cual sirve de excusa perfecta para rechazar a los extranjeros que profesen otras religiones. En último término, se trata de la negación del pluralismo religioso, un aspecto tan importante para la tradición liberal.

El papa León XIV ha esbozado un discurso distinto. Reconoció la laicidad, lo que significa que no se colocó en una posición antagonista al liberalismo como suelen hacer muchos líderes religiosos. A la vez, puso de relieve la importancia de las creencias religiosas de las personas en su incursionar en la esfera pública. No pretende negarle al Estado su papel distintivo en un régimen liberal-democrático, ni aboga, obviamente, por una teocracia ni por una religión de Estado ni por una identidad nacional basada en el cristianismo. Pero también plantea, con razón, que no se le cierren las puertas a la religión (religiones) en el espacio común de la ciudadanía.

Para el papa León XIV, siguiendo y enriqueciendo la mejor tradición católica, se trata de una religión que reconoce la igualdad y la dignidad de todas las personas sin importar su condición, a la vez que promueve la compasión, la solidaridad, el diálogo, el respeto a las diferencias y el imperativo moral de protección a los más vulnerables. Esa visión, sin duda, puede coexistir perfectamente en un orden jurídico y político liberal en el que prime la ley, el pluralismo, los contrapesos institucionales al poder y el respeto a los derechos de todos.

TEMAS -

Abogado y profesor de Derecho Constitucional de la PUCMM. Es egresado de la Escuela de Derecho de esta universidad, con una maestría de la Universidad de Essex, Inglaterra, y un doctorado de la Universidad de Virginia, Estados Unidos. Socio gerente FDE Legal.