El placer de no hacer nada
La inactividad voluntaria como un acto de salud mental y libertad personal
Nunca me resultó tan pesado un momento como el que he usado para este artículo. Y es que escribir con desgano es una tortura, más para alguien —como yo— que lo hace por fuerza inspiradora, esa pulsión creativa que no siempre llega cuando uno quiere.
Y es que en ocasiones aparece cierta inapetencia reflexiva. Si ese instante llega, se suelen forzar las cosas y eso me niega. He alcanzado un estado de vida en el que solo disfruto hacer cuando quiero, me gusta o me sale. Para colmo, tal indisposición concuerda con el espíritu de algunas meditaciones, esas que vengo haciendo en los últimos años sobre la bondad de "no hacer nada". Una experiencia liberadora.
Y no me refiero al ocio. Es un concepto distinto: el ocio implica elegir libremente una actividad que nos produce placer; "no hacer nada", en cambio, es suspender cualquier ocupación dirigida a un fin y rendirnos a la contemplación sin ninguna intención preconcebida.
Tampoco hablo de abstracción o de ausentarnos de la realidad. Al contrario, es verla en su dimensión más plena, tal como es o se nos revela tangiblemente; más bien, es sentirla como si fuéramos parte de su razón existencial. En palabras comprensibles, es la mirada que no damos por estar concentrados en lo que hacemos; percibir aquello de lo que nos priva la ocupación, sin más sentido que disfrutar la experiencia. Algo así como "aspirar" la vida.
Una vez me dirigía al trabajo a eso de las nueve de la mañana. En la ruta siempre paso por un pequeño parque. Lo honraba con la fría mirada de la rutina, pero provocado por su inspiradora quietud. Un lunes quise hacer una locura, esa que creía merecer por los treinta y tantos años de virtuosa dedicación a mis clientes. Aun consciente de los apremios del día, decidí aparcar el carro y enviar al carajo la agenda. Dejé el móvil en la guantera y salí sin más designio que complacerme. Me senté en uno de sus bancos de granito y estiré hasta donde más pude mis piernas. Me "ocupé" en ver lo que orgánicamente sucedía en el parque; a aspirar y exhalar su aliento vivo. Trepar pensamientos entre árboles e imaginar caminatas silentes por los cortos paseos del jardín fue todo lo que hice. El tiempo no se perdió, se sintió pasar... regresé a casa a la una de la tarde. Esa vez el trabajo pudo esperar ...
No hacer nada no es una técnica de meditación ni de relajación; es una pausa consciente en la que nos permitimos estar presentes y liberados de la culpa de no ser productivos o de llenar cada minuto del día con alguna actividad. Es una divagación libre y abierta, sin plan ni estructura. Es más que una práctica o arte como lo sería el knisen holandés; es una actitud de vida que le devuelve a cada cosa contemplada su ignorado valor. Ella a cambio nos gratifica con el deleite visual.
El afán de hacer es una obsesión cultural de los tiempos. Hoy se entiende que la persona es más útil y relevante cuanto más produce o se incorpora al activismo ocupacional. Subyace así un miedo a la quietud, al descanso sin motivos.
Byung-Chul Han, autor surcoreano en el ensayo La sociedad del cansancio (2010), explica que la sociedad contemporánea proclama la libertad ilusoria del "poder" y el optimismo y entiende que hemos pasado de una sociedad disciplinaria a una del rendimiento. El individuo se explota a sí mismo, lo que genera un hacer hiperactivo que anula toda capacidad de contemplación y lo rinde al agotamiento crónico. De esta manera cae en la autoexplotación con el fin de alcanzar el éxito. Como consecuencia de este exceso de positividad, hiperactividad y multitarea (multitasking) experimenta trastornos neuronales y psíquicos, tales como la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), la ansiedad y el síndrome de desgaste ocupacional o burnout. Han aboga por el "no hacer", incorporando pausas, silencios y momentos de desconexión como formas de resistir la "tiranía de la utilidad".
Jenny Odell, escritora y docente en la Universidad de Stanford, propone "no hacer nada" como un acto político y de salud mental para recuperar el control del tiempo frente a las demandas de productividad tecnológica. Plantea igualmente retirar la atención de la economía digital como forma de recuperar nuestra capacidad de contemplación y restaurar la comunión con la naturaleza.
"No hacer nada" es volver a la contemplación reflexiva, salir de la virtualidad, perder conexión digital, zafarnos de la enajenación productiva y abrirnos al contacto básico pero pleno con lo que nos hace conscientes de que vivimos. Dejar de hacer para ser, sin ser acosados por la sensación de perder el tiempo. Es el camino para empezar a explorar propósitos de vida.

José Luis Taveras