¡Al suelo! Vienen los mileniales

Pocas noticias nos llegan de los países nórdicos de Europa, exceptuando su frío y sus deseables condiciones de vida. Antes de que el 2019 expirara, el nombre de Sanna Marin rodó por el mundo, y no era para menos: es la jefa de gobierno más joven del planeta. Esta mujer con apenas 34 años se convirtió en la actual primera ministra de Finlandia por una coalición de cinco partidos liderados precisamente por mujeres, la mayoría con menos de 35 años. Hoy esa nación escandinava, de la mano de Marin, decide confiar su suerte a las generaciones del futuro (tanto milenial como Z). Para que no quede duda de su arraigo generacional, Marin viene tatuada con las marcas ideológicas más liberales de su era: feminista, ecologista, criada por una madre lesbiana y su pareja; para rematar, fraguó una pujante carrera política en YouTube cuando sus intervenciones como concejal de la ciudad de Tampere atraparon la atención de no muy pocos contemporáneos.

Ya en el 2017, Nueva Zelanda había estrenado a una milenial como primera ministra. Jacinda Ardern, estando en el Gobierno, se tomó seis semanas de licencia para tener y atender a su bebé, un niño que llevó en sus brazos a la Asamblea General de la ONU del año pasado despertando agitación y delirio mediático en el mundo. Y ¿qué decir de Nayib Bukele? Este muchacho con 37 años se abrió paso hacia el poder sin experiencia política ni estructura partidaria hasta convertirse en el presidente más joven de la historia de El Salvador. A golpes de tuits clausuró un rancio bipartidismo de tres décadas dominado por la izquierda (FMLN) y la ultraderecha (ARENA). Bukele es amante de las motos, de Juego de tronos, del paintball y de las redes sociales. Usa pelo engomado, gabanes de cuero y desprecia la corbata; descansa sus pies en el escritorio presidencial como rutina y cena con su esposa en restaurantes. Su aprobación casi roza el 90 %, un nivel sin antecedentes que no repara en estilos nada ortodoxos para gobernar, incluyendo el disponer actos de gobierno por Twitter y más recientemente desafiar al Congreso con el retiro de la seguridad a los legisladores. A poca distancia, otro joven de 38 años asumió la presidencia de Costa Rica. Se trata de Carlos Alvarado, quien como el mejor milenial se abanderó de las causas icónicas de su generación declarándole la guerra al uso de los combustibles fósiles con un plan que pretende descarbonizar a Costa Rica para el 2050.

En Estados Unidos la agenda milenial procura el poder y, obvio, de la esfera demócrata más liberal nace su candidato: Pete Buttigieg. Este joven de 38 años empató con Bernie Sanders en el reciente caucus de Iowa. Es alcalde de South Bend, una pequeña ciudad del conservador estado de Indiana. Pete, además de tener un apellido extraño y de difícil pronunciación para el americano promedio, es egresado de Harvard y Oxford y pudiera convertirse no solo en el presidente más joven sino en el primero públicamente gay de los Estados Unidos. Ninguna sorpresa para los mileniales.

Los mileniales están dispuestos a gobernar y no se trata de una forzosa concesión por parte de las generaciones dirigentes; es su propia decisión. Procuran instalar su difusa cosmovisión en el centro de las políticas públicas. Sus perspectivas del mundo aunque compartidas están divididas por ribetes ideológicos, así encontramos progresistas liberales extremos y conservadores a ultranza. Ateos y creyentes, abortistas y no.

Las elecciones municipales y las candidaturas congresuales dominicanas han motivado una entusiasta participación de los mileniales. Todos los partidos políticos cuentan con ofertas frescas interesadas en abrirse a una temprana carrera política. El mensaje es más que claro: entramos al umbral de una era de relevo. Prevalece la aversión hacia los viejos liderazgos. Esos que se fraguaron al amparo de ideologías ya clausuradas, pero que una vez en el poder las renegaron para abrazar realizaciones personales. Hicieron de la política un modo de vida y de la función pública una oportunidad para enriquecerse.

¿Vendrán estos muchachos con prácticas nuevas? No hay que ser ingenuo: sería mucho pedirle a una generación crecida a la sombra de liderazgos corruptos y distópicos; es obvio que la mayoría fue modelada según los patrones de la vieja cultura partidaria. Sin embargo, del lado de los electores es posible contar con otro relato: el mundo del votante no es estático ni permanece atado a los mismos paradigmas; exige perfiles de acuerdo a otras valoraciones; sufre cambios en el ámbito socioeconómico; se conecta con contextos globales que ensanchan y sensibilizan sus visiones; responden a una dinámica más rápida de adaptaciones.

Es posible que haya una franja de electores reos de condicionamientos históricos por culpa de los cuales su conducta electoral sea la misma que hace treinta años; es el caso, por ejemplo, de los votantes subsidiados. Es innegable que su incidencia siga siendo factor de peso en los resultados electorales pero el hecho de que la compra de su decisión se haya encarecido revela al menos otra “conciencia” sobre el valor de su voto y de su capacidad para “negociar” en condiciones paritarias. Antes los políticos ponían precio, ahora ellos pueden negociarlo. La semana pasada hubo una revuelta al término de una caravana de Gonzalo Castillo por parte de motoconchistas que reclamaban pagos prometidos. Ellos no tuvieron reparos en dejar claro que su participación no era necesariamente una adhesión; que era un asunto de negocio. Insisto: el hecho de que las campañas se hagan más caras es una muestra (de otras tantas) de que las ofertas son malas y que el electorado más calificado no está dispuesto a comprometer su voto por cualquier propuesta.

Es probable que ya para el 2024 el electorado mayoritario no consienta a un candidato presidencial deliberadamente mudo por temor a revelar sus insuficiencias o una campaña sin debates o que repulse los mismos patrones de propaganda emocional sin contenido. El reciente debate de ANJE entre candidatos a las alcaldías de Santo Domingo fue una modesta pero concluyente prueba de que la población tiene otro oído para la campaña electoral. Una emisión de altura y vista con interés por una cantidad extraordinaria de espectadores. Llegará el momento en que serán los propios electores quienes pedirán debates y desconfiarán de aquellos candidatos que lo eludan. Estos espacios obran en beneficio de todas las ofertas, pero especialmente de aquellas que no cuentan con el dinero necesario para sustentar una campaña competitiva. Ese debate de ANJE, a la que felicito, le permitió al electorado capitalino conocer propuestas como la de Bartolomé Pujals, un joven con apenas 33 años, ganador del debate y quien demostró que la pujante inserción de los mileniales en la arena electoral no solo es para reproducir modelos anacrónicos de la vieja política, sino para empujar nuevas visiones de gerencia pública. Creo que los mileniales merecen una oportunidad en un país donde casi seis de cada diez tienen menos de treinta y cinco años. ¡Éxitos, muchachos!

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