La paradoja de Lula
Brasil se encamina a una segunda vuelta marcada por la polarización
Cuando salieron los primeros resultados de las elecciones presidenciales en Brasil el domingo 4 de octubre parecía que el candidato de la derecha Flávio Bolsonaro ganaría las elecciones en primera vuelta. Al terminarse el conteo, sin embargo, Bolsonaro terminó con un 47.03 % de la votación, mientras que Luís Inácio -Lula- da Silva obtuvo el 45.16 %, una diferencia de 1.87 % con casi 2,225,000 votos a favor de Bolsonaro. Aunque las encuestas proyectaban una segunda vuelta entre estos dos candidatos, estas daban a Lula como candidato puntero, por lo que el triunfo de Bolsonaro fue una sorpresa.
Sin duda, Lula se quedó corto. Un batallador como él, tal vez inigualable en la época moderna en cuanto a determinación y coraje para competir democráticamente, hará todo cuanto esté a su alcance para ganar las elecciones en segunda vuelta. No obstante, el hecho es que Bolsonaro sale de la primera vuelta en una mejor posición que Lula no sólo numéricamente, sino también en cuanto a las expectativas que se ha creado de que él será el próximo presidente de Brasil. En otras palabras, las coordenadas de la política brasileña parece que se pusieron a su favor y que sólo un despliegue titánico, una vez más, de Lula podría impedir su triunfo electoral.
Como ha ocurrido en otros países de América Latina, como Chile, Colombia y Perú, por ejemplo, en Brasil se ha puesto de manifiesto una polarización izquierda/derecha que se refleja en los porcentajes que estos dos candidatos han alcanzado. Lula y su Partido de los Trabajadores (PT) representan una opción social de izquierda que ha probado saber gobernar con políticas progresistas sin dislocar las bases del sistema capitalista y sin afectar los intereses del sector privado. Por su parte, Bolsonaro y su Partido Liberal (PL) han centrado su campaña, propio de la ultraderecha, en la guerra cultural y el discurso de "mano dura", pero sin definir de manera clara cuáles serán sus políticas económicas y sociales. Los protestantes, aunque son todavía una minoría en Brasil (un 27 % contra el 56 % de católicos), fueron, con su apoyo masivo y militante a favor de Bolsonaro, un factor clave en el triunfo de este último en primera vuelta.
El hecho de que Lula haya mantenido ese nivel de apoyo muestra lo que representa este político de izquierda para amplios sectores de la sociedad brasileña. En las elecciones de 2022 tuvo que echar su pelea también. En la primera vuelta contra Jair Bolsonaro, padre del actual candidato, quien cumple condena por haber intentado subvertir el orden institucional, Lula obtuvo el 48.3 % contra el 43.20 % de Bolsonaro, mientras que en la segunda vuelta alcanzó el 50.90 % contra 49.10 %, lo que pone de manifiesto la polarización que existe desde hace un buen tiempo en la política brasileña.
Hay dos factores que perjudican a Lula. Uno es el descontento que genera la incumbencia, esto es, el estar a cargo del gobierno en momentos de crisis, con conflictos internacionales que impactan el costo de la vida, problemas de inseguridad pública, demandas de servicios que no se logran del todo satisfacer, entre otros desafíos propios del ejercicio de gobernar. Hay siempre un descontento que se canaliza en contra del gobierno, aunque no siempre con una intensidad tal que produzca un cambio político.
El otro factor que perjudica a Lula es el propio Lula. Se trata de una paradoja: él es, a la vez, su fortaleza y su debilidad. Lula es una leyenda. A finales de los años sesenta empezó su vida como militante obrero y en 1975 fue elegido presidente del Sindicato de los Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema, desde el cual lideró grandes huelgas en medio de la dictadura militar. En 1980, cinco años antes del tránsito a la democracia, formó, junto a otros sindicalistas, el Partido de los Trabajadores (PT). Fue candidato presidencial tres veces (1989, 1994 y 1998) antes de ganar la presidencia por primera vez en 2002 y ganó la reelección en 2006. Doce años más tarde (2022), después de haber pasado por la cárcel debido una condena por corrupción que fue luego anulada, ganó de nuevo la presidencia contra Bolsonaro padre. Esta vez, con 81 años que cumplirá dos días después de la segunda vuelta, se enfrenta a su última gran batalla política.
Pocos políticos pueden mostrar una hoja de vida como la de Lula, con tanto liderazgo y resiliencia. Pero ese largo trayecto también genera fatiga y el reclamo por una renovación del liderazgo que el PT no ha sabido llevar a cabo. Si pierde, Lula será sustituido por otro Bolsonaro, quien cuatro años más tarde no encontrará de frente a un líder de la talla de Lula como su padre encontró en 2022. Si gana, se encontrará con la dificultad de que su partido ha quedado muy debilitado en el congreso federal, lo que le hará muy difícil sacar adelante programas de reformas. En esas condiciones, está por verse cuán efectiva podrá ser una cuarta y última presidencia de Lula.
Un triunfo de Bolsonaro colocará a Brasil en la columna de los gobiernos de derecha y ultraderecha que hoy tienen hegemonía en la región. En lo que respecta a la relación con Estados Unidos, se plantea la interrogante de si Bolsonaro continuará la bien asentada tradición de la diplomacia brasileña de actuar con un grado significativo de independencia en los asuntos internacionales o si, por el contrario, se subordinará a las políticas de Washinton. Si gana Lula, en cambio, este seguro mantendrá su enfoque pragmático de relación con Estados Unidos, país con el cual tiene diferencias y tensiones, pero también ámbitos importantes de colaboración, siempre con un lenguaje moderado y de sentido común. Sea que gane uno u otro, lo que suceda en ese gigante de América Latina tendrá relevancia tanto para nuestra región como para la comunidad internacional en sentido general.

Flavio Darío Espinal