×
Compartir
Secciones
Última Hora
Podcasts
Encuestas
Servicios
Plaza Libre
Efemérides
Cumpleaños
RSS
Horóscopos
Crucigrama
Herramientas
Más
Contáctanos
Sobre Diario Libre
Aviso Legal
Versión Impresa
Redes Sociales
En directo

¡Caramba! ya viene el lunes

La alarma del reloj, infalible como el sol, convocaba a la vida cotidiana. Recordaba que era hora de cabalgar sobre la pesarosa rutina urbana: 7:00 a.m. Cada vez que su ruido penetraba impunemente en mi sueño, me decía: ‘Parece que le pagan ¿Por qué no se atrasa cinco minutos?’, mas su mecánica lealtad amonestaba mi desgano... una ducha de agua caliente no era suficiente para quitarme el entumecimiento. Medía pesadamente los pasos antes de darlos. Anhelaba quedarme toda la vida en mi cama” Ese fragmento de mi novela Operación Terranova retrata el típico despertar de un lunes, justo el día que lo escribí. Un cuadro que no distingue distancias, culturas, estaciones ni costumbres. El lunes, desde cualquier balcón, se ve gris.

No pretendo redimirlo de sus culpas, y, si fuera el caso, dudo que lo logre: es el día más odiado en la cultura occidental. Existen pocas maneras para evocarlo, sentirlo o vivirlo sin fruncir la frente o exhalar un quejido. Hosco, afanoso y pesado por definición. En el lunes se citan todas las urgencias, las horas se cuajan, el humor se evapora y la diversión se aplaza. Y es que los lunes son rígidos resortes que soportan el peso emocional de la semana: más que un día, es una ¡petite semaine! diría un parisino.

El European Journal of Epidemiology (2016) reseña que en Europa los fallecimientos y ataques cardíacos son veinte veces más frecuentes los lunes que en el resto de la semana, aparte de ser el día laboral menos productivo. En el Reino Unido algunas empresas del sector financiero recomiendan a sus ejecutivos tener sexo, hacer yoga o comer chocolate para aligerar los efectos del “síndrome del lunes”. Y no hay fuerza en el planeta que lo absuelva de su severa condena; poco importa su grandeza histórica, aún si consideramos que un lunes terminó la Primera Guerra Mundial, que Alemania se rindió (en la Segunda Guerra), que el hombre pisó la luna o que la ONU se fundó, como otros tantos acontecimientos universales. Ninguna proeza humana parece comparable a ¡soportar los lunes!

¡Insólito! Sin ser un superhéroe he vencido el prejuicio fóbico de los lunes. Convivo serenamente con sus horas. Para llegar a tal “aberración” (dirían algunos recelosos) he pesado, valorado y calibrado el día. De ese examen he derivado algunas soluciones. En el lunes concurren dos condiciones mentales en disputa: “la culpa” del fin de semana y “la concentración” que demanda el día; el punto consiste en equilibrar esa ecuación. Me explico.

El lunes viene atado a la fatiga, las imágenes y las sensaciones del fin de semana. Alcanzar la desconexión genera un trauma de readaptación que he logrado aligerar adelantando tareas el domingo por la tarde o por la noche. Al despertarme, la memoria más fresca de la mañana es la del trabajo que inicié el día anterior. Otra manera de enfrentarlo es, si se tiene dominio del horario, llegar al trabajo después de las diez de la mañana con ropa ligera y blanca, preferiblemente de algodón o lino, sin medias, como forma de ridiculizar su sobriedad: así, un día serio y formal lo afronto relajado. ¡Les aseguro que es una venganza reconfortante!

Los que vivimos de una ocupación de servicio debemos evitar la presión de los clientes. Cada uno piensa que su gestión es la más urgente, importante y quizás la única que manejamos. Sucede que el domingo por la noche, cuando el espectro del lunes ya asoma, miles entran en pánico ansiosos por sus casos y ¿adivinen? el lunes llaman todos para reclamar atenciones. Como sé que más que soluciones inmediatas buscan tranquilidad, me dedico a oír sus culpas, confesiones e inquietudes, convencido de que una vez que les escucho se les olvida o descuidan sus “urgencias”, las que renuevan con una nueva llamada precisamente ¡otro lunes!

He comprendido que el lunes no es en realidad un día de ocupaciones sino de preocupaciones y la más apremiante es saber que es lunes. La conciencia del día gravita de forma plomiza en cada una de sus eternas horas. De manera que en el “síndrome de los lunes” pesa más la actitud mental que la carga efectiva de trabajo. Por eso recomiendo hacer algo fuera de rutina como poner música en el trabajo, romper el periódico sin leerlo, meditar un texto corto y animado o abandonar las redes. Otras veces conviene imaginarnos que es viernes y pensar o planificar el día bajo ese generoso autoengaño.

Pero el mejor aliado del lunes es el silencio. Para los creyentes, una actitud de comunión interior, a través de la oración, es plenamente liberadora. Les recomiendo no escuchar radio ni ver televisión. Los programas radiales que “gobiernan” el día, bajo los gastados formatos interactivos, están diseñados para abrumar, embrutecer e indigestar, prescritos para darle motivos a los suicidas. Mientras conduzco no suelo mezclar los improperios ladrados por esos bufones radiales con el taponamiento del tránsito, el acoso del limpiavidrios y la ojeriza suspicaz de un agente de AMET. Si a eso se le agrega el hedor a lubricante calcinado de las calles, las bocinadas de los conchos, los crujidos de las motocicletas, los arrojos suicidas de los peatones, el mercado ambulatorio de las zonas de semáforos y los escapes gaseosos de las chatarras rodantes, no faltaría imaginación para vivir el infierno al dominican style. La mejor recompensa del lunes es saber que existe un viernes, un día que lo reniega de cuerpo entero, en el que todo se aplaza, se precipita y se festina, en cuyas horas la agenda se desliza antojadizamente y la rutina abandona su desgano. Las tareas del viernes discurren fluidamente, no así su sol, que suele despedirse con un tardo ocaso. La noche, perfumada de aventura, nos insinúa citas de ocio. Siempre me escondo de sus frívolas provocaciones para no padecer el inapelable juicio moral del lunes. La tragedia del viernes es lo cerca que está del lunes; la del lunes, lo lejos que está del viernes. Pero ¡ánimo! que les tengo una buena noticia: ¡mañana es viernes!... y el cuerpo lo sabe (agregan por ahí)...

taveras@fermintaveras.com