¡Ay, las cacerolas!...

Me sentí abochornado de ser “ciudadano” de una nación inconclusa donde normas tan básicas de convivencia todavía son lecciones pendientes o reprobadas. Qué maldito valor tienen las cifras macroeconómicas y el progreso de facha cuando no nos hemos estrenado en la civilización urbana. Una sociedad modernamente tribal, instintiva... primaria. ¡Dios! ¡Cómo rueda la existencia sobre carriles tan frágiles!
$!¡Ay, las cacerolas!...

Detuve el auto a la espera del cambio de luz. Alguien golpeó quedamente el cristal de mi ventana. Viré la cara y se reveló el semblante de una anciana. Los rayos del sol apenas penetraban los surcos sinuosos de su cara. Parecían grietas de un cristal martillado. A sus ojitos, hundidos y apretujados, les faltaban luz y vida. Bajé el cristal y, antes de proferir su queja, me tocó con manos trémulas.

-Con lo que usted pueda, mi don, ¡hágalo por Dios! –me decía mientras deslizaba sus dedos por mi entrecejo como quien bendice la vida antes de despedirla. A pesar del calcinante calor del verano, los sentí fríos y húmedos. Luego acarició mi cabellera.

-¡Jesús!, qué cabello más fino, ¡Dios me lo bendiga y proteja siempre! –dijo a la espera de la dádiva.

Le di un billete de cifras inesperadas; se aferró a él con la fuerza del alma. Sus dedos se encorvaron como garras para apretarlo; me parecía escuchar el mismo crujido que desata una hojarasca cuando el viento del otoño la desgaja. Dejó caer un mugroso bulto que sujetaba con la otra mano para asegurar “la caza” del día. No era suficiente un puño: en su mano estaba la vida y sobraban razones para guardarla. Llevó sus dos puños al pecho, los colocó en forma de cruz y miró al cielo. Sucedió lo impensado: los ojos de la anciana brillaron tanto o más que el día; una sonrisa, apenas soplada, adornó su expresión milagrosa.

Las bocinas me advertían que ya el semáforo había cambiado a verde. Saqué la mano por la ventana y le hice una señal al conductor de atrás para que esperara que la anciana recogiera su bulto. Continuó su impertinente acoso. Apresuré a la ancianita para que lo tomara y se retirara, pero ella persistía en su ritual de gratitud.

—Doñita, rápido, rápido, quítese –le voceaba.

El conductor empezó a girar las llantas para el rebase, en tanto yo le agitaba la mano. Con furia, el cernícalo arrancó, mientras vociferaba improperios y sacudía vehemente sus manos. El chillido de las llantas me sobrecogió; saqué el brazo y halé a la anciana contra la puerta. En su impulsiva salida, el conductor aplastó el bulto. Pasó rasante por la macilenta anatomía de la vieja con tanto ímpetu que la llevó al piso. Se escucharon ruidos metálicos. Asustada, se levantó sin reparar en la caída.

—¡Ay, las cacerolas!

Enloquecida, se abalanzó sobre el estropeado bulto. Lo rescató y se echó a la acera. Todos sus enseres se desparramaron. Rodaron dos cacerolas abolladas, una parrilla de un pequeño abanico casero, unos tenedores, un envase de salsa de tomate y un torrente de agua que humedeció el piso. Esos trastos eran su patrimonio ambulatorio: viejo, menudo y barato, pero inmensamente digno. Murió la sonrisa que minutos antes me había regalado. Solo me miraba procurando, en medio de la desolación, un recodo solidario. Tuve que irme por temor a que otra bestia arrojara su furia. Quedó desconsolada. Todavía su recuerdo late; aún vive esa expresión desierta y mansa. Era una mujer de apariencia octogenaria. En su rostro miré a mi madre. Quedé ausente mientras conducía sin certeza de saber hacia dónde.

El incidente me golpeó duramente. Me sentí abochornado de ser “ciudadano” de una nación inconclusa donde normas tan básicas de convivencia todavía son lecciones pendientes o reprobadas. Qué maldito valor tienen las cifras macroeconómicas y el progreso de facha cuando no nos hemos estrenado en la civilización urbana. Una sociedad modernamente tribal, instintiva... primaria. ¡Dios! ¡Cómo rueda la existencia sobre carriles tan frágiles!

Los instintos del afecto me aferraron al teléfono. Llamé a mamá, una anciana de noventa años. Quería confirmar que estaba segura; me había quedado un presentimiento frío y vacío. Entonces le hablé:

—Nada, solo para saber cómo están las cosas.

—Bien –me dijo.

—Te amo.

Cuando retomé la conciencia de que manejaba, reaccioné; di un giro de vuelta. Llegué a la esquina abandonada. La anciana se había ido. Nunca más la volví a ver, pero me quedé con el mimo con el que me bendijo. A veces cierro los ojos y traigo sus manos a mis pensamientos. Mi piel aún aspira el roce pálido de sus dedos. Me sentí culpable de perderla; no así de encontrarla, porque en su drama hallé la fuerza para resistirme a la “desidia de convivir”, una enfermedad posmoderna que como pandemia nos arroba, nos hiela y enajena. El sentido de “nosotros” se evapora en medio de todos. El mundo es de cada quien.

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