Arroz, agropecuaria, país
De la caña de azúcar al turismo, la metamorfosis de la economía dominicana
Érase un país cuya columna vertebral fue la caña de azúcar. Las exportaciones de bienes tradicionales, azúcar, café, cacao, tabaco, llegaron a representar más del 50 % de las divisas generadas y el 20 % del PIB
Época de gloria cuando en los mercados internacionales los precios fluctuaban al alza. Y de depresiones brutales durante el cambio de ciclo. Eso sí, la jornada laboral estaba a cargo de dominicanos, salvo el corte de la caña que requería de la importación temporal de braceros haitianos.
Luego vino el estímulo fiscal y crediticio a la industria local orientada al mercado interno, no integrada verticalmente: aranceles altos a los productos finales, exoneraciones tributarias a los insumos externos, al igual que a las maquinarias. Mano de obra dominicana.
A partir de la década del 70 se impulsó la industria de zonas francas, concebidas para exportar su producción ensamblada con insumos importados y maquinarias exonerados de aranceles. No integrada verticalmente. Demandante intensiva de mano de obra local.
Ese proceso coincidió con el despegue del turismo; con el paso de los años devino en la principal fuente de divisas y de demanda de bienes y servicios de producción local.
En paralelo crecieron las remesas como fuente relevante de divisas, bandera visible del fracaso de las políticas públicas en crear condiciones para que el dominicano buscara la mejoría de sus condiciones de vida en su propio país.
Turismo y zonas francas son, hoy, el espinazo de la economía, con peso específico en la contratación de mano de obra dominicana.
En cambio, la agropecuaria fue perdiendo terreno en términos de su ponderación en el producto nacional y en las exportaciones. Y lo fue ganando, junto con la industria de la construcción y algunos servicios, en la contratación de mano de obra haitiana ingresada ilegalmente al territorio dominicano.
En 2025 el PIB agropecuario solo representó el 4.5 % del PIB total. Si se agregan las agroindustrias, se elevaría al 11 %. El empleo directo creado fue de alrededor de 350,000 plazas de trabajo.
La producción de arroz representó alrededor del 15 % del Pib agropecuario (0.7 % del Pib total) y contrató cerca de 80,000 trabajadores en un cultivo en el que participan cerca de 30,000 productores. Los jornaleros, en su gran mayoría, son haitianos indocumentados. Los dominicanos ejercen labores ligadas al uso de equipos, como tractores, fumigación y otras.
El acuerdo RD-Cafta, firmado en 2004, estableció desgravaciones recíprocas y concedió un período largo de acomodo a la producción de algunos bienes agropecuarios. Vencido el tiempo, el arroz quedó sin protección arancelaria con respecto a las exportaciones de ese cereal provenientes de los Estados Unidos.
Eventualmente, sin que se sepa cómo ni cuándo, habrá una negociación con el gobierno de los Estados Unidos que, tal vez, restablezca, o no, las disposiciones del DR-Cafta alteradas por el arancel del 12.5 % dispuesto por el país del norte y estipule algún tipo de protección para determinados bienes.
Mientras tanto, la agropecuaria tendrá que hacerse más competitiva. Ya lo dijo el ministro de Agricultura: énfasis en la planificación, tecnología y mecanización.
Mecanizar y ofrecer apoyo tecnológico suena bien, pero es insuficiente. Bien harían los productores en instar a las autoridades a que concreten sus planes de aumento de la productividad, les pongan números, desvelen los recursos disponibles, y exijan que se universalicen las medidas para toda la agropecuaria.
Y debería acompañarse con estímulos impositivos concretos a la agropecuaria, facilidades para adquirir las herramientas y equipos necesarios para la mecanización de los cultivos, establecimiento de precios no especulativos de los insumos básicos, garantía de comercialización de los bienes finales a precio mínimo garantizado, disponibilidad de financiamiento a tasas preferenciales...
Sin olvidar que el arancel no es el único instrumento de protección disponible. Verbigracia está el cambiario. ¿Aspiración? Que, por lo menos, no opere en contra de los intereses de la producción nacional.
Quizás algún día a alguien se le ocurra poner en vigencia un modelo económico en que se fomente la integración vertical de la industria y se fortalezcan los enlaces con la agropecuaria y dentro de la manufactura. Por ejemplo, que la industria cárnica encuentre su materia prima en la producción nacional.
Y se configure un mercado laboral predominantemente dominicano, pegamento al sostenimiento de la nacionalidad y se destierre a las remesas como alivio a los pesares que produce el desarraigo en familias fracturadas por el éxodo.
Es imperativo convertir la política económica en hilo conductor del restablecimiento de los puestos de trabajo a dominicanos. Lograr que los estímulos a ser creados sean más ventajosos que el subsidio público, las remesas o el juego. Equivaldría a hacer patria.

Eduardo García Michel