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Fallecimiento
Fallecimiento

¡Adiós, Panto! Un país dividido

“Panto” así se llamaban mutuamente Raúl Adolfo y su padre, José Raúl García Bidó. Raúl Adolfo, mi coetáneo y uno de mis primeros amigos de infancia cuando mi padre finalmente encontró un freno a su movida carrera judicial y nos instalamos en San Juan de la Maguana, su ciudad natal. Para mí era una novedad tener amigos, pues lo poco que permanecíamos en algunas de las ciudades en que mi padre, Máximo Piña Puello, fue juez de instrucción, de primera instancia, procurador fiscal y de corte de apelación, no nos permitía consolidar amistades; mis primeros amigos los tuve en San Juan y Raúl Adolfo fue uno de ellos. Lo más interesante de ese nuevo amigo es que era hijo de Orfelina Rodríguez, una prima hermana de mi padre. Raúl junior, como le decíamos para distinguirlo de su padre, fue mi condiscípulo hasta séptimo. Se fue al internado de La Salle en Santiago; yo al liceo Pedro Henríquez Ureña de San Juan. Nos veíamos sólo en vacaciones. Fuimos a universidades diferentes. Raúl Adolfo se marchó luego a Estados Unidos. Le vi por última vez en julio de 1977 y, creo, hablamos por teléfono en 1980, concertamos una cita, pero no logramos juntarnos. Yo residía en París cuando me enteré de que un cáncer de colon le había arrancado la vida antes de los cincuenta años.

Al leer entre los obituarios el fallecimiento de Raúl García Bidó, no he podido dejar de recordar que nosotros también habíamos adoptado Panto para llamar al padre de Raúl Adolfo y creo que le agradaba que lo hiciéramos. Panto era de espíritu joven, de trato agradable, culto, bien parecido, de humor fino y liderazgo natural. Le tuteábamos porque nos motivaba a hacerlo. Cuando iba a la librería que tenía en la calle Mella a comprar libros, me sugería lecturas y recuerdo cuando me recomendó como esencial El Pequeño Larousse, pues era la mejor guía para conocer el significado de las palabras de nuestra lengua. El diccionario costaba seis pesos y me lo dejó en 3; por sus recomendaciones leí a Dumas, Víctor Hugo, Xavier de Montépin, Vargas Vila e Ingenieros.

Años después supe que García Bidó era una pluma exquisita. Su obra está dispersa en sus discursos sobre San Juan de la Maguana, su ciudad de adopción. Tras la caída de la dictadura fue miembro activo de la Unión Cívica y años después se trasladó con su familia a Santo Domingo apartándose, sin rencor ni resentimientos, de la política. Al leer la esquela de su fallecimiento recordé su hermosa caligrafía en la carta que me escribiera en 1996 cuando fui designado embajador de República Dominicana en París. La recuerdo y conservo, pues de la generación de mis padres fue la única felicitación por escrito que tuve. Estaba orgulloso.

Cuando viajé a Santo Domingo en el verano 2019, pensé en llevarle a su casa La reina de Santomé, mi novela premiada por la feria del libro de este año, porque en ella figura una implícita mención a su padre, a su esposa, a su hijo y al mismo Panto cuyos consejos literarios contribuyeron tanto al escritor que pretendo ser. Lamento no habérselo dicho nunca, pero mis visitas a su apartamento del edificio San Juan en Naco se lo hacían saber.

Las últimas décadas han sido testigos del proceso de fraccionamiento por el cual atraviesa el territorio nacional como producto de la elevación de entidades municipales, aumentando el número de municipios de ciento veintiuno (121) a ciento cincuenta y cinco (155) y los distritos municipales de treinta y tres (33) a doscientos treinta y dos (232), para un incremento porcentual de un 28% y un 603% en un período de veinte años (1993 – 2013).

Este proceso de división ha sido detenido en los últimos años, con apenas seis elevaciones de entidades municipales, sin embargo, el mismo ha sido sustituido por una estrategia silente de división territorial en la cual se traspasan las mismas competencias que tienen los Ayuntamientos hacia las Juntas de Distrito Municipal, provocando así un fraccionamiento de nuestro territorio hasta llegar hoy a un total de trescientos noventa y tres (393) gobiernos locales.

Desde la autonomía financiera hasta la más reciente separación del mecanismo de elección de los funcionarios que integraran los órganos ejecutivos y normativos de los gobiernos locales, son algunas de las acciones que se han impulsado por distintas vías para garantizar, a juicio de algunos, que los recursos y la toma de decisiones pueda llegar a todas las partes del territorio.

Las evidencias muestran que este proceso de fraccionamiento solo ha debilitado la gobernanza local y la transferencia calculada en función de la población ahora es repartida en varias manos, las cuales no han implementado mecanismos de coordinación para priorizar y potenciar los pocos recursos que tienen disponibles. En la actualidad el 79% de las entidades municipales recibe por concepto de transferencias del gobierno central menos de cuatro millones de pesos mensuales y de este total el 44% apenas recibe un millón quinientos mil pesos mensuales; lo cual reduce la posibilidad de impulsar iniciativas focalizadas en solitario en beneficio de todos los residentes.

El escenario descrito amerita fortalecer con urgencia la institucionalidad prevista en las leyes vigentes, donde se establece el vínculo entre el Ayuntamiento y la Junta de Distrito Municipal a través de la desconcentración; figura utilizada con el objetivo de empoderar a los funcionarios de los distritos municipales en la administración de sus territorios y a la vez fomentar la coordinación operativa entre las entidades municipales que forman parte de un territorio municipal. Esto garantiza revertir el fraccionamiento instaurado, consolidando gobiernos locales cohesionados para el beneficio de toda la población sin importar el lugar donde resida.

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Diplomático. Escritor; ensayista. Academia Dominicana de la Lengua, de número. Premio Feria del Libro 2019.