Amada Venezuela
Queda evidenciado que la situación inflacionaria -la más desgarradora del mundo- ha terminado en un dramática hiperinflación.

Al observar detenidamente el curso de los acontecimientos políticos en América Latina, la sensación que se percibe es que nuestro continente ha caído en una etapa de definiciones.
Alguno ha argumentado que -dado su dramatismo- la crisis venezolana no podrá pervivir durante mucho tiempo. Decirle esto a un adláter o simpatizante de Nicolás Maduro podría convertirlo en un inmediato orador en medios televisados o radiales. No se olvide que el gobierno venezolano, desde Chávez hasta hoy, ha sido superlativamente mediático. ¿Cómo olvidar las largas sesiones de Aló Presidente y ahora las intervenciones cíclicas y desparpajadas de Maduro?
En sentido mercadológico, este tipo de gobierno requiere del ámbito -y la parafernalia- de los medios. No ocurre a la manera de gobiernos en Europa, donde la BBC de Londres u otros medios globales -en el intermezzo del Brexit -más bien exige a los gobernantes de continuas declaraciones sobre temas nodales de la política y la economía ante el requerimiento de situaciones muy puntuales.
A su manera, Chávez impuso una filosofía de patio-nación donde la comarca nacional se convertía, bajo los reflectores de las pantallas azoradas, en una especie de escenario de chismografía elevada a la enésima potencia de los reflectores y cajas de resonancia universales, desde Isla Margarita hasta Tierra del Fuego. Un presidente norteamericano, Franklin Delano Roosevelt, considera que gobernar no es siempre comunicar o manipular a la opinión pública, sino más bien ejecutar planes que debían -tal es el caso del New Deal- desembocar en líneas ejecutorias para el logro de medidas políticas en beneficio de los Estados Unidos.
El axioma chavista del gobierno redentor de las masas, populismo bautizado como Socialismo del Siglo XXI, siempre tuvo entre sus condicionamientos la comunicación de las medidas. Un ejemplo dramático y poco enaltecedor ocurre hace poco con la cantinflesca medida de la permanencia del billete de 100 bolívares -que no compra ni un hot dog-. Cantinflesca porque fue un reculamiento hasta chistoso y desesperado. La difícil situación económica condujo al gobernante a la reconsideración de último minuto en la dolorosa evidencia de un descalabro del circuito económico, clara versión de un olvido procaz y casi suicida de las leyes monetarias. ¿Mafias que querían desestabilizar el país? Otra cantinflada en medio de una multitud hambrienta. El fundamentalismo monetarista sería una receta de cuidados intensivos en un esquema de control inexistente en un régimen anti-Freedman.
Queda evidenciado que la situación inflacionaria -la más desgarradora del mundo- ha terminado en un dramática hiperinflación. El drama económico se ha reflejado en saqueos callejeros, protestas desesperadas, marchas opositoras, emigración continua, quiebra de negocios, represión social, desabastecimiento de productos, y una crisis macroeconómica y microeconómica enorme.
Habría que tomar en cuenta que la economía venezolana demandaría un convenio -lo hizo Estados Unidos al salir de la gran depresión en el 30- y la atención latinoamericana se evidencia en debates, comunicados y sobremesa de organismos multilaterales. La rispidez con la que desde Venezuela se entendió la decisión a lo interno del Mercosur y las contradictorias y altisonantes palabras de la canciller contra los tres malvados (Argentina, Uruguay y Brasil), permiten establecer una etapa positiva de atención internacional que de ningún modo deberá servir de coartada al gobierno de Maduro, como en el caso del expediente bloqueo utilizado por la retórica cubana. Hoy, con la hermosura de Isla Margarita y de su gente, con su gran arsenal petrolífero, es un país muy diferente al de hace mucha lluvia. Un personaje con cierto grado de genialidad -sin recurrir a Cantinflas- podría concebir una apertura hacia la vilipendiada oposición, una recomendación proveniente de algún universo paralelo para que el discurso del oficialismo tome en consideración los inescrutables designios de la historia, no siempre a favor de los que gobiernan.
León de Moya
León de Moya