¿Baja autoestima o nihilismo negativo puro?

Los dominicanos estamos, de manera general, presenciando un deplorable estado de ánimo colectivo que nos podría conducir a la destrucción de la misma esencia y razón de ser de nuestra Nación. Podríamos estar perdiendo la capacidad de salir del estado aletargado en que nos hemos sumido, actitud parecida a la de la liebre cuando entra en pánico ante una situación peligrosa y entra en un estado de inmovilidad absoluta para que la potencial amenaza, por ejemplo, la de un cazador que anda tras ella, no advierta su presencia. En dos palabras: estamos alebrados.

¿A qué debemos atribuir tal actitud de nihilismo negativo? ¿Se trata de un simple estado colectivo pasajero de baja autoestima?

Probablemente las respuestas debemos buscarlas en la involución moral en que hemos caído ante la aparición de la familia disfuncional donde la natural conexión entre sus miembros ya no existe y los códigos morales fundamentales, sedimentados por siglos, no son transmitidos de padres a hijos de manera idónea.

No quisiese yo mismo colaborar con crudeza en mis observaciones pero esa disolución familiar viene a ser, entre otros factores, producto de la sociedad moderna, rápida, competitiva y consumista que enfatiza el uso del tiempo en necedades inconducentes e inútiles a los fines de la evolución virtuosa de una sociedad organizada y disciplinada.

Ya la familia no tiene tiempo de interactuar, de conocerse a sí mismos como núcleo esencial de la sociedad, los horarios de las escuelas no son los horarios de trabajo de los padres y de consecuencia, ya no hay el ambiente propicio de sentarse a la mesa juntos, de transmitir las buenas costumbres, la tradición familiar, de conocer el ambiente y los amigos de los hijos, sus virtudes y sus vicios y, a su vez, los hijos no conocen el ambiente en que se desarrolla el trabajo de sus padres y en veces no saben siquiera en qué trabajan.

Cuando la familia de cualquier nivel socioeconómico logra juntarse en el hogar al final del día, el tiempo lo consumen cada quien anclado en una televisión o en un “teléfono inteligente” o en un simple celular con todas las aplicaciones que a estos se les puede adicionar para, simplemente, perder el tiempo e impedir la comunicación en la familia.

La consecuencia más grave de todo ello es que ya la capacidad educativa de la familia fue descargada en la escuela, donde no se habla de moral ni de valores éticos ni de valiosas referencias religiosas, y donde muchas veces los que tratan de enseñar saben menos que los alumnos. Muchas aulas, doble tanda, alimentación escolar y todo para que ello sirva para descargar la terrible ignorancia de los “maestros” que, en una reciente evaluación, solo un 2.9 por ciento de los 60,100 profesores de aulas examinados dentro de la Evaluación del Desempeño Docente 2017 calificaron como excelentes y sobresalientes, por encima de los 90/100. Me caerán rayos por esta afirmación pero esos rayos se deben acompañar de datos que contradigan la evaluación.

Vista esa realidad es que se puede comprender la ansiedad del “dame lo mío alante”, “consígueme un carguito” (o un cargote), pues como no tengo capacidad para producir u organizar cosas positivas, parecería natural que busque la vía del menor esfuerzo y de ahí el caldo de cultivo ideal para el populismo que condiciona la sociedad con pequeñas dádivas a cargo de los que sí trabajan y producen riqueza. Para todo hay un bono cuya ceremonia de entrega -¡vaya usted a comprender tal desacierto!- tiene lugar en las escuelas como parte de la labor didáctica de embrutecimiento y condicionamiento social para que parezcamos una manada de borregos, con la onerosa consecuencia que con ello se está desactivando en la raíz la capacidad productiva de gente sana de toda la Nación.

Volvemos a repetirnos las preguntas:

¿A qué debemos atribuir tal actitud de nihilismo negativo? ¿Se trata de un simple estado colectivo pasajero de baja autoestima?

Esa pérdida del orgullo de pertenecer a una sociedad sana, trabajadora y progresista producida como consecuencia de una lluvia continua de antivalores que permiten a los politiqueros vivir a sus anchas es la que ha originado que las dos preguntas tengan la misma respuesta:

La propensión al populismo es lo que ha deteriorado peligrosamente el ánimo del dominicano. Y nuestros “politiqueros” organizados en “partidos” promueven todo esto para engordar sus bolsillos y las ansias infinitas del poder, producto casi siempre, de vacíos existenciales.

Llegó la hora de dejarnos manejar como borregos o liebres. Vamos a organizarnos de otra manera, lo cual es una tarea titánica que tenemos por delante, y es en este preciso momento que debemos comenzarla. Cualquier organización u organizaciones aliadas que se arropen en un programa de gobierno priorizando la elevación de la calidad de la enseñanza y a la ejecución de programas dirigidos a consolidar la solidez del núcleo familiar dominicano tendrá todas las de ganar, sin importar su tinte político, cosa que hoy en día viene a ser intrascendente.

Se ha dado en llamar nihilismo negativo a la propensión hacia todo principio ético que implique la negligencia o la autodestrucción. Vamos a accionar de modo que se revierta ese sentido de negación de la propia naturaleza humana; vamos a poner en su adecuado valor los méritos cívicos, la disposición a servir, las capacidades culturales, administrativas y técnicas, la voluntad de promover la democracia. Tarea pendiente difícil pero no imposible.

El populismo y la corrupción resultan ser el cáncer de la democracia.

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